POR: Luis Daniel Vega Miércoles, 03 Junio 2015

En medio de los escándalos del presidente de turno, el horror paramilitar que ya empezaba a manifestarse, magnicidios y el optimismo de la generación de los “hijos de la séptima papeleta”, en 1995 se produjeron algunos de los discos más importantes de la historia reciente de la música en Colombia. También, empujando desde el anonimato, varias agrupaciones dejaron documentos imprescindibles de nuestra memoria sonora. separador

De la extensa lista de males que aquejan a la idiosincrasia colombiana, quizás es el olvido el que más nos caracteriza. Y no es un asunto reciente ni es consecuencia directa de esa manía contemporánea que se rinde al yugo de la actualidad. No, es un síntoma atávico que nos atraviesa desde que salimos del mundo colonial:

“En todos los países se conservan ciertos usos y costumbres tradicionales que nada ni nadie pueden reformar, quizá para rendir tributo a los que nos precedieron en el camino (…) Pero, por causas que no podemos explicarnos satisfactoriamente, esta regla universal ha tenido y tiene aún su excepción en la que fue Santafé y hoy se llama Bogotá. Es posible que el carácter pacífico y dócil de los habitantes de esta altiplanicie haya contribuido en mucho para hacer de ellos una especie de materia plástica como la cera, que recibe la impresión de lo último que se le graba, dejando desaparecer la anterior imagen que existía en ella”.

Esta cita, tomada de Reminiscencias de Santafé y Bogotá –las crónicas desenfadadas que a finales del siglo XIX escribió don José María Cordóvez Moure–, corrobora nuestro alzhéimer sintomático, esa enfermedad que no solo se manifiesta en la política sino de forma extensiva en las artes.

Por alguna razón desconocida, los colombianos carecemos de mística musical; solemos avergonzarnos de lo que fuimos, nos conformamos con héroes efímeros o somos tan cómodos que dejamos nuestra memoria histórica en manos de unos pocos. Hace tan solo veinte años, en 1995, sucedieron cosas importantes en materia discográfica. Salvo el caso de Joe Arroyo, Shakira, Ekhymosis, Carlos Vives, Poligamia y Aterciopelados, muchos de los protagonistas de ese año fructífero quedaron en la sombra, en la tierra del olvido. Por eso viene bien recordar a aquellos ilustres desconocidos y evocar los tiempos cándidos en que, por ejemplo, Juan Esteban Aristizabal se tropicalizaba, Joe Arroyo finiquitaba su leyenda, Shakira tenía el pelo negro, y Carlos Vives y Aterciopelados catalizaban el espíritu multicultural de la Constitución Política de 1991.

Recién el país creyó recuperarse de la pesadilla narcoterrorista, y en las cabezas todavía resonaba aquel eslogan optimista que decía “Con Gaviria habrá futuro”, se refrendaron las CONVIVIR –autodefensas legales que cargan con varios crímenes en su lucha contra la guerrilla–. Esto último ocurrió en 1995, el mismo año en que fue asesinado el excandidato presidencial Álvaro Gómez Hurtado y estalló el vergonzoso Proceso 8000, del que el presidente Ernesto Samper –acusado de recibir dineros del Cartel de Cali– salió avante aun teniendo escandalosas pruebas en su contra. Por otro lado, en Bogotá, el alcalde Antanas Mockus mandó a los rumberos a dormir a la una de la mañana bajo el estatuto de su controversial Ley Zanahoria.

Aunque en la atmósfera se respiraba desazón –ese raro aire al que los colombianos estamos acostumbrados–, en Medellín se inauguró el Metro y en la capital, paradójicamente, fueron las instituciones las que impulsaron un sentido de pertenencia ciudadana que antes no existía. Así, ante la necesidad de atender las necesidades de un público joven que no cabía dentro los cánones establecidos del folclor y la “alta cultura”, el 6 de enero de 1995 salió al aire 99.1, “frecuencia joven de la Radiodifusora Nacional de Colombia”, un brazo mediático de la emisora estatal donde, entre muchos otros, se transmitió “Cuatro canales”, un espacio dominical en el que se daba cita la incipiente pero fervorosa escena del rock nacional. El entusiasmo latente que se vivió en ese espacio fue consolidado unos meses después con la primera edición de Rock al Parque, otro logro inédito de la alcaldía de Mockus al que se le sumó, a finales de ese mismo año, la primera versión de Jazz al Parque. Por esos meses también nació la revista Shock, un medio masivo dedicado a hablar de la cultura joven, especialmente el rock.

