POR: José Fajardo ILUSTRACIÓN: Germán Gonzáles Martes, 10 Octubre 2017

En el imaginario de quien no conoce la isla, Providencia es un paraíso de buena onda y coco locos. Y sí, pero también es el núcleo de una revolución musical protagonizada por Elkin Robinson y sus vibraciones creole.separador

Elkin-Robinson apertura

I: La isla

"El mar a veces dice cosas".

Un chico me mira con los ojos muy grandes, acaba de susurrar algo que nadie ha entendido. Vamos en una barquita de pescadores que dirige su padre, Senen Rivera (pescador, carpintero y experto en hacer ritmos con una quijada de caballo), junto al cantante y guitarrista Elkin Robinson, su esposa Holly (nacida en la isla española de Mallorca, de familia británica) y la hija de ambos, Sienna. El destino es Cayo Cangrejo, una roca gigante a unos pocos kilómetros de Providencia, situada frente a una inmensa barrera de coral. El plan es caretear en busca de una pareja de tortugas carey que frecuenta la zona. 

Elkin bromea con la imagen estereotipada que tienen los visitantes de la vida en la isla. "Creen que siempre estamos en vestido de baño, con camisas floreadas y tomando coco locos bajo el sol", dice mientras se enciende uno de sus cigarros Pielroja. Cuando llegamos al islote, lo primero que hace es comprar un par de coco locos. Es delgado y supera por poco el metro ochenta; lleva unas bermudas y una camisa floreada. Esconde su timidez con sentido del humor (siempre ríe) y una mirada pícara. 

En Providencia, una isla del Caribe colombiano próxima a Nicaragua, los días se deslizan entre escenas bucólicas y grandes dosis de surrealismo. Al contrario de lo que ha sucedido en la vecina San Andrés, donde los monstruos de cemento y el turismo masivo han pervertido su esencia, este lugar de apenas seis mil habitantes se ha preservado intacto. Existe en Providencia un orgullo raizal, el de la población local, que es negra y habla en creole, un dialecto que inventaron los pobladores originales para que los invasores no les entendieran, que mezcla inglés, español y palabras de lenguas africanas. 

Hay una sola carretera de 17 kilómetros que rodea la isla, por la que apenas caben los carros; las hileras de motocicletas se cruzan con las “mulas”, como llaman a los carritos de golf: algún avispado empresario pensó que estos vehículos serían el medio de transporte ideal. El pasatiempo de los chicos es hacer caballitos con las motos. Los accidentes son habituales: la noche de fin de año de 2016 escuché la historia de una mujer que murió al engancharse su vestido de fiesta en las ruedas de la moto. 

Elkin me cuenta una anécdota que ilustra la nula autoridad que ejerce la policía en la zona, que en su mayoría viene de fuera, de San Andrés o de la costa Caribe colombiana. "No se atreven a pedirte la cédula, ¿sabes por qué? Porque acá nadie los conoce, tendrían que ser ellos los que muestren su documentación". 

Existe un control del visitante: a la entrada y a la salida unas señoras apuntan tus datos. El extranjero (cualquiera que no sea isleño) no puede pasar aquí más de cuatro meses al año, a no ser que tenga un trabajo (máximo un año de residencia) o esté casado con un residente o pueda demostrar que vivió al menos tres años en Providencia antes del Decreto de 1991. Así controlan la superpoblación, los recursos naturales y dan prioridad a los locales para encontrar empleo. 

Más allá de las playas de postal, los rincones paradisiacos, los jugos de frutas caribeñas y el marisco fresco (un plato combinado de caracol, cangrejo negro autóctono y langosta recién capturados cuesta unos 30.000 pesos), la isla a veces también llora. "Los pelaos no tienen oportunidades de futuro", dice la periodista Luz Marina Livingstone, refiriéndose a altísimos índices de deserción escolar, familias desestructuradas y a la pérdida de valores y tradiciones. 

"El Gobierno debería fomentar alternativas como el deporte o la música. Los muchachos tienen mucho tiempo libre, se han quedado sin sueños. Les preguntas qué quieren ser de mayores y responden con un silencio enorme, están desubicados", lamenta. 

