POR: Daniel Vivas Barandica ILUSTRACIÓN: Rubén Romero Viernes, 25 Octubre 2013

 
Cada vez que un intelectualoide se queda sin tema para su columna semanal, habla mal del reggaetón o le achaca alguno de los tantos males de este país. Siempre que un arribista quiere dárselas de culto y conocedor, se enfrasca en una diatriba contra la música que salvó mi vida.

REGGAETON 

Y

dirán que exagero al decir que el reggaetón salva vidas. Pero para alguien de Cali que siempre odió bailar salsa, merengue y vallenato –nunca pude ser el bailarín que mi mamá, mi abuela, mis tías y mis amigas querían–, pero que le tocaba tirar paso para no ser rechazado en una ciudad en la que insisten que la salsa es “legado”, cuando empezaron a llegar esos ritmos calenturientos y pegajosos, todo fue una maravilla.

Recuerdo que corría el año 2004. Aunque antes habíamos bailado una que otra canción de El General, gozado con “Las chicas quieren chorizo” y los demás Cuentos de la Cripta de El Chombo, y hasta estuvimos “dando rastrillo” con La Factoría, no fue sino hasta esta época que mi hermano –quien alguna vez quiso ser reggaetonero, cambiando su nombre a Memo Jam– me mostró una canción que había traído de San Andrés y que, para mí, fue la que impulsó este género: “Felina”, de Héctor y Tito. La canción comenzaba con una voz aguda, “autotuneada”, gritando “¡A la reconquista!”. Luego, la misma voz bendecía a la gente y el bajo se soltaba con fuerza. No pasó ni un mes para que en las principales discotecas de Cali la pusieran. A veces sonaba dos y tres veces en la noche y la gente enloquecía. Las hembritas –“niñas bien”, como diría mi mamá–,que uno creería que eran muy recatadas, saltaban de la mesa, te llevaban a la mitad de la pista y comenzaban a restregar el culo contra tus partes íntimas. A mí, que siempre me ha afectado la timidez, me tocaba jartarme unos cuantos guaros antes de terminar haciendo elaboradas coreografías con otros tipos que no podían creer que esta música trastornara a la gente.

Y entonces aparecieron Tego Calderón, Wisin y Yandel, Zion y Lennox, Nicky Jam, Don Omar, Johnny Prez “El Dragón”, Baby Rasta y Gringo, Ivy Queen (la diva, la potra, la caballota) y un buen número de artistas que, aunque tenían más de diez años de carrera musical, solo eran conocidos en Puerto Rico, una que otra isla del Caribe y algunas ciudades de Estados Unidos. Y ahí se disparó esta vuelta. Cualquier fiesta, reunión, asado, cumpleaños, agasajo, bautizo o ceremonia, comenzó a ser animada con reggaetón. Había gente a la que al principio le parecía un asco, decía que era un género mediocre, ordinario, vulgar, ofensivo, que atentaba contra todos los valores –lo mismo pasó con el rock, el punk, el soul y el rap–. Pero pasadas unas buenas horas, tenían que comerse sus palabras y uno los veía danzando y cantando los estribillos “Dale, don Dale…” o “Esto es para ustedes, pa que se lo gocen”, extracto del emblemático himno de Tego Calderón.

Hubo muchos que no dieron ni un peso por el reggaetón. Algunos dijeron que era una moda pasajera. Que un género que había comenzado copiando las canciones del reggae y que se apropiaba de la cultura hip hop y del estilo de vida de los raperos gringos no tenía futuro. Hoy, es claro, que aquellos desgraciados estaban equivocados.

En un comienzo, a finales de los años ochenta, DJ panameños tomaban las pistas de las principales canciones de reggae y dance hall jamaiquino e improvisaban rimas encima de ellas. Las mezclaban, las modificaban y producían sus propios temas –en su mayoría grabaciones de presentaciones en pequeñas discotecas– que solo se podían conseguir en el mercado negro. Luego, los puertorriqueños comenzaron a hacer lo mismo, algunos sobre las canciones de los panameños. Y ahí surgió el reggae del pueblo, el “reggae town”, un género que las disqueras despreciaban y del que apenas se conseguían precarias grabaciones en improvisados estudios. Entonces, en la forma rápida y desordenada en la que hablan los puertorriqueños, esto terminó por llamarse reggaetón.

Quince años después, el movimiento ha tenido una gran evolución: se ha mezclado con la música electrónica, el pop, la salsa y la bachata, entre otros géneros tropicales, convirtiéndose en algo que los canales de videos llaman “género urbano” –como si eso fuera lo único que se hace en las ciudades–. Produce millones de dólares en discos vendidos, canciones descargadas legalmente y entradas a conciertos. Las disqueras se pelean por firmar a sus principales representantes y países como Colombia, con gente como J Balvin, Maluma o el productor Pipe Flórez –para bien o para mal– se han convertido en semilleros de nuevos artistas que han oxigenado el estilo. Incluso, ahora Medellín es el segundo hogar de muchos reggaetoneros de origen boricua, como Dálmata, Lui-G 21, Alberto Stylee o Ñengo Flow –autonombrados los paisarriqueños–, que en esta ciudad son tratados como verdaderos reyes.

Lo curioso es que la mayoría de los exponentes se salen de los cánones físicos del hombre ideal actual. Uno los detalla y son pocos los que no tienen cara de criminales y raros los que no usan pinta de ñámpiras. Pero lo sorprendente es ver a delicias de todo el mundo “mojando cuco” por estos gordos malhablados, tipos ordinarios de rasgos toscos que de un momento a otro se convirtieron en los nuevos galanes latinoamericanos. A veces me toca escuchar cómo unas bellezas gritan a todo pulmón que se comerían a Arcángel y a Ñejo sin pensarlo dos veces. Entonces las miro y sonrío, agradezco que esta música haya nacido: si esos tipos generan tales pasiones, yo –que ostento mi barriga, hablo enredado y cuando me emborracho me convierto en un atarbán– tengo oportunidad de terminar con alguna de esas linduras dándome besos o, incluso, revolcándonos bajo las cobijas.

Por eso presento un playlist con las veintiún mejores canciones de reggaetón de toda la historia. A criterio mío y de @memo_vivasb, un tipo que tiene más de 150 CD originales del género y que me ayudó a documentar esta afición durante mi juventud. Solo podemos decir que se nos quedaron muchas canciones por fuera. Gracias, reggaetón.

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