POR: Chilango Páez Martes, 06 Diciembre 2016

Cinco consejos para que vaya a la tierra de Gokú sin tener que vender un riñón.separador

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Lo primero que logré fue conseguir un vuelo barato. Al cambio del momento, fueron 800 dólares desde Bogotá hasta Tokio, con una sola escala en México. Lo compré con seis meses de antelación, cosa que nunca había hecho antes –suelo planear los viajes en pocos días– y que sirvió para tener casi todos mis movimientos fríamente calculados. Después de 22 días en Japón y un presupuesto de menos de 2.500 dólares (incluyendo el avión), estos son mis consejos:

Viaje acompañado

Japón es caro. Especialmente Tokio. Un vaso de jugo de naranja puede costar cinco dólares y cada entrada al metro está cerca de los tres dólares (no siempre incluye conexión con otras rutas, lo que implica pagar hasta siete dólares por un solo trayecto). Con la devaluación en la que estamos, uno termina gastándose trescientos mil pesos diarios, lo que hace que Tokio resulte espantoso. Ir con alguien ayuda a que muchos gastos se reduzcan.

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Además, por más aficionados que seamos a algunos productos japoneses, el país es bien particular para los que venimos del trópico. Comunicarse es realmente difícil porque poca gente habla inglés, y de esos pocos la mayoría no lo habla bien. Y entre los que logran balbucear algo, muchos creen que en Colombia hablamos portugués y que México queda en Europa.

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Aunque uno se aprenda expresiones básicas y memorice algunos caracteres, tendría que estudiar mucho para lograr algo más que saludar y dar las gracias. Los japoneses son muy amables y suelen tener paciencia con el viajero –vaya uno a saber si también se burlan– pero sobre todo los primeros días se pasan situaciones incómodas pidiendo comida, encontrando direcciones o descifrando las instrucciones del retrete. Y eso que el traductor de Google ayuda.

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Con un compañero de viaje, todo resulta menos vergonzoso y se comparten los gastos y las risas internas –porque reírse en voz alta es de mala educación.

Use Airbnb (o algo por el estilo)

Como digo arriba, compartir el hospedaje es una ayuda enorme para el presupuesto. En Airbnb conseguimos noches de diez dólares por persona, tarifa que ni el hostal más pulgoso ofrecía. Eso sí, tenga en cuenta que por ese precio le van a dar una estera (tatami) y que las casas viejas de Japón no tienen ducha y toca bañarse en sitios públicos, que suelen valer unos cuatro dólares y no son precisamente un spa –los tradicionales onsen son escasos y mucho más costosos–. Confieso que terminé bañándome en el lavaplatos un par de días porque el calor era fuerte y el sentō (baño público) más cercano a mi casa estaba cerrado. Y el concepto de lavamanos no ha terminado de llegar a Japón. Pero esa es otra historia.

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Volviendo a Airbnb, lo que hicimos fue usar Kioto como centro de operaciones durante una semana para movernos a diferentes ciudades del centro y el sur del país, en un apartamento moderno –con ducha y camas–, muy cerca de la estación central de tren por 40 dólares la noche para los dos.

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Los hoteles cápsula pueden ser una experiencia divertida, pero en mi caso una noche resultó suficiente. Si usted no disfruta de los espacios reducidos, descarte las cápsulas. Estos hostales no son baratos (más de 70 dólares la noche) ni precisamente cómodos, y por lo general no admiten mujeres. A propósito, Japón puede ser muy sexista en algunos momentos.

Use los trenes

Otro de los estereotipos que se cumplen en Japón son sus trenes. De verdad son impresionantes. Claro, hay muchos estilos y no todos son bala (shinkansen) ni pertenecen a Japan Rail (la principal compañía de transportes). Si usted va durante menos de una semana al país, los boletos le saldrán caros por cada trayecto pero seguro le funcionarán para ir, digamos, de Tokio a Kioto en un par de horas.

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Para estadías de más de una semana, existe el JR Pass con viajes ilimitados por periodos de siete, catorce y veintiún días. Nosotros cometimos el error de comprar dos semanas aunque estuvimos en el país tres. Y afirmo que fue un error porque, así en internet muchos digan lo contrario, los buses no son prácticos ni tan baratos: el país es más grande de lo que uno cree y los trenes le ahorran al turista muchísimo tiempo (a 500 kilómetros por hora, no es una exageración). En Tokio el precio del metro es grotesco y, si bien no todas las líneas pertenecen a JR, la que circunda la ciudad sí lo hace y con el Pass uno va ahorrando por cada desplazamiento. Ahora: el Pass es caro –250 dólares por una semana, 400 por dos y 520 por tres– pero sigue siendo mejor que comprar por trayectos o pasar medio día entre un bus, sumándole la libertad de bajarse y subirse las veces que uno quiera dentro de la red de Japan Rail.