Corre una leyenda que explica la aparición de bandas de delincuencia en los últimos años porque los chicos quieren emular a los gánsteres de los guetos de Kingston que han visto en las películas jamaicanas.  

Una tarde Elkin me lleva a conocer unas tierras de su familia en la montaña. Desde allá, rodeados de espesa naturaleza pero con la misma sensación de aislamiento que sientes cuando sólo ves mar a tu alrededor, Providencia parece el islote de la serie de televisión Lost.

El Banco Serrana, un atolón cercano que pertenece al archipiélago de Providencia, Santa Catalina y San Andrés, inspiró la novela Robinson Crusoe, porque allá fue donde quedó varado el náufrago español Pedro Serrano en 1526. Cinco siglos después, la isla provoca esos mismos sentimientos que describió el escritor británico Daniel Defoe: es un lugar que parece olvidado en el tiempo, como si fuera el decorado de una película de aventuras que nadie quiso retirar.

Atravesamos ríos y laderas escarpadas, cultivos y árboles frutales, hasta que nos detenemos en medio de ninguna parte. Elkin rompe un coco con un machete oxidado que encuentra en el suelo y, mientras sorbe el jugo, me cuenta un secreto. "Acá quiero construir una casita de madera, para estar solo, pensar, leer, escribir y hacer música". Su plan coincide con el de Henry David Thoreau, quien escapó a una cabaña en el campo cerca de un lago llamado Walden, en Concord, una ciudad del noreste de Estados Unidos, para encontrar "la médula de la vida". Este intelectual, al que citan anarquistas, ecologistas y místicos, decidió aislarse de la sociedad del siglo XIX durante dos años para reivindicar el regreso a la esencia de la naturaleza.

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II: Elkin

A principios de mayo, desde Llorona Records, el sello de Elkin Robinson, me piden un texto para el lanzamiento de su segundo disco, Sun A Shine (2017), que ha grabado en Villa de Leyva junto al productor británico Richard Blair, colaborador de Peter Gabriel en los noventa y líder de la banda Sidestepper (pionera en mezclar la tradición musical colombiana con electrónica). Escribo: "Lo que hace Elkin Robinson va más allá de la música: propone una postura existencial que conecta con las utopías libertarias y la vida reposada en la naturaleza". Cuando me encuentro con él en un estudio del barrio de Chapinero de Bogotá, se lo comento y suelta una carcajada. 

Sus intereses van desde la antropología a la teología, la sociología y el arte. Lleva un tiempo trabajando en un ambicioso proyecto editorial sobre el origen de la música en Providencia. Quiere investigar en África y Reino Unido. Ya se ha entrevistado varias veces con su amiga, la filósofa e historiadora Diana Uribe, autora del libro África, nuestra tercera raíz, un estudio de una década sobre los orígenes africanos de la música colombiana, incluida la de Providencia. En el catálogo está incluida la canción “Creole Vibration” de Elkin Robinson.

"Él iba para sacerdote, tenía vocación en su niñez, pero no le digas que te conté porque se enfada", me dice bromeando Baldwin “Bungush” Britton, quien regenta un taller, es capitán de barco y juega al béisbol, además de ser uno de los mejores amigos de Elkin. Cuenta que era un chico superdotado que adelantaba cursos en el colegio y terminó la escuela con quince años. "Para mí es un ídolo, lo admiro mucho porque ha sido capaz de estudiar fuera y conocer el mundo a través de la música. Tiene un potencial increíble, ojalá no tenga que irse para desarrollarlo, como siempre ocurre acá". 

Su abuela, Clodda Bush, ha tocado el órgano en la iglesia durante más de cincuenta años, y su padre fue quien le inculcó la pasión por la guitarra. Elkin empezó cantando en la iglesia y a los doce años entró en el grupo Ilabash, donde coincidió con “Bungush”, fundador y teclista de esta banda icónica, que ahora se llama IND (Islanders New Dimension). Ilabash ha sido la cantera de artistas como el propio Elkin, quien descubrió gracias a esta formación que se podían mezclar ritmos autóctonos (calipso, zouk, reggae) con el espíritu de los picós (las fiestas callejeras con grandes altavoces, muy populares en la costa Caribe colombiana) y sonidos del funk, del pop y del rock. 

