TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Arturo Jaramillo Otoya Lunes, 05 Agosto 2013

Sí, Otoya es mi segundo apellido y sí,
soy sobrino del organizador de los Juegos Mundiales.

Trabajé como fotógrafo para otra revista bogotana durante el desarrollo del magnánimo evento que buscaba codearse con los demás escenarios mundiales. Allá adentro, como prensa extra-oficial –que valga la aclaración-, siendo uno más del montón, me tocó, como en varias oportunidades en mi vida, ocultar mi apellido. No solo por el error en las medallas  y por ende el miedo a un posterior linchamiento o algo por el estilo, sino que muchos decían “…da para malpensados, después dicen que tu tío hizo chancuco y te metió". Hice el proceso de acreditación tal y como debía ser, seguí las instrucciones y presenté mi hoja de vida, de ahí para adelante no sé si el apellido ayudó o como casi siempre más bien obstaculizó. Al fin y al cabo me dieron mi acreditación como un fotógrafo normal con acceso solamente a las zonas de prensa. Y desde allá abajo, siendo de las personas acreditadas con menos acceso, no como administrador ni como jefe de algún departamento, logré darme cuenta de todo lo que permanece detrás de cámaras y nadie cuenta, de todo lo que procuran tapar y nadie quiere recordar. Pero si me toca a mí contar esa parte, Otoya y todo, pues que así sea.

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Objetivamente admiro de verdad el trabajo que hizo mi tío desde lo que pudo controlar. Sé, por lo que conozco de él, que el papel de político y organizador no es el suyo, que ahí cuando lo oían hablar frente a miles de personas, estaba sudando la gota fría; ser la cara de la organización de los Juegos Mundiales no es para nada fácil, hay que estar muy enamorado de la ciudad y tener muchas ganas de que salga adelante como para meterse en eso y mucho más sin paga alguna. Admirable de verdad. Felicitaciones porque al fin y al cabo todo salió bien, al menos no hubo ningún muerto.

Si bien la idea era posicionar a Cali como capital mundial del deporte, a pesar de las demoras y el “corre-corre” del final, infraestructuralmente la inversión se ve y por ese lado Cali podría estar ya dentro del mapa para próximos eventos de gran categoría. La ciudad se engalanó, los caleños sintieron el orgullo o tal vez la pena de que los “gringos” vieran cómo estaba todo y se agarraron a pintar las calles, la gente hablaba y saludaba más que de costumbre; todos reían y sonreían como si estuvieran en otra parte del mundo.

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En cifras todo se ve muy bien. Según William Bieler del Comité Organizador, se vendieron 408 mil boletas con las que se recaudaron más de $4mil millones de pesos; más de 5,000 extranjeros pisaron suelo colombiano para presenciar y participar en los encuentros deportivos; se redujeron los homicidios en 10% y los hurtos a personas en 16%; 69 mil personas se gozaron las ceremonias de apertura y cierre y vivieron estos diez días como si fuera una feria de fin de año; se colapsaron las vías y se llenaron estadios, los coliseos y las demás plazas, incluso entre semana, cuando todos debían estar trabajando, Cali recargó sus pilas de patriotismo y orgullo, todos sonreían y vitoreaban y gritaban al unísono en más de una ocasión: “¡Se lució, Cali se lució!”. Un evento sin precedentes que sin duda dejará mucho de qué hablar.

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Todo muy bien para los que desde las tribunas ven su partido o su pelea, para los que lo vieron en televisión y disfrutaron de la alegría que muestran todos los medios, sin embargo, detrás de todos los comentarios buenos y bonitos, de esos que parecen sacados de guión de telenovela, detrás de las sonrisas y el trato amable con los medios nacionales, del “amor y la calidez” de los caleños que tanto repitieron los atletas, hay un mundo que por momentos se torna precisamente en una batalla mundialista para los que trabajamos dentro y pudimos darnos cuenta cómo esa máquina rechina y pide aceite a gritos.

