POR: María Alexandra Cabrera FOTOGRAFÍA: Sebastián Jaramillo Martes, 23 Junio 2015

El metro cuadrado de los tapetes que hace Jorge Lizarazo puede costar más de tres millones de pesos. Desde que salió en la prensa que Brad Pitt y Angelina Jolie compraron uno, su fama –y facturación– crecieron. Los clientes de las tiendas de Gucci, Chanel, Dior, Fendi, Louis Vuitton y Harrods caminan sobre sus alfombras, fabricadas por sesenta artesanos en una bodega que han compartido con treinta perros callejeros y un loro, en el barrio del 20 de julio, en Bogotá.separador

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a imagen del Divino Niño emerge de repente. Su cara, en plegaria al cielo, sus risos dorados, sus diminutos dientes y sus piececitos hinchados aparecen en relicarios, velas, estatuas y cuadros con luces fosforescentes. Su reino –en el suroriente de Bogotá– está lleno de casas de ladrillo a medio construir e improvisados puestos de fritanga. Allí, en el barrio 20 de julio, el protector de millones de devotos comparte su reino con uno más discreto y no menos glorioso.

Detrás de la plaza de mercado, sin letreros que lo identifiquen, se encuentra Hechizoo, un laboratorio de creación y producción textil que ha adornado con sus tapetes y cortinas tiendas de lujo en todo el mundo, así como palacios de la realeza europea, mansiones árabes y residencias de celebridades de Hollywood. Adentro, en dos bodegas de concreto, sesenta artesanos dirigidos por el arquitecto Jorge Lizarazo parecen vivir en otro mundo.

Los tejedores, vestidos con el uniforme que su jefe diseñó para ellos –pantalón y camisa gris–, trabajan en veinte telares del primer piso. El proceso es delicado y lento. Fabio, quien lleva seis años en el taller, teje a diario un metro y medio de un tapete aguamarina de nailon y aluminio que estará listo en un mes. Su máquina produce un golpe constante que hace chillar la madera. Otros cinco telares tratan de ser dominados por artesanos que mueven con destreza el pedal para que los filamentos pasen por el peine. La urdimbre –hilos ubicados verticalmente– y la trama –hilos puestos horizontalmente– se entrecruzan para dar forma a cada alfombra mientras ellos permanecen de pie, con la espalda encorvada y la mirada fija en la máquina.

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Cuando un artesano ingresa a la empresa, el jefe de tejido evalúa sus aptitudes y define cuál será su especialidad. Algunos se dedican al metal, otros a las fibras naturales, a los bordes o a los nudos. De acuerdo a las órdenes de pedido, se adjudica el trabajo en tapetes, cortinas, telas y tapices que se identifican con nombres de municipios de Colombia. Para el próximo mes deben despachar nueve pedidos, entre esos las cortinas que lucirá el nuevo stand de Chanel en Harrods, la reconocida tienda londinense; unas cortinas para un apartamento en París, otras de plata y seda para un palacio en Singapur, la tapicería de un yate en Holanda, un tapete de 3 metros de ancho y 14 de largo –el más grande que han hecho hasta el momento– que adornará la presidencia de Sura, un tapete de lana y fique para una casa en Medellín, y otro de nailon, cobre y aluminio para una mansión en Canadá que iguala en tamaño a la Casa Blanca.

En el segundo piso se encuentra la oficina de Lizarazo y la sala de planchado. El lugar, que podría pasar por un ecléctico apartamento, está decorado con dos hamacas de alpaca, una cama antigua, origamis con textiles de metal, vasijas de barro con pompones blancos, un exótico jardín con jades, sábilas y liquidámbar, y una especie de miscelánea de donde salen hilos de cobre, plata, lana, seda, fique, cuero, bambú y metal, entre otros 2.000 materiales. También hay un mueble de madera que funciona como vitrina de una docena de pequeñas estatuas del Divino Niño. 

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Mariana, una fusión entre pastor alemán y gozque, se esconde detrás de una hamaca y expulsa un pálido chorro de orines. En ese momento, Jorge Lizarazo aparece a su lado. La mancha amarilla en un tapete tejido con hilos de metal, que pesa más de 40 kilos, parece tenerlo sin cuidado. “Los perros están estigmatizados. En realidad los que hacen daños son los humanos”, afirma mientras consiente la cabeza de Mariana. Tiene 48 años y, aunque ahora se inclina por prendas de color, está vestido con un pantalón y un saco negro. Toda su ropa proviene de tres marcas italianas: Prada, Bottega Veneta y Brunello Cucinelli. Y una inglesa, Burberry, la misma que ha vestido al Príncipe de Gales.