Vivió ocho años en Barcelona, donde creó el grupo Zouke Root, con el que hacía jams en las calles, tocaba en bares y giró por España, Italia y Francia. Mientras tanto, hacía trabajos de voluntariado con una ONG que daba comida a los inmigrantes. Todavía hoy luce en su guitarra una pegatina del Barça como un recuerdo de ese periodo.

"Me ofrecieron un permiso de residencia para quedarme a vivir allá, pero yo no quería atarme", recuerda Elkin. En Barcelona conoció a su mujer en uno de sus conciertos. Holly es una chica adorable, en la isla ha trabajado como ayudante de producción en distintas películas y en el cineclub del café Light House. 

Antes, Elkin pasó cinco años en Bogotá, entre 1999 y 2004, para estudiar cinco semestres de música clásica y la especialización de técnico de sonido. De aquella época recuerda una anécdota que define bien su carácter: "Me hice amigo de una pandilla con la que coincidía jugando al básquet en una cancha callejera. Una tarde me preguntaron: ‘¿A ti te gusta la música?’. Al día siguiente me regalaron un walkman. Después supe que lo habían conseguido en un atraco. En ese entonces no comprendía por qué la gente necesita robar". La capital es para él un lugar donde hace frío, pero que le ha servido para darse a conocer y donde conserva buenos amigos.

Cuando regresó a la isla en 2013, reunió a varios músicos locales y los convenció de ensayar cada semana y tomárselo como una actividad profesional. Entre ellos están Senen Rivera (a cargo de la quijada de caballo), su cuñado Carlos Robinson "Shala Boom" (líder de Ilabash, a los coros) y George “Kepe” Hayman (maracas), pescador y leyenda local del calipso que aparece en el videoclip de la “Tierra del olvido” de Carlos Vives. Su paso por Bogotá y Barcelona forjó en su interior una idea: en Providencia hay mucho talento pero está pasando desapercibido. 

La música que hace Elkin guarda el sabor del alma de su tierra, es la banda sonora ideal para un viaje de enamorados a una isla desierta: suena cálida y soleada, mezcla los ritmos alegres del Caribe con reivindicaciones reposadas sobre la vida en naturaleza, el encanto de las cosas cotidianas y el orgullo por su cultura. Habla de una revolución apacible al son de instrumentos inesperados como un tináfono, una tinaja con una cuerda gruesa estirada por una vara de madera que suena como un bajo y que en su banda está a cargo de Avelino Whitaker.

Sus canciones suenan en la película El día de la cabra (2017), una historia rodada en Providencia en el idioma creole por el colombiano Samir Oliveros. Su banda es la primera agrupación isleña seleccionada para representar a Colombia en WOMEX, en Polonia, el escaparate de world music más importante del mundo, por donde antes han pasado Bomba Estéreo y Systema Solar. "Después de eso es cuando de verdad suceden las cosas grandes: allá van ojeadores, programadores de festivales, marcas y disqueras", dice Elkin. 

Después de Polonia, actuará en Barcelona y luego hará un viaje de una semana por África, donde tiene previsto tocar en Kenia. De forma paralela al éxito de Elkin Robinson se ha producido en el archipiélago de Providencia y San Andrés una explosión durante los últimos años de bandas que mezclan la tradición con sonidos modernos como Caribbean New Style, Creole Group, Groove82, Jimmy Archbold, Red Crab Group, Jiggy Drama y Hety And Zambo.

"Es difícil convencer a la gente de que toque si no hay dinero para pagarle", reconoce Elkin. "Cuando se organiza una fiesta con presentaciones, la gente empieza a tomar Black Bush [whisky], y cuando vas a tocar ya no hay nadie escuchando", cuenta. Habla de la isla con orgullo y fascinación, pero es consciente de la falta de oportunidades, de la apatía en la que es fácil caer cuando vives en el paraíso.

Este artista espigado y alegre es un gurú local, alguien en quien los viejos confían y los jóvenes observan con admiración. Si pasas varios días con él, podrías pensar que no hace nada, que deja pasar las horas en su moto de un lado para otro, deteniéndose cuando algún vecino lo saluda o un turista lo reconoce. 