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Empecemos por lo primero: la gran Inauguración. La falta de información de los voluntarios y miembros del personal logístico hizo que la entrada fuera tumultuosa y desordenada; así fue durante toda la semana: siempre tocaba buscar al único que sabía y preguntarle por la entrada de prensa. A todos los medios de comunicación extra-oficial, no solo a los miembros de pequeños periódicos o revistas nacionales, sino también a los miembros de medios internacionales; a nosotros los fotógrafos, que supuestamente somos los encargados de mostrar con la mayor fidelidad la magnificencia de tan hablado evento, a todos nos trataron como perro en misa. Lugar designado para prensa en la Inauguración: una esquina de no más de 50 m2 al lado occidental sin posibilidades de movernos por un dolly de Señal Colombia o Caracol o quién sabe cuál otro monopolio de esos. Conclusión: imposible la toma de fotos y mucho menos para los que no tenemos un enorme lente para hacer primeros planos. Ya empezaban a vislumbrarse los problemas de organización que preciso recaían en hombros de Rodrigo Otoya y el Comité Organizador. Y yo cubriendo el carnet todo el tiempo pues fijo me cogían de mensajero de quejas y reclamos.

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Hay varios  problemas que vale la pena resaltar para poder corregir. Si trato de acordarme de todo, estoy seguro que nunca termino pero estos son algunos de los problemas que se podrían corregir para una próxima ocasión:

La capacitación del personal de logística y voluntariado dejó mucho que desear –como por ponerlo en palabras simples–; más de la mitad, aparte de no hablar inglés, no sabía ni dónde estaba parado. Se enorgullecen de tener más o menos un voluntario por atleta, pero para qué si muchos rayan con la inutilidad. Nunca hubo un trabajo en equipo entre los dos bandos: los de logística por un lado, los voluntarios por otro y así sí es muy complicado. También aprecié algo bochornoso que merece la pena ser resaltado. De vez en cuando se veían taxis rondando por la ciudad llenos de extranjeros de alguna delegación, todos perdidos buscando la dirección del hotel. Increíble pero cierto. Algunas obras de algunos escenarios nunca fueron terminadas a tiempo y se veían los obreros trabajar sin tregua y a los extranjeros esquivando ladrillos, huecos, picas y palas en algunas de las vías. El inglés, el que narraba las competencias por micrófono, no era malo, pero tampoco era el mejor y de vez en cuando se podía ver a las amigas de alguna selección taparse la boca y reírse de alguna barbaridad que dijo el locutor de feria de pueblo. Por otro lado, el Club de Los Andes, donde se realizaron las pruebas de Ski, Wakeboard y Kayak, quedaba lejos de la ciudad, casi llegando a Santander de Quilichao para los que conocen el Valle, y sin embargo, ni una sola señalización, ni un letrero, ni una flecha, ni un dibujito del Bichofué ese por ningún lado. Era como si estuvieran confiando en que no vendría ningún extranjero a ver el evento, suponiendo que todos sabían llegar. En estos casos tocaba respirar hondo, aceptar que tal vez es por falta de práctica y no de sentido común y tratar de hacer buena cara.

Estoy seguro que resaltando las fallas, podemos resarcirnos y evitarlos la próxima vez.

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Las primeras medallas que repartieron vinieron acompañadas de una risita por parte de los atletas que nadie sabía por qué era. Hasta que por fin se desató la bomba mayor, ese notición que seguramente será lo único que muchos extranjeros recordarán de Cali y de los colombianos. Por todo lado se veían caras de desconcierto y burla. Los atletas lo tomaban casi que como una broma, pero no podía estar más distante de esto. 

“You’re going to be remembered as the ones who couldn’t spell a simple word” sentenció un periodista estadounidense en una rueda de prensa casi que como una maldición para todos. Sin embargo, esto no es una cuestión de apuntar dedos y echar culpas, no se trata de buscar un responsable. Debe ser un error –aunque grandísimo– que nos invite a hacer las cosas con más tiempo y sin tantos enredos, a buscar la perfección así en nuestra naturaleza esté el descontrol, la gozadera y la rumba que tanto nos gusta.

