POR: María Gabriela Méndez Viernes, 05 Septiembre 2014

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A los 71 años, se sentía jovencita y dijo que jamás se iba a retirar. La vocación artística, que conoció de la mano de su padre y que le hizo rebelarse ante la conservadora sociedad bogotana, la llevó a la cúspide del éxito, aunque ella renegaba de la fama. 

Zenaida, la palenquera que Ana Mercedes Hoyos inmortalizó en un lienzo multicolor en 1990, con su trapo amarillo en la cabeza, mira de perfil al resto de la sala repleta de obras de Hoyos y de otros artistas colombianos. Ese es apenas una entre las decenas de piezas suyas que la artista conserva en su casa y que son “parte de la familia”: La laguna de Guatavita, en el particular formato circular, hecho de “luz oscura”, colgado en lo alto del comedor; o la Flor de luto, que pintó en honor a su maestra y amiga Marta Traba, o el Florero de girasoles. Confinados al espacio de la enorme casa, que más parece un museo, sus piezas predilectas están ahí porque, como ella misma cree, las obras más difíciles y complejas, las que más enseñan, son las que no se venden, las que se guarda el artista.

Aunque no estarán a la venta, esas obras forman parte de la muestra que recién se inaugura en la galería Nueveochenta, y que incluye sus trabajos más representativos, desde que comenzó a pintar en la década del sesenta, hasta hoy. Allí estarán también sus series más emblemáticas, Ventanas, Atmósferas y los bodegones, las palanganas de frutas y las fiestas que han inspirado sus viajes a San Basilio de Palenque y que la convirtieron en una de las artistas colombianas más reconocidas aquí y en el exterior. También incluirá su más reciente trabajo sobre el Salto de Tequendama, una aproximación que recuerda sus primeras series, pero hecha de nuevo con treinta años de experiencia.

Su vocación de artista, que descubrió siendo apenas una niña, tuvo que sortear el más grande obstáculo: enfrentarse a su familia, ¿Cómo hizo para rebelarse? 

Siempre pensé que iba a ser artista. Pero fue Marta Traba quien realmente influyó definitivamente en mi decisión de emprender ese camino. A mí me quedaba un poco difícil. Pertenezco a una clase social que no solo es clase alta cerrada sino muy conservadora. A mí no me educaron para ser artista. Yo soy la mayor de dos hermanas y la meta de mis pap yai no me quedaba más remedio queia cercana a la enfermedad y la muerte?e nunca se gradudo vigoroso que llenu maestra y amiga Más era que me casara muy bien, que fuera educada, todo lo que se decía de las niñas. En ese momento no era muy usual que la mujer se desempeñara profesionalmente y menos que se dedicara a una vocación como el arte. A mis papás no les cabía en la cabeza que yo pasara de los exclusivos clubes bogotanos a El Cisne, el café donde se reunía toda la bohemia bogotana. Para ellos fue un golpe duro.

¿Y qué la hizo decidirse?

Empecé a entender: o uno se decidía o no era artista. Pero tuve grandes dudas, porque el mundo del arte es muy complicado y para una persona educada como me educaron a mí, mucho más. La lucha mía fue fuerte porque no podía pelear con mis padres, porque eran gente excepcional. Los que más sufrieron fueron ellos y a mí no me quedaba más remedio que hacer lo que hice, porque me tenía que desligar de esa tradición. Y lo que hice fue irme de casa.

¿Su padre llegó a ver que aquella decisión había valido la pena? ¿Que su vocación había sido lo mejor?

Mi papá no porque murió muy pronto, pero mi mamá sí. A mi papá le aterraba que yo fuera artista, pero más le aterraba la mediocridad. Si me iba a meter en ese mundo tan difícil tenía que ser destacadísima o si no, no valía la pena. Eso sí me lo inculcó. Pero nunca pensé que ser destacado era hacer las cosas que a uno le interesaban. No sabía cómo era sortear el mundo del arte y, francamente, a mí no me gusta mucho la fama, el ambiente que ha creado la cultura, sobre todo últimamente.

Usted hace énfasis en que entró a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de los Andes y luego a la de la Nacional, pero que nunca se graduó. ¿Sigue pensando que para ser artista no hace falta estudiar?

Después de que vi ciertas cosas y aprendí historia del arte con Marta Traba, me di cuenta de que el arte se aprende en la universidad de la vida. Me gustan mucho las técnicas, y soy muy respetuosa de los oficios. Pero la Escuela de Artes no generó muchos artistas.

¿Cómo ve el movimiento artístico de Colombia en este momento?

Soy enemiga del arte que se está haciendo en Colombia que tiene connotaciones dizque políticas y que se está mostrando en el mundo y es muy exitoso, pero en el que  no se hace más que acusar a Colombia como el peor país del mundo. Violencia, narcotráfico, paramilitarismo, todos los horrores los está representando el arte. Es tan panfletario lo que he visto… esas obras visualmente no podrían sostenerse, en ciertos casos, porque lo que les da fuerza es todo ese panfleto político que incluyen.

