POR: Bacánika Martes, 15 Noviembre 2016

El tamaño no importa. La industria de los juguetes sexuales en Colombia aún es pequeña pero no impotente.

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La juguetería

En la calle veintidós con carrera octava, en un sector de tanta oferta que uno podría hacer el mercado, arreglar el celular, comer o rumbear, está ubicado Universo X: la juguetería de Margarita Acosta. 

Vender sexo es lo suyo. A ella no le gusta otra cosa. Estudió publicidad sin terminarla porque encontró en este sex shop la carrera de su vida: dar consejos sobre vibradores, vender retardantes y decorar sus vitrinas con disfraces de enfermera, diabla y marinera. Es buena comerciante, disfruta y sabe del tema, afirma que “definitivamente no haría algo distinto” y confiesa que le pide a Dios que la deje ahí hasta que aguante, porque la fe también tiene lugar en este rinconcito del centro de Bogotá que algunos podrían creer olvidado por Dios.

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Universo X es pequeño, pero si usted es como cualquiera y tira, el local resulta entretenido. Hay de todo para todos: azul, café, rosado y color piel. Los azules y rosados (y a veces hasta morados o amarillos) son los vibradores hechos de gel siliconado. Los cafés y color piel están hechos de látex. Para los hambrientos, bananos consoladores.

Margarita nos lo contó. Ya sabemos que lo que más compran los hombres son los retardantes: siempre buscan durar un ratico más. Pero también nos dijo, y aceptamos, que lo que más compramos las mujeres son las cremas multiorgásmicas. “Hay muchas frígidas”, explica Margarita.

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En Universo X nos dimos cuenta de que no todos los productos son importados, también existen algunos fabricantes colombianos que abastecen el mercado del sexo con manufactura nacional. Por eso decidimos adentrarnos más en este universo censurable para muchos, al que todos nos entregamos sin vergüenza y sinvergüenzas al cerrar con seguro la puerta de la habitación.

Aquí hay una oferta bastante diversa para los amantes de BDSM (Bondage, Disciplina, Dominación, Sumisión, Sadismo y Masoquismo) y estos son solo algunos de sus fabricantes.

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“Hacete de cuenta un traje de Gatúbela, pero hecho de caucho”

“Mi papi:

Eres mi papi.
Por que desde que naci [sic] siempre has estado ahi [sic]
Por que [sic] me has guiado todo este tiempo
Y simplemente eres el
mejor papá de este mundo
Te amo Papy
Gracias por todo”.

A la entrada del taller de Cintu Colombia, los ojos se van de inmediato a medio pliego de cartulina pegado en una de las paredes, es una carta que le escribió su hija a Carlos Ruiz, propietario de este negocio. Él y su equipo se encargan de hacer que sus clientes cumplan sus fantasías sexuales y trabajan con cuero para fabricar desde prendas sado hasta chamarras.

A don Carlos, a pesar de su edad (53) todo se le hace absolutamente normal. Lleva ocho años trabajando con juguetes y ropa sexual para mantener a sus dos hijos, que han crecido rodeados de la industria del sexo. Incluso su madre de 81 años colabora a veces en la confección.

Don Carlos empezó haciendo prendas de vestir como las que uno ve todos los días en la calle. La demanda se complejizó y la gente ya no pedía chaquetas y correas sino tangas y esposas. Y como “lo que uno haga en cuero se vende”, Don Carlos no se opuso a abrirse camino en el negocio de la ropa fetish. La mayoría de sus clientes son tiendas sexuales, pero también hace productos personalizados. 

A la pregunta sobre la cosa más rara que hayan hecho alguna vez en el taller, las cinco personas que trabajan para Carlos responden sin pensar dos veces: “una piyama de caucho, un traje como hecho de llanta, ceñido al cuerpo”. “Hacete de cuenta un traje de Gatúbela”, dice José Castellanos, vendedor de juguetes sexuales desde hace doce años. “Tapado incluso hasta el rostro, pegadito. Y justo donde debe ir el pene un espacio pequeño también del mismo material. El pene le quedaba torturado y el traje tenía unos rajes en la espalda para que el tipo fuera colgado de ahí”. El placer, en este caso, está en quedar inmovilizado.

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Las manos que cosen y pegan son de Wilson y Luis Antonio, de 45 y 47 años respectivamente. Los dos llevan más o menos un año trabajando con Carlos Ruiz y, aunque ya están acostumbrados, algunas cosas sí los toman por sorpresa. “Hay señoras que preguntan por el consolador rojo y hay que explicarles que ese es el extinguidor”, cuenta Luis Antonio.

“¿Y esto es qué? ¿Una máscara?”, preguntamos. Muy ingenuas porque realmente era una tanga para hombre. Lo que parecía ser el espacio para los ojos es el espacio para los testículos. Lo que parecía ser el lugar para una nariz pequeña, es el lugar del pene. “Es para uno small”, dice Luis Antonio mientras se ríe y nos enseña la tanga.