Y pasaron más cosas hace veinte años. En abril murió Rafael Chaparro Madiedo, el enigmático autor de Opio en las nubes. Antes de sucumbir al estruendoso fracaso, Luna Verde, Café Moreno, Tulio Zuloaga, Moisés Angulo, Iván y sus Bam Band y Aura Cristina Geithner –los imitadores caricaturescos de Carlos Vives– pusieron de moda el llamado pop tropical. En contraste, se realizó en Bogotá el primer Festival de los Tiempos del Ruido y el Banco de la República conmemoró los cincuenta años de la muerte del compositor Luis A. Calvo con la fantástica edición del disco Obras para piano; también se editó la segunda parte del recopilado Nuestro rock –que incluyó a Shakira, Poligamia, Luna Verde, Compañía Ilimitada, Nicolás Tovar y Alejandro Martínez– mientras “El Bombardero” Iván René Valenciano, con sus 24 goles, condujo al Junior de Barranquilla a ganar el Campeonato de Fútbol Profesional Colombiano. Al mismo tiempo que desapareció la franja matutina de televisión educativa y cultural –enterrada tras la llegada de los informativos mañaneros de RCN y Caracol–, Daniel Abella, más conocido como Pablito, entró a ser parte del elenco de Padres e hijos. Asimismo, el legendario Canal 3 –donde muchos gozamos de Telematch y la Bundesliga narrados por Andrés Salcedo– se convirtió en Señal Colombia y se emitió por primera vez ¡Quac! El Noticero, parodia monumental en la que Jaime Garzón inmortalizó a personajes de dudosa ficción como Néstor Elí, John Lenin, Dioselina Tibaná y Godofredo Cínico Caspa, aquel infame tinterillo que pronosticó la triste debacle política y moral que se avecinaba.

Visto en perspectiva, 1995 es un año bisagra, crucial para entender la actualidad  colombiana. Ya hace veinte años sucedían cosas importantes que no se nos pueden olvidar. Acá está un recuento discográfico que, como todos, es subjetivo y obedece meramente a la licencia del capricho y la nostalgia.

Danny Dodge  |  Edad senil  |  Bonga Records

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A mediados de los noventa, todo aquello que sonaba un poco a Nirvana o a Pixies o a Sonic Youth era catalogado como rock alternativo. En ese saco abstracto se rotuló el sonido de Danny Dodge que no era otra cosa que grunge enérgico, mezclado con buenas dosis de punk refinado, ruido y shoegaze. Antes de rendirle homenaje al viejo Dodge Dart modelo 74, propiedad del guitarrista Daniel Jones, la banda se llamó Enchiladas Atómicas. En la misma línea sonora que Catedral, Navarra, Yuri Gagarin y los Correcaminos y Marlohábil, este cuarteto –integrado por tres capitalinos y una hermosa norteamericana– participó en la primera edición de Rock al Parque, le abrió a Soda Estéreo en el Palacio de los Deportes y realizó memorables conciertos en el Teatro Taller de Colombia y una casa abandonada ubicada en la calle 116. Además de que Isolde, su cantante, hacía parte de las cándidas fantasías concupiscentes de la fanaticada, el “ponche” certero de Guguillo inspiró a muchos de los que aspirábamos a sentarnos detrás de una batería. Grabado en vivo en una finca en Chinauta, Cundinamarca, Edad senil fue su único registro que, de alguna manera, prefiguró a bandas posteriores como Órbita Cascabel y Bomba Alacrán.

