POR: Andrea Melo Tobón FOTOGRAFÍA: Erick Espejo Miércoles, 15 Febrero 2017

César Pérez es un fanático de la lucha libre que además de narrar luchas, confecciona la identidad secreta de muchos luchadores. 

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“Si no sabe caer, es mejor que ni se meta”

 

Cuando César Pérez era niño, le gustaba escuchar noticias internacionales y narraciones de peleas de lucha libre a través de programas de radio. Año tras año, su curiosidad aumentó y decidió buscar torneos en Bogotá para ver más de cerca ese despliegue de poder y fuerza bruta. 

En la década de los setenta había cinco escenarios en los que se realizaban este tipo de torneos: la Plaza de Toros La Santamaría, La Sevillana, el Palacio de los Deportes, la Arena Bogotá y Corferias, que en ese entonces se llamaba Feria de Exposiciones. César trabajaba como cargacables de un dueto musical que tocaba en bares y así reunía dinero para poder asistir a estos encuentros en los que las acrobacias y los gritos de los luchadores lo obsesionaron. 

A la par de la fiebre de los fanáticos, en los años ochenta RCN creó el programa Súper viernes, en el que transmitía los combates entre luchadores en cuadriláteros duros y sin amortiguación rodeados por viejos, adultos, jóvenes y niños que veían hipnotizados los ganchos y patadas lanzados de esquina a esquina.  

En una ocasión, El Catedrático, un profesor de lucha libre, invitó a César a ver una pelea en el barrio La Candelaria. Como era un encuentro no oficial, los organizadores hicieron el cuadrilátero en el piso: perforaron el suelo, rellenaron el hueco con aserrín, le pusieron encima un tapete y lo rodearon con cuatro maderos y lazos, y así hicieron el ring de lucha. 

La afición de César fue tanta que en 1987 decidió convertirse en luchador y entró a la escuela del Tigre colombiano, una de las grandes glorias de este deporte. Lo primero que le enseñaron en los entrenamientos fue a caer. “Si no sabe caer, es mejor que ni se meta”, le decía su maestro.

Un día, El Tigre tuvo que irse de viaje y dejó a cargo de la escuela al Asesino Kuaikal, un rudo ecuatoriano al que nadie se le acercaba por respeto y, tal vez, un poco de miedo.

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—Eso fue muy impactante para los que estábamos allí porque nos dio durísimo y nos entrenó fuertísimo, pero ahí dijimos: “Si yo aguanto esto es porque soy varón y me gusta el tema”— cuenta César.

Aunque sus padres sabían de su afición, nunca lo apoyaron. Su madre sufría viendo cómo día tras día su hijo llegaba con un nuevo moretón o, en el peor de los casos, una lesión bajo sus músculos. César no se ha roto ni un hueso, pero recuerda un entrenamiento en el que un compañero le hizo mal una llave y su espalda cayó encima de su puño, duró meses sin poder caminar bien. El luchador mide poco más de metro sesenta, tiene pelo negro, y es lo que muchos padres llamarían “acuerpado”.

A la par de sus entrenamientos fue mensajero de agencias de publicidad donde comenzó a escalar en el departamento de arte hasta convertirse en diseñador, pero sus prácticas de lucha libre terminaron interfiriendo con su carrera. 

“Entrena o trabaja. Escoja”, le dijo su primer jefe. César eligió el diseño pero esto no le ha impedido entrenar de vez en cuando. En 2002 decidió estudiar locución y producción de radio abriendo otro espacio para él como narrador en el Festival de Verano, la Feria de los Deportes en Corferias y el torneo de Lucha Libre Profesional en el Coliseo el Campín. 

En la lucha libre mexicana generalmente no hay locutores. Es en la World Wrestling Entertainment (WWE) en Estados Unidos que se ha hecho al narrador parte del espectáculo. Nosotros no nos hemos quedado atrás —afirma con un tono orgulloso que desvanece su timidez. 