El catálogo de Cintu Colombia es amplio porque se ajusta a lo que al cliente se le ocurra. Y entre otras cosas han fabricado máscaras de ahogo, un arnés que se ajusta al pene con un anillo que corta un poco la circulación y logra que la eyaculación llegue más tarde, faldas (falditas), látigos, sombreros, aceites corporales y burbujas para baño. Y aunque todo en el taller sea rojo y negro, cualquier color es permitido mientras el cliente lo pida. “Si quieres te hacemos unas esposas de peluche bien bonitas”, dice Wilson luego de mostrarnos prendas que le quita y le pone a un maniquí de mujer con la brusquedad que se podría esperar en una pareja de carne y hueso.

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El reino de Pelonia: peladas peladas 

“Yo siempre opté por el papel de dominante y de sádica porque lo mío es infringir dolor”, afirma Samanta Macana, presidenta de la Corporación BDSM Bogotá. Su empresa está en una casa aparentemente común en el barrio Bellavista Occidental, que acoge a una verdadera familia de personas a las que les gusta jugar pesado.

Cansada de tener que practicar BDSM con productos rústicos, hechos por hombres y para hombres, “sin nada de coquetería”, Samanta, junto a dos amigas diseñadoras de modas, comenzó a fabricar sus propios juguetes y a llevarlos a eventos eróticos. Dominantes, sumisos y fetichistas empezaron a interesarse en sus productos y fue así como nació Pelonia Store: una línea de accesorios y lencería fetish para mujeres, o en palabras de Samanta, para “un público más girly”.

En el Reino de Pelonia hay una princesa, una gata y un verdugo. La princesa, dice Samanta, fue quien las convocó en torno al proyecto, pues todo soberano necesita súbitos para poder reinar. A ella, por ser princesa, no le gustaba infringir dolor, para eso era necesario contar con Samanta: el verdugo. La tercera amiga asumió el rol de gata de compañía, que resulta siendo lo que en el BDSM se denomina como sumisa.

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El origen del nombre de El Reino de Pelonia no es menos peculiar. La princesa “tenía un amigo supervelludo” cuenta Samanta, que por deseos de la soberana iba a ser coronado como el rey de Pelonia. Un día él anunció que se iba a depilar con láser y ella le advirtió: “No, tú eres el rey y el reino se va a llamar Pelonia, no puedes depilarte”.

El Reino de Pelonia surgió de entre los pelos. Sin embargo, hoy en día el eslogan de la marca es peladas peladas “porque éramos peladas y siempre andábamos en calzones y en cuero”, explica Samanta.

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Fina coquetería 

Actualmente, Samanta dirige el proyecto sola, una marca que prefiere mantener pequeña y con producción artesanal. Los juguetes son hechos por encargo, personalizados a gusto del cliente, quien además recibe la asesoría de una profesional en diseño de modas con amplia experiencia en el BDSM sobre el diseño, el color y los materiales más apropiados según necesidades y gustos.

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Entre los productos que ella realiza hay cuatro variedades de paddles, que son paletas para azotar (spanking), esposas en cuero, fustas, látigos, floggers (una variedad de látigo con varias colas), lencería y arneses.

Aunque el público es un nicho muy definido y no hay un gran número de compradores en Bogotá, el mercado es más competido de lo que se cree. En internet y en los sex shops se encuentran fácilmente productos a precio de huevo. Sin embargo, Samanta prefiere mantener su estándar de calidad y exclusividad: “son cosas de fina coquetería, no se trata de un producto que vas a encontrar en una sex shop, es elaborado para ti y sabes que no todo el mundo lo tiene, es algo único”.

Lo más barato que se puede encontrar es un arnés de pecho, un producto sencillo que vale aproximadamente quince mil pesos. Lo más costoso del catálogo es un flogger hecho en cuero puro que cuesta ciento veinte mil pesos aproximadamente. En el reino de Pelonia no se utilizan materiales sintéticos porque son productos para el contacto con la piel y los sintéticos pueden hacerle daño. Infringir dolor dentro del BDSM no es algo que se tome a la ligera o algo sobre lo que se improvise, todas las prácticas deben realizarse bajo el modelo de Sensato, Seguro y Consensuado (SSC).

Samanta ha asistido a varias ferias eróticas con el fin de dar a conocer la marca entre los “vainilla” –personas que practican sexo convencional–, para vender junto con sus productos la oportunidad de explorar nuevos terrenos, ponerle picante a la relación y que personas ajenas al tema puedan ver en el BDSM algo más que gente a la que le gusta pegarse. Sin embargo, lo que más se vende entre los vainilla es la lencería.

Samanta también hace burlesque: estriptis que combina teatro, música, canto y mucho glamour. Para ella es un tema de empoderamiento femenino, que la mujer muestre su cuerpo sin avergonzarse de estrías o celulitis.

En el mundo del BDSM casi todos tienen un seudónimo, pero Samanta Macana siempre ha usado su nombre real. Tal vez su bautizo presagió su destino: su apellido, Macana, es el sustantivo que se usa para nombrar el garrote o bolillo que usan los policías para castigar a los que infringen la ley. “Yo nací para esto”, concluye Samanta.

// Texto y fotografías: Natalia Zuluaga S.Natalie López Valencia //

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