Pero el arte también debe hablar de lo que pasa en el país…

Yo sé que aquí pasan cosas graves y serias, pero también pasan cosas muy buenas. El abuso del tema de la violencia es al final un abuso contra Colombia. ¿Por qué entendí que podemos rescatar todo sin necesidad de acusar? Porque a través de fenómenos tremendos como fue la esclavitud, podemos rescatar todo lo que dejó de positivo: que hubieran traído esa gente de África, tan trabajadora, que tienen una riqueza que es la alegría. Soy enemiga del arte político que denuncia los hechos a través de carreta. Por ejemplo, el cuadro Violencia de Alejandro Obregón, a pesar de llamarse así está representando el nacimiento, hay una mujer embarazada: cosas que dan esperanzas. Las piezas de arte podrían funcionar solas, sin necesidad de la carreta.

La violencia vende mucho fuera de Colombia, pero también sus cuadros los cautivan…

La luz es lo que los impacta, la luz americana. Me tocó pasar por ese período en el que si uno era colombiano no podía hacer obras que no fueran alusivas al narcotráfico o a la violencia. “¿Cómo va a pintar una canasta de frutas si usted es colombiana?”, me decían. “Porque ese también es mi país”, les respondía. A través de ese platón de frutas me metí a conocer uno de los cimientos más importantes de la cultura de mi país, que es ese treinta por ciento de la población negra que vino con la esclavitud.

¿Y cómo ha sido la recepción de su obra dentro del país?

A mí me aceptaban mucho más en el exterior que en Colombia. A los colombianos, en general, no les gusta que los identifiquen con los negros. Y aquí nadie se libra de tener elementos de las tres razas: español, indígena y negra. Yo, que tengo todas mis raíces en Colombia, estoy segura de que dentro de la historia de mi familia están todos esos ingredientes que me hacen sentir muy orgullosa y muy tranquila. Me siento de generación de gente nueva. Por eso es que tengo 71 años y me siento jovencita.

¿Qué le falta por hacer?

Yo tengo todo por hacer: lo que viene y lo que alcance a hacer. Tengo que ser muy agradecida con la vida, porque todo lo que he recibido de la vida ha sido un gran regalo. Y sigo sumando cosas buenas. Lo que tengo que hacer es que todo lo que recibí lo pueda proyectar hacia el futuro, dejando un legado importante. De verdad, no me pienso retirar ni pensionar. Yo que pasé por esa experiencia fuerte de haber estado limitada, porque estuve mal de bronquios, pulmones y corazón, volví a recuperar mi vida. Ahora me doy cuenta de que la vida está compuesta de ciclos, y uno nunca es viejo ni joven.

¿Cambió su trabajo luego de esa experiencia cercana a la enfermedad y a la muerte?

Claro. Me identifiqué más con toda la cultura palenquera porque frente a la muerte ellos tienen una visión muy positiva. La muerte es una nueva vida que viene con todos los ritos, ceremonias, fiestas. Uno se compenetra más con la tristeza porque piensa que va a  abandonar la vida, pero por el otro lado está la alegría de que uno entra a esa otra vida, como dicen en Palenque.

¿Qué más aprendió de su experiencia en Palenque?

En Palenque, el primer elemento de vida es el agua y el segundo es la felicidad, y esa es una moneda más valiosa que el dinero. Palenque sobrevivió 400 años por el agua, que les permitió ser autosuficientes, y por la felicidad. Ambos valores quise incluirlos en mi trabajo artístico y en mi vida. Los palenqueros son de primera, y deberíamos nosotros aprender mucho más de ellos, en vez de destruirlos ofreciéndoles “el progreso”. Habría que empezar por respetar todo lo que ellos tienen como pilar de su cultura, para afianzarlos y no desestabilizarlos. Porque esa desestabilización es lo que produce el desplazamiento y la violencia.

Siendo usted bogotana, ¿de dónde cree que viene su interés por la cultura africana en Colombia?

Tal vez porque en Bogotá la presencia de los negros era nula, los bogotanos eran tan racistas que no los dejaron llegar.

Además de su experiencia con la enfermedad, ¿hay algo que le haya cambiado la vida?

Cuando decidí que me iba de mi casa y me casaba con Jack Musseri. Para mí fue el cambio más grande. Y que lo hiciéramos independientemente de su religión y la mía y que además mantuviéramos magníficas relaciones familiares. Fue una experiencia maravillosa porque tener una familia, estar centrados en criar un hijo, también nos sacó un poco de la bohemia.

¿Cómo tomaron usted y su esposo la decisión de su hija Ana de ser artista?