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Por otra parte, Japón es uno de los países más amigables con la bicicleta, incluso más que Holanda: en ciudades como Kioto se pueden parquear en la mayoría de las calles y ni siquiera hay que ponerles cadena –¡nadie se las roba!–. Hay muchos sitios para rentar bicicletas, con precios alrededor de los siete dólares diarios. Haciendo cuentas, eso sale más barato que el maldito metro de Tokio y se evita las montoneras que, también, son como en las películas.

Coma bien

Sí, mijo, a punta de atún enlatado se va a poner flaco y barrigón. A riesgo de sonar como mamá, Japón se presta para “comer saludable”. La opción más barata suele estar en los minimercados de barrio (convenience stores), que pululan incluso en las ciudades o pueblos más pequeños (Family Mart y Seven Eleven, con avisos en inglés, son las cadenas más comunes). Ahí hay comida de microondas (básicamente carnes con pasta o arroz), sándwiches y sushi en rangos de cuatro a ocho dólares. Y generalmente se puede comer en el minimercado. Repito: eso es lo más barato.

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Sin embargo, en sitios como mercados de pescadores y restaurantes locales –que a veces ni siquiera están calificados en Yelp– se come buenísimo por ocho dólares. Por “buenísimo” me refiero a que probé el mejor sushi de mi vida por menos de lo que vale en un restaurante pseudojaponés en Bogotá. Estos locales no son lujosos, en muchos permiten fumar y a veces cobran tarifa por solo sentarse. A propósito, la propina es una cosa particular en Japón: si la cuenta dice una cifra, no pague más porque se ofenden, pero revise en la carta si el servicio está incluido o lo cobran aparte.

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Uno de los clichés que no se cumplen en Japón es el de esas comidas repugnantes de programa de televisión de viajero gringo que mira al mundo como una cosa exótica. Creo que nunca comí mal, excepto cuando mi compañero de viaje dijo que ya no podía pasar un día más sin hamburguesas de payaso, que costaron lo mismo que un buen plato en uno de estos restaurantes que no son para turistas. Y aclaro: mi estómago es delicado, soy casi vegetariano y allá comí incluso cerdo y nunca me “maluquié”.

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El alcohol es otra cosa. Primero, los bares suelen ser como apartaestudios y los tragos pueden estar alrededor de los diez dólares. Sin embargo, es permitido beber en la calle. La cerveza en los mercados no es tan cara y existe un coctel enlatado de sake y gaseosa al que bauticé Sakemón pero se llama chūhai, que vale menos que la cerveza y emborracha más. Como para revivir juergas universitarias. También venden whisky en cualquier lado –¡de la misma marca que promociona Bill Murray en Lost in translation!–. El cuarto de botella plástica vale unos siete dólares. Y ahí uno entiende por qué hay oficinistas durmiendo en bancos de parque usando su computador portátil como almohada.

No sucumba al capitalismo, compañero

Japón es el país más consumista en el que he estado (y viví en Estados Unidos). ¡Pero es que todo es tan bonito! Claro, los primeros días uno se antoja de cualquier muñequito, camiseta, disco, libro, afiche… hasta los recibos de pago son bonitos. Afortunadamente yo iba viajando con una sola mochila y dejé las compras para el final y, para mayor fortuna, me bloquearon la tarjeta del banco tres días antes de regresar a Bogotá, así que no pude comprar nada. Hoy tendría la casa llena de gatos cósmicos, sayayines, robots y otros personajes diseñados en Japón pero fabricados en China. Y estaría endeudado.

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Casi todo es caro –excepto algunos títulos de manga–, entonces es mejor calmarse y escoger lo que realmente sienta que debe llevarse para la casa. El clásico barrio de Akihabara tiene locales muy vistosos y otros subterráneos que suelen ser más baratos. Ahí se le puede ir un día entero “vitrineando”. Pero si se pone a pasar la tarjeta, cuando se dé cuenta va a estar en bancarrota. Y no sueñe con que va a venir a hacer negocio porque el cambio de moneda está mortal: no suena muy razonable pagar cien mil pesos por un Gokú de diez centímetros –no exagero: vi muñequitos de 15.000 yenes que no eran ninguna maravilla.

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La moda también es interesante y costosa: tenis de más de cien dólares, sacos de doscientos, y precios así… entonces le toca a uno pasar saliva y seguir derecho porque ser pobre es muy feo.

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Podría contarles más cosas sobre mi viaje a Japón, pero esas ya no tienen que ver con el dinero, y sin un Sakemón en la mano no suenan tan divertidas. Mi recomendación final es que intenten pasar el menor tiempo posible en Tokio (tres días son suficientes y mi lugar favorito fue el museo de la televisión pública) y mejor recorran las montañas, los pueblos milenarios que sobreviven, los templos más vistosos y se alejen del neón, que al final lo pueden ver en cualquier otra ciudad. Pero vayan a Japón, en serio es increíble. Y se logra recorrer sin pasarse media vida pagando el viaje.

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// Texto y fotografía: Daniel Páez //

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