Su tiempo, sin embargo, se multiplica: se encarga de componer canciones, de reunir a la banda, de atender a sus familiares y disfrutar con ellos, de inventar iniciativas culturales para agitar la cotidianidad. "A veces me ofrecen proyectos que me quitarían demasiadas horas. Yo necesito ser libre, así es como salen mejor las cosas. Cuando mi hija me dice: ‘Papá, me aburro’. Yo contesto: ‘¿Y qué hay de malo en eso?’". 

Esa búsqueda de la libertad individual entronca con el anhelo de los piratas que habitaban Providencia: una roca gigantesca en lo alto de una montaña recuerda al corsario galés Henry Morgan, que vivió en la isla a finales del siglo XVII. Elkin Robinson Whitaker Bush Hyman es el descendiente de aquel entramado de culturas –africanos, británicos, holandeses, franceses, españoles, colombianos– que marcan el inimitable sabor local.

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III: Desaparecidos

Cerca de la casa de Elkin, en el barrio de Lazy Hill donde siempre ha vivido su familia (San Felipe es el nombre que aparece en los mapas, "el que le puso Colombia", precisa el músico), hay un mirador en el que los pescadores dejan sus embarcaciones de madera y el runrún del agua del mar va robándole horas al día. Allá arriba, en lo que ellos llaman el deck, es donde ensaya su banda. "No hay mejor lugar, ¿no crees?", dice el músico mientras alarga una botella de vino tinto que ha mezclado con gaseosa y hielos.

El mar es la vida para los raizales, pero también es sinónimo de muerte. Hay un drama que apenas se conoce: la isla es un punto estratégico de la ruta de la droga desde Colombia a Estados Unidos. Los capos colombianos utilizan a los muchachos locales, que son marineros excelentes y conocen bien el mar, para transportar los fajos en lanchas rápidas. Muchos mueren en el camino, son asesinados por las propias mafias o apresados y enviados a prisión en Tampa (en la costa oeste de Florida) o en Centroamérica. 

"No hay una sola familia isleña que no lo haya sufrido: todos conocemos a alguien cercano que ha sido afectado", dice Luz Marina Livingstone, quien está preparando un documental sobre este problema con el objetivo de visibilizarlo para que la población se conciencie. "Muchos turistas vienen y piensan que es un paraíso feliz, pero no tienen ni idea de lo que está sucediendo", lamenta. "Los chicos no ven en esto nada malo, creen que es un trabajo normal. Son buenos en el mar y de esta forma les pagan por ello. Además, les sirve para alardear: ‘Yo soy el mejor capitán, yo le doy pistola a los gringos cuando me persiguen’, dicen, sin ser conscientes del riesgo que corren".

Los destinos principales de la ruta del narco desde el Caribe siempre han sido Estados Unidos, México y Jamaica, pero desde hace tres años la mayoría van a Honduras y unos pocos a Costa Rica, Panamá y Nicaragua. La vigilancia ahora es mayor en las aguas que conectan Providencia con Centroamérica (además del Ejército colombiano, por allá se pasea la Marina estadounidense), por lo que las embarcaciones son más ligeras y aguantan menos tiempo de viaje. En cuatro horas un marino experto puede ir y volver desde Providencia a Honduras en las lanchas rápidas que se conocen como Go Fast. Viajan por la noche, esquivando la barrera de coral que rodea la isla.

Antes de 2014 se arriesgaban cargando dos toneladas de cocaína. En 2015 y 2016 llegaban a ganar, por transportar 500 kilos, hasta mil millones de pesos para el capitán y otros doscientos millones a repartir para la tripulación, formada por entre dos y cuatro personas, por lo general chicos muy jóvenes. Siempre va un personaje armado en la lancha, "el cuida cargas", que es el contacto del dueño de la droga, con quien se comunica a través de un teléfono satélite. "Los pelaos ‘hambrientos’ hacen viajes con 150 kilos a cambio de cien millones para el capitán y otros veinticinco para la tripulación. Se la juegan, aunque apenas ganen plata. Pueden llegar a hacer hasta cuatro rutas al mes", asegura Luz Marina. 

