POR: María Andrea Muñoz Gómez ILUSTRACIÓN: Willian Pineda Viernes, 21 Octubre 2016

¿Vale la pena estudiar escrituras creativas?
Este es un balance de varios egresados.

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Nadie cuestiona si para ser cirujano hay que estudiar medicina. Sería ilegal no hacerlo y aun así ejercer. Igual pasa con los abogados y los profesores. ¿Pero con los escritores? Ahí la pregunta es otra, y es medio grosera: ¿para eso vale la pena estudiar?

En Colombia –y en el resto del mundo también, hace rato– existen pregrados, maestrías, talleres y cursos de escritura creativa que proponen que hay que estudiar, pero hay quienes creen que lo que sea que haga a un gran escritor, no sólo se aprende. Un lado opina que los escritores antes no estudiaban –académicamente hablando– y que ahora tampoco tienen por qué hacerlo. El otro parece estar a favor de la profesionalización de un oficio que es visto como tal por muy pocos. Para tratar de aclararle a más de uno el dilema, me senté con tres egresados de programas como estos para conocer su experiencia.

Lo primero que hay que entender es que la escritura es una disciplina. Bien sea sentándose a escribir dos mil palabras diarias sin un solo adverbio como Stephen King o reorganizando párrafos de forma casi obsesiva como Vladimir Nabokov, para escribir se necesita entrenar. Juan Álvarez, director de la maestría en escritura creativa del Instituto Caro y Cuervo y egresado de la maestría en creación literaria de la Universidad de Texas en El Paso, opina que los escritores sí deben estudiar, pero si por ese verbo se entienden muchas más cosas que sentarse en un salón de clase a tomar apuntes. “Por supuesto que tiene que estudiar en el sentido de que debe entrenar una serie de reacciones, de mecanismos, de conexiones cerebrales con las que no se relaciona uno tan fácilmente. Escribir es una formación de sentido muy sofisticada, y escribir ficción, escribir narrativa, escribir relato, requiere de una cantidad de operaciones intelectuales y creativas que se forman”.

Pero esa formación no tiene por qué estar limitada a espacios académicos, y ese es uno de los argumentos de las personas que no están a favor de los estudios de escritura creativa. Para Martín Franco, periodista, editor y exalumno del Taller de escritores de la Universidad Central, la literatura, como pocas cosas, permite una formación autodidacta que consiste en “un gusto previo, que viene de muy temprano. Primero se es un lector y después se empieza a escribir. No es que uno diga “bueno, nunca he leído nada, nunca he escrito nada y ahora quiero ser escritor””. Además, agrega que “si uno de verdad quiere ser escritor, más allá de cualquier taller, lo va a ser. Si quieres escribir vas a escribir, tengas o no tengas la maestría en escritura creativa. No es lo mismo estudiar derecho que no estudiar derecho ¿y estudiar escritura?”.

El problema es que sí hay que tener disciplina –mucha– y casi militar, pero sobre algo que es muy etéreo y que trae consigo dudas e incertidumbre. Y es que a fin de cuentas ¿qué es ser escritor? Si algo está claro es que –por lo menos en principio–, no es convertirse en alguien con un sueldo fijo a fin de mes. Qué mejor ejemplo que la historia de Gabriel García Márquez, que sólo pudo mandar la mitad del manuscrito de Cien años de soledad a su editorial en Argentina porque no tenía plata para el resto.

Para acabar con la incertidumbre, la academia pensó muy bien su negocio: la mayoría de esos programas tiene horarios que no se cruzan con las horas de oficina, son en temporadas de vacaciones (léase “curso de verano”) o no exigen un compromiso de tiempo completo por parte del estudiante. Si quisiéramos hacer una analogía: los espacios en los que se enseña escritura creativa serían como un paréntesis en la rutina del estudiante, en el que puede y tiene que escribir.

Otro punto que aviva la pelea sobre el tema es el “talento” de los escritores. ¿Es algo que se puede aprender? Y si sí: ¿debería enseñarse? Para unos es escandaloso que ese don casi sacro se intente democratizar de tal manera, pero creo que eso viene de un malentendido. Como lo dijo María Camila Vera, periodista y egresada de la maestría en escritura creativa en español de la Universidad de Iowa: “yo no creo que a uno le enseñen a escribir. La historia está en ti. Las palabras están en ti. Lo que hacen las maestrías o los espacios académicos es coger eso que tienes y darte un espacio para que lo explores. Y ahí empiezas a pulir”.

¿Pero qué es “eso que tú tienes”? Álvarez, dijo que “si no hay una cierta inclinación, un cierto placer hacia lo verbal, hacia lo que los colores verbales abren, pues difícilmente se van a poder estimular o se van a fortalecer todas esas fibras de las que está compuesta esa categoría enigmática del talento”. En ese sentido, se podría definir como un interés, pero también como curiosidad, o incluso, como un golpe de suerte. No sé.

La escritura es una cosa rara. De antemano creo que es prudente ofrecer una disculpa si en vez de ayudar con el dilema, lo compliqué más. Creo que es fácil perderse en preguntas que no tienen respuesta, y en opiniones que pueden generar más polémica que resolución. Lo único que se logra con eso es no escribir.

Si los programas de escritura creativa están haciendo algo, es que la gente escriba. Y no veo cómo eso puede hacer daño. María Camila dijo al final de nuestra entrevista: “en la maestría no nos enseñan a escribir; nos dejan escribir”. Otra lectura: déjese escribir.

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