El oficio de mascarero

César siempre había querido tener una colección de máscaras de sus luchadores favoritos, pero ningún mascarero tenía el tiempo de hacerlas. Por eso decidió pedirle consejo al Último Chingón, un luchador azteca que le enseñó a confeccionar las máscaras y los uniformes, y a hacer lo que hacen muchos a punta de ensayo y error: desarmar, entender los moldes y coser. 

Desde que aprendió en 2003, César diseña y confecciona las máscaras y trajes de luchadores colombianos en su empresa EXtreme Lucha - Wrestling Mask. La primera que hizo fue la suya: la de El Dorado, su personaje, la prueba de su interés por rescatar las raíces y costumbres colombianas como fuente de inspiración en la creación de personajes.

Aunque las máscaras tradicionales mexicanas son fabricadas en cuero, César ha preferido utilizar otro tipo de materiales que no vengan de los animales, como vinil, lycra, lamé y charol. 

En Extreme lucha se pueden encontrar tres tipos de máscara según su costo: una económica de 25.000 pesos, fabricada con tela raso, sin refuerzos internos y sin detalles; otra mediana de 40.000, hecha en lamé, sin forro o refuerzos, pero con detalles en vinil sintético, y una profesional, a 80.000 pesos, fabricada en lycra con forro y refuerzos internos y detalles en vinil, charol u holograma. Una máscara profesional en México tiene un costo de 120.000 a 300.000 pesos colombianos.

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Muchos luchadores colombianos lo buscan no solo para tener máscaras de sus ídolos, sino para que él cree sus personajes y se hagan reales gracias a sus diseños. Esto hace que prácticamente cada pieza sea exclusiva. 

Para hacer una máscara, César necesita saber si el luchador es rudo o técnico –el bueno o el malo–, qué tipo de personaje quiere –indígena, animal, robot o clásico– y así crear una historia que sea impactante y local, pues está cansado de que le propongan nombres en inglés. 

Cuando el diseño es aprobado por el luchador, busca las telas y apliques en los barrios textiles de Bogotá: Alquería, Galerías, Restrepo y Ricaurte. 

—Unos lo aceptan y otros no, así es como hago mi trabajo —dice, y es así que ha podido llevar su trabajo a leyendas como el hijo del Santo, que recibió una máscara hecha por él. Actualmente hace los trajes del Fishman colombiano, Dick Misterio, Monje Rebelde, Castigador, Dirk Maluk, Felina, Black Angel, Escorpio, Tony Stallone, Halcón de Colombia, entre otros. 

En este video, El Dorado explica cómo hace las máscaras una vez tiene el diseño del personaje.

Mi sueño es pelear con la máscara de El Dorado

César vive con su esposa y su hijo de cinco años en un apartamento acogedor al Occidente de Bogotá. Al lado de la sala está su estudio y fábrica de confección, un espacio en el que moldes, patrones, telas, tijeras y escarcha rodean una pequeña máquina de coser Singer responsable de juntar cada pieza.

Pero su emprendimiento no se ha quedado ahí. César sueña con lograr que otros productos de lucha libre sean más comercializados, por ello creó una línea llamada Luchanchitos, marranitos de cerámica disfrazados con trajes de lucha libre que espera atraigan la mirada de niños y adultos. 

Más de diez años después de que iniciara este camino de identidades secretas, músculos y telas, ha recibido atención de otros sectores fuera del entorno deportivo. Por ejemplo, el escritor Mario Mendoza, que le encargó hacer la máscara para la portada de su libro Lady Masacre, y Rafael Novoa, quien le pidió que hiciera el traje de su personaje para la serie web Anónimo, sobre lucha libre. 

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César, conocido en el mundo de la lucha libre como El Dorado, lleva treinta años entrenando pero aún no ha tenido su primer combate. Entre su trabajo como diseñador de día, locutor en las peleas de lucha libre y diseñador de máscaras de noche, ha tenido muy poco tiempo para ir a entrenar. 

—Obviamente así no me voy a subir a un ring porque me parto, pero mi sueño es pelear con la máscara de El Dorado antes de que me vuelva viejo —confiesa.separador

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