En su taller, donde en algún momento recibió a más de treinta perros callejeros, Mariana comparte el espacio con Gaviota, una perra de patas gruesas y pelo marrón; Roberto, un loro de pecho amarillo que llegó con el pico y las alas rotas; y los reyes de la fábrica: Diego Rivera y Frida Kahlo, dos chihuahuas que ladran cortico y agudo. Los toltecas creían que los chihuahuas eran una raza sagrada que aportaba felicidad y alegría. Para Lizarazo, son sus hijos consentidos. Todos los días los recoge donde su expareja, un ingeniero de sistemas con quien vivió diez años, y los regresa por la noche en el que tal vez es el momento más solitario de su día. 

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—¡Elsa! ¿Dónde está Frida? —pregunta con un hilo de voz suave. Elsa Castillo, una tejedora que lleva diez años a su lado y ahora es la encargada de manejar los pedidos del taller, aparece dando delicados pasos.

—Mírela, don Jorge —extiende el brazo derecho. Estira el dedo índice—: Está debajo de la cama.

—Venga Fridita, venga —le indica con un tono meloso que la hace mover la cola y subirse de un brinco nervioso a las piernas de Jorge. Frida se estira, se sacude, se revuelca. El saco italiano de Lizarazo ahora es un panel de diminutos pelos blancos.

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Cumplir 14 años fue determinante. A esa edad supo que le gustaban los hombres, que sería veterinario y que detestaba los deportes en los que, inevitablemente, tenía que estar sucio. Presionado por un padre militar, una hermana mayor que practicaba gimnasia rítmica y un hermano menor futbolista y tenista, Jorge se enfrentó a una dramática peregrinación por el fútbol, la natación, el squash y el tenis. Finalmente, llegaron los caballos. “Soy tan exagerado que tuve un pura sangre holandés, un irish coffee y dos argentinos. Ahora quiero retomar la equitación y necesito un caballo pero todavía no sé cuál, lo único que tengo claro es que tiene que ser espectacular”.

La equitación despertó su amor por los animales y la convicción de estudiar veterinaria. Unas pruebas de aptitud que hizo en el colegio arrojaron, sin embargo, un resultado inesperado: lo suyo estaba lejos de la sangre y muy cerca del diseño. “Eso se te queda en la cabeza, es como cuando vas donde un brujo”, dice con nostalgia. Decidió estudiar Arquitectura en la Universidad de los Andes y olvidarse de la veterinaria para siempre.

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En una mesa larga, que es usada para preparar los textiles, dos mujeres de cachetes colorados bordan con un hilo dorado un panel para el ascensor privado de un apartamento en Cali.

—¡Pero ojo que esto es carísimo! —le advierte sin subir la voz a una tejedora que hace una trenza con el hilo— Tengo un temperamento muy complicado, me desespera el error porque a nosotros nos pagan para ser perfectos —explica con la voz acompasada. Le pregunto cuánto cuestan sus creaciones. El tema lo incomoda —. Somos costosos. Hay desde 250.000 hasta más de tres millones de pesos el metro cuadrado. La seda y la plata son muy caras —concluye. Tampoco le gusta hablar de las celebridades que han comprado sus productos, ni nombrar a los dos Iguaque, los tapetes de hilos de metal que compraron Angelina Jolie y Brad Pitt en 2009—. Después del boom mediático que nos dio tejerles esos tapetes me quitaron la posibilidad de saber para quién tejo, las celebridades no quieren que se sepa quién les teje y qué les tejen. Solo sé que hemos trabajado para la realeza europea y oriental.

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También evita hablar de las fibras que utiliza, enfatizar cómo descubre nuevos materiales y dar detalles de una línea experimental que está desarrollando. Prefiere mantener el secreto y limitarse a explicar que la mayoría de materiales los consigue en Europa, Japón, Estados Unidos, Chile, Perú, Brasil, Uruguay y Australia. Únicamente las fibras naturales y ciertos tipos de metal son colombianos. Obtener cada fibra requiere de viajes, investigaciones, pruebas y errores. “80% de las fibras colombianas no se aprovechan correctamente. El gobierno ha favorecido las importaciones y por eso no hay capacidad para producir industrialmente fibras de calidad. Ahora estoy dedicado a viajar por Colombia para ensayar con materiales que tenemos muy cerca, como el arroz y la guadua”.

Un puente de concreto conduce a la segunda bodega, donde está el telar vertical, el tejido de punto y el área administrativa. Dos artesanos terminan los bordes de un gran tapete de tonos ámbar deslizando con parsimonia el hilo entre los dedos secos. Rey, un artesano que teje un plato de fique, está con Milú, otro chihuahua que ladra cortico y agudo y al que le tiemblan las patas del frío. Todos los empleados tienen permitido llevar a sus mascotas, pero Milú es el único intruso en un espacio que gobiernan Mariana, Gaviota, Roberto, Frida y Diego. Ser chihuahua tampoco es garantía de igualdad. No nació en México –como Kahlo y Rivera–, no almuerza pechuga de pollo a la plancha, no tiene una placa de plata con su nombre y jamás ha visitado un spa.