Este es un tema tabú, nadie quiere hablarlo: las familias que han perdido al padre, al hijo o al hermano, callan por vergüenza y por temor a las represalias. Corren historias de terror: la de una joven con dos hijos chiquitos, cuyo padre  hace ya dos años que desapareció; uno de los pequeños pregunta por él, pero nadie dice nada. En realidad, no hay quien sepa qué pasó, muchos se esfuman sin más. No hay cifras oficiales, pero Luz Marina calcula que son varios cientos los desaparecidos: muertos, escondidos o presos en las cárceles. Otra historia que ella recuerda es la del hijo que regresó al hogar veinte años después, sin avisar. La mamá, que lo creía muerto, muere de infarto: no estaba preparada para el reencuentro.

"El Gobierno no se lo toma en serio", piensa Luz Marina. "Sus programas no incluyen a la gente, no se reconoce que esto esté pasando, todo el mundo lo oculta". Más allá de los trabajos que ofrece el Estado (da prioridad a los isleños para ocupar plazas libres en sectores básicos como la limpieza y los servicios) y de los que genera el turismo (transporte, restauración, clases de buceo), en Providencia hay pocas salidas para los jóvenes. "Muchos de ellos piensan: ‘¿Para qué voy a gastar cinco años en la universidad si luego no voy a encontrar un trabajo digno?’", dice Luz Marina. Enviar a los hijos a estudiar a San Andrés o a la costa Caribe colombiana es un lujo que pocas familias se pueden permitir. 

"Bungush" lamenta que nadie esté dispuesto a tratar los temas polémicos. El amigo de Elkin organiza charlas con chicos raizales para explicarles la importancia de recuperar su cultura: "Un pueblo que no conoce su identidad está perdido", piensa. Elkin y "Bungush" hablan a los jóvenes sobre músicos legendarios como Willy B., Tom Taylor, Silaya y Castibola McLean, sobre las canciones, las danzas y las artesanías de la isla.

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IV: Banda sonora

"Algo extraordinario está sucediendo con la música de Providencia", dice Elkin mientras termina de colocar sobre la mesa los espaguetis con muelas de cangrejo que ha preparado para cenar. Estamos en su casa, en el jardín trasero que da al mar. Corre la brisa, desde aquí se ven las olas que mueren en la playa, de fondo suenan canciones de reggae y ska. Se disculpa para atender a su hija Sienna, que antes de dormir está viendo una película de dibujos animados. 

Elkin ha conseguido enganchar en la música a una nueva generación que quiere aprender de las tradiciones y aportar una voz propia. Sabe que la cultura puede ser una salida para todos esos chicos que no saben qué hacer con su vida. Canciones como “Sun a Shine”, “Creole Vibration”, “Promised Land”, “Bring Ma People Back” y “Revolution Time” son himnos para los jóvenes raizales: es un símbolo muy poderoso escuchar a alguien a quien se respeta fuera de la isla empoderando sus orígenes. 

"¿Cómo es posible que un lugar tan pequeño reúna todo ese talento?", se pregunta el bogotano Diego Gómez, productor de Llorona Records, el sello de Elkin. "Es uno de los pocos lugares del Caribe que logró mantenerse intacto frente al turismo masivo, al estar aislado geográficamente. Eso ha mantenido puros, sin contaminar, estilos tradicionales como el mento, el calipso y el zouk, que están siendo opacados por géneros más comerciales como el dancehall". Tras años de sequía musical en la isla, la generación de Elkin Robinson ha recuperado esta herencia.

En 2014 Diego Gómez viajó a la isla con el proyecto Sound Setters, una residencia para el fortalecimiento del ecosistema de la música local, apoyada por el Ministerio de Cultura y la Cancillería de Colombia. En ella participaron cuarenta personas, entre músicos de Providencia y profesionales de fuera expertos en producción musical y audiovisual, mercadeo, management y el diseñador Mateo Rivano, responsable de algunas de las portadas más impactantes del underground bogotano (Meridian Brothers, Frente Cumbiero, Los Pirañas). De ahí nació el disco Come 'Round (2014), el debut de Elkin Robinson. En diez días se grabó el disco, un video y las fotos para la portada. En la producción jugó un papel esencial el británico Richard Blair, que desde entonces ha regresado varias veces a la isla. "Trabajar con ellos es algo único, no funcionan como ningún otro músico que conozco, es algo mucho más intuitivo", me contó el productor británico una noche en Bogotá.