Al contrario, ¿cómo lo tomó ella? Fue la rebeldía pero al contrario: ella decía que no iba a ser artista. Empezó cinco carreras y finalmente se fue a Nueva York y allí empezó a encontrar el arte. No se pudo escapar.

¿Qué significó la maternidad en su trabajo?

En perspectiva, uno se da cuenta de lo importante que es la familia y cómo ha influido en el desarrollo del trabajo de uno. A mí me organizó la cabeza tener un hijo. Porque nosotros le jalábamos mucho a la bohemia, aunque éramos unos bohemios organizados porque trabajábamos, pero mucha gente que frecuentábamos vivía de noche.

¿Sigue siendo una gran viajera? Antes decía que se nutría de sus viajes…

Hace cuatro años que no viajo a ninguna parte a raíz de una fuerte enfermedad. Y ha sido maravilloso. Antes no nos bajábamos de un avión, pero la experiencia de quedarme quieta ha sido muy alimenticia para conocer mi propio mundo, mi mundo interior. Tengo un mundo que ya me fabriqué y me falta mucho por conocer de él  todavía.

¿El mundo físico y espiritual?

El mundo físico y el mundo de lo que yo quiero expresar y construir. Es que viajando uno para de construir las cosas; en cambio, si te quedas en un sitio y ya tienes esa riqueza medio visualizada, es importantísimo que te sientes a materializarla. Creo que el éxito y la fama son los peores obstáculos para un artista. No me gustan los flashes de la fama y esas cosas.

Como artista, ¿se siente más segura que hace 30 años?

Es que yo no me siento ni artista. Me siento verdaderamente un ser humano que se está alimentando de  sus experiencias y de su mundo personal. Además, quiero hacer cosas que me dejen satisfecha. No sé si van a ser importantes, eso no importa. Más que artista me considero constructora. Todos los días construyo. O mejor, todos construimos. No hay un momento en que no haya construcción. Me gusta mirar obras que hice hace 30 años y ver que todavía tienen cosas para decir. Eso me dice que esas obras estuvieron bien construidas.

¿Ha descubierto cosas que en ese momento no vio en esas obras?

Sí. Por eso estoy retomando obras que hice hace años, porque me di cuenta de que esas piezas fueron interesantes, pero que ahora puedo ir más allá, más al fondo de mí misma. En ese momento no pude ir hasta donde quería, porque, primero, me gané el Premio Nacional de Pintura; segundo, no hacía sino viajar, y tercero, tenía mucho éxito. Y eso no es lo que busco. Yo me perdí  ahí un poco, en algún momento.

¿Hay alguna obra que la avergüence?

Claro. Un amigo galerista neoyorkino me decía: “Si usted no está segura de la obra, no la deje salir”. Él llamaba a esos cuadros “ladradores”. Lo más horrible que le puede pasar a uno es ver un perro gritón de esos. Pero no hay nada que uno pueda hacer, ya los dejó salir.

¿Le cuesta desprenderse de las obras?

En el arte, lo más importante es lo que se queda. Los cuadros más difíciles y complicados son los que la gente no compra y son los que le quedan a uno. ¡Una maravilla! Claro que no en todos los casos. Este cuadro de Zenaida yo no puedo ni pensar en que alguien lo compre. No se le pueden ni acercar. Porque es de todos aquí en la casa. Ya pasó a ser de las nietas. Creo que Alejandro Obregón decía lo mismo: que los mejores cuadros eran los que tenía él, los que no había podido vender.

Usted dijo una vez: “El día que aprenda a pintar se acabó la aventura”. ¿Cómo va esa aventura?

Ah, sí. Sigue adelante. Todavía no sé pintar. ¡No le digo que hacer esos Saltos del Tequendama fue una odisea impresionante! Duré meses construyendo esos cuadros. Para construir un cuadro grande tengo que hacer muchos estudios, y todos esos estudios son el aprendizaje de pintar. La experiencia nos da la posibilidad de expresar muchas cosas que uno dejó en el tintero por falta de madurez y de posibilidades. Cada obra requiere un mundo. Y el mundo de la obra, el mundo que le pertenece al lienzo, tiene que ser un mundo especial para cada cuadro o para cada escultura.

¿Qué es lo más difícil de pintar?

La firma. Firmar un cuadro es una pesadilla.

¿Por qué?

El cuadro ya está terminado, uno hizo todo el esfuerzo y queda tranquilo y cuando va a firmar le toca volver a empezar. No sé por qué, me tiembla la mano. Es como cuando uno hace una carrera de kilómetros y llega a la meta: la firma es como que le toque volver atrás y hacer los últimos diez pasos.

¿Le cuesta más firmar que empezar?

Sí, claro. No me asusta tanto un lienzo en blanco. Lo contrario, me parece genial echarle a la primera idea. Lo que me cuesta es construir sobre eso. Le tengo más miedo al lienzo terminado que al lienzo en blanco.

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