Estados Alterados  |  Rojo sobre rojo  |  Discos Fuentes

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Durante las décadas de los ochenta y noventa, el consumo y la producción musical en Medellín se situaron entre dos frentes: por un lado el vallenato y la salsa y, por otro, el metal y el punk. Como un ave rara, Estados Alterados alzó vuelo con su techno oscuro, algo extraño en esas geografías. Pioneros en Colombia del pop electrónico, las secuencias digitales y el new wave, el trío integrado por Fernando “Elvis” Sierra (voz), Gabriel “Tato” Lopera (teclados) y Ricardo “Ricky” Restrepo (percusión) estrenó su primer elepé homónimo en 1991 con el sello Sonolux. A este le siguió Cuarto acto (1993), editado con la complacencia de Discos Fuentes. En 1995, luego de éxitos inesperados como “Muévete”, “El velo”, y “Seres de la noche”, la banda mutó a un sonido más optimista y alegre que contrastaba con las letras sombrías y algo depresivas de sus dos discos anteriores. En Rojo sobre rojo hubo nuevos ánimos y otra postura estética. De eso da cuenta la colaboración de Fruko con la canción “Algo más que compasión”, la inclusión de coros femeninos, una sección de vientos, la presencia de Alfredo de La Fe, Diego Galé y canciones entusiastas como “Te veré”, “Lléname de estrellas” y, por supuesto, “La fiebre de marzo”, sencillo de fuerte acento funk tropical cuyo título alude al estado de celo que presentan algunos animales a fines de invierno y principios de la primavera.

Ekhymosis  |  Amor bilingüe  |  Codiscos

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El golpe más profundo en el orgullo de los metaleros colombianos fue el que encajó Ekhymosis en 1994 con la edición de Ciudad Pacífico. ¿Era posible que la misma banda que otrora había grabado Niño gigante traicionara a su público con semejante herejía de corte tropical? Aunque muchos no perdonaron el sacrilegio, lo cierto es que su distanciamiento del rock duro atrajo las miradas de otro público que acogió con entusiasmo Amor bilingüe, un disco que no fue siquiera la sombra de su antecesor. Aun con el sencillo que le da nombre a la grabación, “Escuchas crecer una flor” (original de Francis Cabrel) y “De madrugada” –tres canciones que pegaron duro en la radio– Ekhymosis dio un paso en falso que, seguramente, arrancó las sonrisas burlonas de sus enfurecidos detractores. Ese mismo año, el combo liderado por el futuro Juanes se situó en el centro de la polémica no por su disco complaciente y aburrido sino por la desafortunada versión del Himno Nacional que sonaba en Radioacktiva. Tendrían que pasar dos años para que Ekhymosis diera el golpe de gracia con “La tierra”, una de esas pegajosas cantinelas patrioteras que tanto nos fascinan a los colombianos.

Neurosis  |  Verdun 1916  |  Talisman Music

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Desde 1987, la columna vertebral de Neurosis ha sido el cucuteño Jorge Mackenzie quien, antes de convertirse en guitarrista, tocó el bajo en la formación inicial de Darkness e hizo lo mismo hasta 1993 en su banda. Luego de siete bateristas, cuatro guitarristas y dos bajistas –entre los que se encontraban miembros de Hangar 27, Aterciopelados, Masacre, La Derecha e Infected–, Neurosis logró cierta estabilidad para llevar a cabo Verdun 1916, la primera grabación en formato de disco compacto de la que se tiene noticia en la historia del metal colombiano. Registrado en septiembre de 1994 por el ingeniero de sonido Juan José Virviescas, este clásico del death metal local se materializó en los estudios Audiovisión y contó con el apoyo del sello Talisman Music, quijotesco proyecto discográfico del periodista Andrés Durán, quien al año siguiente firmó en su catálogo a Kilcrops. Inspirado en el horror de la batalla más sangrienta de la Primera Guerra Mundial, este disco incluyó el emblemático corte instrumental “Deprived of liberty” y el sencillo “Verdun 1916”, cuyo video promocional rotó en el mundo a través de la versión latina del programa Headbangers Ball. En 2013 fue reeditado en vinilo por el sello Viuda Negra Music.