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Después de trabajar ocho años junto al arquitecto italiano Massimiliano Fuksas, Jorge regresó a Colombia en 1999 con el propósito de emplearse en la arquitectura. Comenzó trabajando en interiorismo hasta que descubrió el taller de textiles de Liliana Jaramillo. “Con ella empecé a sentir cariño y emoción por el tejido. Liliana me dijo: yo veo que usted tiene la curiosidad de tejer, así que le voy a dar el nombre de un tejedor con quien va a poder comenzar”.

Era Gerardo Ardila, quien murió en 2012. Lizarazo lo encontró viviendo en el tercer piso de una casa en Suba. Allí, en una terraza inhóspita, los dos trabajaron durante cuatro días hasta conseguir las primeras muestras de tejidos de metal, un material que se ha convertido en el ADN de su empresa. “Cuando vi eso dije: esto es mi vida, esto es lo que me gusta”.

Hechizoo nació en diciembre de 2000 en una casa de cuarenta metros cuadrados en el barrio La Candelaria, donde escasamente cabían tres telares y cinco empleados. “Quería tejer con materiales distintos como el fique y el cobre, y creía que si hacíamos dos o tres tapetes al mes tendríamos para vivir, pero eso jamás sucedió”. Sin clientes y sometido a la imperante necesidad de retener a los tejedores, tuvo que vender el apartamento y el carro para sostener su sueño.

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Un día, por fin, llegó la primera orden: una alfombra para un diseñador colombiano que vivía en Venezuela. La fama de sus tejidos comenzó a extenderse y en 2002, ante la necesidad de ampliar la fábrica, su mamá le cedió una bodega en el 20 de julio. Desde el barrio del Divino Niño, que asegura ha nutrido de color sus creaciones, despacha aproximadamente diez tapetes al mes –que demoran entre 30 y 120 días para estar listos–, objetos de diseño –como los güérregues de metal que hace un año empezó a fabricar– y decenas de cortinas por las que, dependiendo del material, se paga por metro cuadrado entre $60.000 y $1.000.000. Casi a diario recibe pedidos de Europa, Estados Unidos y Asia, para donde está haciendo las cortinas de varias tiendas Dior. 60% de la producción se queda en proyectos privados de Colombia y 40% va al exterior.

Hace unos años recibió una oferta que catapultó a Hechizoo. La colombiana Cristina Grajales le propuso comercializar los tapetes de la marca desde su galería en Nueva York. El éxito fue tan rotundo que algunas de sus piezas hoy hacen parte de la colección permanente del Museo de Arte y Diseño de esa ciudad y ha sido invitado a varias exposiciones, como la trienal de diseño de Nueva York con un proyecto que involucra a varias comunidades indígenas del Amazonas.

También quiere apostarle a un nuevo proyecto que por ahora solo está en su cabeza: la construcción de un taller en Honda con artesanos de la región en el que se produzca una línea específica de diseño.

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La imagen del Divino Niño surge de nuevo en dos hileras con diez estatuas del ícono religioso ubicadas en “La entrada de los artistas”, la puerta por donde todos los días ingresan los trabajadores de Hechizoo a las siete y media de la mañana. “Al Divino Niño es imposible ponerle competencia aquí, pero en realidad yo soy creyente es del Señor de los Milagros de Buga”.

Lizarazo también es un hombre de agüeros populares. No camina debajo de una escalera, jamás pasa la sal, le da terror encontrarse con un gato negro, tiene moneditas colgadas detrás de las puertas, come lentejas los primeros lunes de cada mes y doce uvas el 31 de diciembre. “Realmente a lo único que le tengo miedo es al fracaso. Creo que eso es lo que me empuja a hacer tantas cosas como las que hago. Mi terquedad ha sido la llave para estar donde estoy. Tampoco creo que mis tapetes sean arte, son piezas únicas, pero no arte… Lo único que quiero mostrar es el lado bonito de Colombia. Soy una persona normal, muy normal”.

Roberto come semillas de girasol. Diego Rivera ladra cortico y agudo cada vez que Mariana pasa por su lado. Frida Kahlo parece dormir mientras Elsa Castillo le rasca con gentileza la barriga. Lizarazo observa el taller. Sigiloso, tranquilo. Sabe que algo no está en orden.

—Ese tapete no está nada bien —dice finalmente.

—¿Cuál, don Jorge? —contesta Elsa.

—El de aquí, no han limpiado la mancha que dejó Mariana.separador

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