“That was expected from this part of the world”, me dijo una canadiense cuando le pregunté sobre el tema, y sí, en parte estoy de acuerdo, nunca me lo imaginé tan grande, pero sabía que en alguna parte el error iba a aparecer, en algún momento íbamos a meter la pata; una pata que manchará el esfuerzo y la entrega de muchos por años, una palabrita que cambió horas y horas de trabajo y preparación. Querámoslo o no, y ojalá así no sea, este percance será más recordado que todo lo bueno que se logró,  simplemente esa es la naturaleza humana.

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Si de algo me sirvió tener una cámara en la mano es que nadie sospecha de vos. Sos un cero a la izquierda y la gente dirá todas las barbaridades a tu lado sin pensarlo dos veces. A un argentino le oí decir algo así después de comentar con sus amigos la equivocación en la medalla: “Pues todo ha sido así, desde la comida hasta el hospedaje, ¿Qué esperabas? ¿Te imaginás cuánta plata se robaron?”. Esta es la verdadera concepción que muchos tienen de nosotros. Se toman la foto sonrientes, mostrándose amables y querendones y apenas se dan la vuelta, enroscan los ojos y sacan la lengua en un gesto de fastidio. Ojalá sea la minoría porque, aunque me da una risa de saber lo hipócritas que son, por dentro dan ganas de gritarles que se devuelvan por donde vinieron y nunca pisen más esta ciudad. Estoy seguro que con gusto muchos que dicen que volverán, al mismo tiempo están pensando “Yeaah right, as if…”. Triste pero cierto.

Quizá muchos que se dejaron contagiar por la alegría del público, regresen y conozcan un poquito más y ahí sí que nunca los veremos más. O quizá muchos de verdad aprecien la cultura, el amor de la gente y el sabor de los platos colombianos como lo dijeron en las incontables entrevistas que preguntaban lo mismo, y vuelvan, se queden, se devuelvan y recomienden el país. Ojalá y sea cierto.

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Cuando digo que el trabajo como fotógrafo es una batalla olímpica, me refiero casi que literalmente a la guerra por la exclusividad, por tener la mejor foto y ser los primeros en publicarlas. Nunca había tenido de frente esta rencilla entre los medios que como no tengo mente de empresario y negociador, no entiendo. Desde el primer día tuvimos –porque no era yo solo y entre varios formamos casi que un sindicato- disputas con los medios grandes de televisión. En los partidos importantes que iban a transmitir desde el estadio, debíamos permanecer sentados y en una de las esquinas. No nos podíamos mover. Hasta que en la final de Rugby nos mandaron la policía. Sí, la ley nos iba a sacar del lugar si no acatábamos las normas. (Ganas de joder). ¿Quién de ustedes se fija en el camarógrafo que camina en el fondo de la pantalla y que además está vestido de negro? No era un problema de si se veía mal o no. Lo que pretendían era que nadie más sino ellos, tuvieran el mejor material. Otra tristeza que por mi ingenuidad nunca me esperaba. No debería ser una batalla, no debería ser una guerra entre los medios. Lo ideal sería que todos trabajáramos juntos para poder difundir el buen trabajo y el esfuerzo que todos le pusimos. Pero si lo frenan a uno, si le ponen obstáculos y le prohíben todo, es imposible que se muestre algo de buena calidad. Fue una constante peleadera para lograr sacar unas buenas fotos, para acceder a la zona del público, para hablar con los atletas, incluso para pedir una botellita de agua nos ponían trabas. Me sorprende enormemente pero me imagino que vendrá de años atrás y será así en la mayor parte del mundo. Qué pesar.

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Fue, a pesar de las peleas, de la pena ajena, de los grandes y pequeños percances, un verdadero alivio para Cali haber finalizado sin mayores contratiempos unas competencias que por momentos se le quedaban grandes. A pesar de todo se lograron unas tomas increíbles de deportes que creo nunca volveré a ver más. Por lo menos el objetivo primordial se logró y el país pudo disfrutar de un evento como ningún otro antes. Los espectadores se divirtieron y dieron muestra del espíritu guapachoso de los caleños, con sus cornetas, matracas y la ola que tanto impresionó a los extranjeros. De verdad que Cali necesitaba este empuje y esta puesta a prueba, ojalá que para el próximo evento hayamos aprendido y no se quede solo en “palabras” sino que sea verdaderamente un evento de talla “mundial”.

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