POR: Isabel Calderón Miércoles, 28 Enero 2015

Todos tenemos una opinión. Quizás, todos tenemos la opinión equivocada. separador

perspectiva

Algunas veces me oigo hablar y no me reconozco; fanática de lo que sea y seducida por mis propias ideas, me pregunto, con genuina preocupación, qué tienen en la cabeza quienes no opinan lo mismo que yo. “¿Por qué piensan así?”, “¿Dé dónde sacaron tales disparates?”, “¡Es el colmo!”, “¿Acaso no entienden nada?”, “Por eso estamos como estamos”.

Me asusto al descubrirme pensando estas cosas porque sé que después de la intriga viene la intolerancia. Lo único que me salva (y no me salva siempre, porque soy humana) es que a veces, cuando se me están subiendo los humos, me acuerdo de una historia que, además de hacerme reír, me impide tomar muy en serio mi propia perspectiva.

Es la historia de la primera vez que me formularon gafas y sucedió hace dos años, después de un examen médico de rutina. En mi nuevo trabajo era requisito que un doctor certificara que yo no tenía ningún problema de salud. Llegué a la cita con la petulancia de la gente sana y no fue una sorpresa grata cuando me dijeron que estaba más ciega que un topo; miopía en el ojo derecho, un espasmo acomodativo en el izquierdo y astigmatismo en los dos.

Jamás olvidaré la conversación que tuve con el médico general. Porque fue la misma conversación que tuve con la oftalmóloga. Y la misma que tuve con amigos, parientes y vecinos. Todos me preguntaban, incrédulos, cómo era posible que yo estuviera tan ciega y no me hubiera dado cuenta antes. No pude responderles con contundencia y es probable que esta columna sea mi último intento de hacerlo.

La verdad es que antes del examen yo creía que aquello que mis ojos alcanzaban a mostrarme era todo lo que había para ver en el mundo. No niego que me costaba mucho trabajo leer los letreros de los almacenes, los números de las calles y las placas de los carros. Pero mi reacción no era “debe haber algún problema en mi vista”, sino “debe haber algún problema en esta ciudad”. Pensaba que los letreros eran muy pequeños, que los árboles eran borrosos como las nubes y que a lo lejos las caras de las personas eran todas muy similares. Por no hablar de la más descabellada de mis ideas: “¡Ver películas alemanas es una locura! ¿Qué gracia tiene, si los subtítulos son imposibles de leer?”.

Solo cuando me puse las gafas y pude ver que las cosas tenían bordes, las calles huecos y las personas arrugas, supe de cuánto me había perdido. Todavía, cuando estoy aburrida, juego a quitármelas y ponérmelas mientras miro a un punto fijo y me entretengo viendo cómo se desenfoca la realidad y se vuelve a enfocar. El experimento a veces me deja con mareo pero suele recordarme que no debo aferrarme con mucha fuerza a lo que veo.

Y como sé que, por fortuna, los lectores interpretan mis columnas como se les ocurre, no quiero ponerle a esta el punto final sin contarles que evocar mi temporada de ceguera no es algo que yo haga para comprender y tolerar las opiniones de mis interlocutores, como si concluyera con indulgencia “pobres personas, no tienen la culpa, algo les impide ver la realidad con nitidez”. Por el contrario, me suele dejar desconcertada, sin ninguna certeza sobre lo que creo que pienso. Si cada cosa que especulo es el producto de mis sentidos, mis convicciones y mi contexto, y en el mundo hay seis mil millones de personas, cada una con sus sentidos, sus convicciones y su contexto, ¿cuántas versiones de las cosas hay? Y si las ideas son prácticamente infinitas, ¿qué me hace creer que las mías describen la realidad mejor que las de los demás?

Es entonces cuando hago el duelo por la objetividad que nunca alcanzaré. ¡Lástima! Se veía tan cerca en la universidad, donde me enseñaron a ponerla en un pedestal y me dijeron que el periodista tenía que ser imparcial, neutral, objetivo. Ahora la veo evaporarse entre estas inquietudes y muchas más y lamento decepcionar a mis profesores pero es el momento de reconocer que, para mí, no existe. Entre todas las perspectivas que hay en el universo, muchas no me pertenecen, están lejos de mi alcance y nunca podré entender. Si algún día quiero decir algo objetivo, antes tengo que vivir seis billones de vidas.separador

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