En 2015 Diego Gómez se trasladó doce meses allá para realizar tres grabaciones discográficas con artistas isleños: Bertha Hooker, Manku y Elijah. Como Elkin, ellos ganaron una convocatoria pública y estuvieron trabajando en las instalaciones del estudio Old Providence Records, que está situado en el edificio del Teatro Midnight. "Este lugar se convirtió en el centro de la cultura en Providencia, pero por desgracia está cerrado desde abril de 2017, es la segunda vez que debe parar sus operaciones", dice el productor bogotano.

Cuenta que Llorona Records hizo parte del equipo que había sido seleccionado por el Ministerio de Cultura y la Cancillería para desarrollar durante treinta meses, hasta 2018, un proyecto que incluía trabajar en el estudio con artistas locales y bandas de fuera, fortalecer los intercambios con músicos del Caribe, invitar a grupos colombianos, atraer a productores extranjeros y programar actividades.

"La relación de la Colombia continental con Providencia y San Andrés tiene una historia complicada que ha generado una relación tensa", dice Gómez. Esa fue, según su opinión, la bandera que enarboló "una minoría isleña" para estar en contra del proceso: se oponían a que Llorona Records, una empresa de la Colombia continental, gestionara el teatro y el estudio. "Nosotros estamos muy tranquilos, todos los que hemos participado queríamos lo mejor para la isla", aseguran desde este sello musical con sede en Bogotá.

Gracias a esta iniciativa, a Providencia llegaron el productor de dub y reggae Mad Professor y Richard Blair, además de Ondatrópica, que grabó allá parte de su álbum Baile bucanero (2017), donde aparecen ocho artistas isleños, entre ellos, Elkin Robinson. "Ha sido una etapa realmente importante para la isla. Estábamos formando a jóvenes locales para que pudieran gestionar estas instalaciones por su cuenta", explica Gómez. 

Había tres discos en proceso que se han interrumpido: el de Ilabash (ahora IND), la orquesta grande donde también toca Elkin; el de los Hermanos McLean, unos señores mayores, auténticas joyas de la música de la isla, y el de Coconut Group, el grupo más joven que está recuperando las tradiciones en Providencia. Además, las dieciséis personas que trabajaban en el teatro, todos isleños, no pudieron continuar ejerciendo sus labores. 

"Los artistas de San Andrés y Providencia podíamos utilizar gratis el teatro y el estudio. Ahora, por culpa de unas pocas personas que sólo ven desde su egoísmo, estas instalaciones se han convertido en un elefante blanco que nadie puede usar. Llorona Records y Teatro R101 (uno de los teatros independientes de Bogotá con más solera) no tienen la culpa de haber ganado el concurso público, su trabajo fue bueno", denuncia "Bungush". 

Hasta que la situación se arregle, Elkin y su banda ofrecen conciertos en el deck, frente a su casa, y formaciones veteranas como Coral Group aprovechan para actuar siempre que pueden. La música sigue sonando en Providencia, donde muchos hablan de un boom. "El regreso de Elkin y la escena que se generó en torno al teatro y el estudio fueron claves en este renacer musical", dice Gómez.  

Mientras se prepara para su aventura por Europa y África, Elkin sigue con su vida reposada en Providencia. "Para mí lo más importante es que los músicos raizales sean conscientes de su potencial y que fuera se conozca nuestra música", comenta. En su forma de entender el arte, el altruismo juega un papel destacado. "Nunca me he sentido la estrella de mi banda, lo más importante son mis músicos". Este artista utópico del siglo XXI, el último pirata de Providencia, no sabe a dónde lo llevará su música, pero sí sabe qué línea no está dispuesto a cruzar: "Jamás traicionaré mis orígenes".

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