La Etnnia  |  El ataque del metano  |  527

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El hip hop hizo su aparición en la cultura musical capitalina a mediados de los ochenta cuando jóvenes marginales, influenciados por películas como Beat Street comenzaron a bailar break dance en las calles, los parques y las discotecas del centro y sectores aledaños, como el 20 de Julio y Las Cruces. Fue precisamente en este barrio donde hizo su aparición New Rapers Breakers, un grupo en el que confluyeron algunos de los integrantes de lo que unos años después serían los pioneros del género en la ciudad: Gotas de Rap y La Etnnia, combo inicialmente llamado Etnia Razta. Kany, Kaiser, Ata, Zebra y Buitre, los cinco miembros originales de la banda, armaron un pequeño estudio casero y allí cocinaron El ataque del metano, un documento crudo y explícito de una generación desesperanzada que encontró en la música una mediación simbólica para escapar de la violencia y la delincuencia. Junto a Gotas de Rap –que ese mismo año estrenó la grabación Contra el muro y produjo el montaje teatral Ópera Rap–, La Etnnia abrió la brecha del rap hardcore en Bogotá y fundó su propio sello discográfico, 527, que apoyó a Tres Coronas, Full Nelson y Kontont. En este disco se incluyeron crudas crónicas de la calle como “Manicomio 5-27”, “Pasaporte sello morgue, “Noicanícula” –intrigante canción de Zebra quien, presintiendo su triste destino, convirtió en leyenda aquella inolvidable retahíla de un mariguano sin ley–, “Órdenes involuntarios” (tal vez el primer rap instrumental grabado en la capital) y “Nieve de Colombia”, una poderosa composición que incluye samples de flautas andinas y salsa.

Darkness  |  Soberanía: soberana ironía  |  OM Discos

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En las postrimerías de los ochenta, tres bandas lideraban el ámbito del metal en Bogotá: La Pestilencia, Neurosis y Darkness. Conformada inicialmente como cuarteto en 1987 (algunos dicen que en Soacha, otros que en las entrañas de Chapinero), Darkness debutó en 1989 con Espías malignos, un registro de cuatro canciones en el que se destacó “Metalero”, todo un himno de las juventudes metaleras bogotanas que, a ritmo de crudo speed y thrash, cantaron furibundos: “Todo por vender su alma al metal, las cosas cambiaron/ Ya nada es igual/ Le han puesto una etiqueta que dice antisocial/ Te sientes metalero con toda razón, esa es tu energía y tu vocación/ Metalero, esa es tu verdad, contra todo el mundo, nunca parará”. En 1995, ya sin Jake Cruz en la voz, la banda se alineó en formato de trío con Rodrigo Vargas en la guitarra y la voz, Carlos Olmos en el bajo y el potente Óscar Orjuela en la batería. Juntos grabaron Soberanía: soberana ironía, un disco más sofisticado, menos pesado y, definitivamente, cercano al hard rock, lo que les valió la disconformidad vehemente de muchos de sus seguidores. En cualquier caso, “Desvanezco” y “Cría cuervos” hacen parte del acervo popular de la vieja guardia bogotana de rockeros duros.

Carlos Vives y La Provincia  |  La tierra del Olvido  |  Sonolux

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A la multinacional Sony Music y a Caracol Televisión les pasó lo mismo que a Decca en los años sesenta con los Beatles: dejaron escapar a la gallina de los huevos de oro. El protagonista de este singular descuido fue Carlos Vives, quien no obtuvo el visto bueno del Grupo Santo Domingo para financiar su nuevo proyecto. La que sí sacó provecho fue la Organización Ardila Lülle –dueña de RCN y la disquera Sonolux– que dio vía libre a las ideas del samario. Clásicos de la Provincia (1993) fue un suceso nacional, sacó de la quiebra a Sonolux y le permitió a Vives gozar de un millonario presupuesto para producir La tierra del olvido, un disco que fue creado de manera colectiva entre una finca paradisiaca a orillas del mar Caribe en Santa Marta y otra en Santandercito, Cundinamarca. A esos dos lugares llegaron los nuevos miembros de La Provincia (Iván Benavides, Teto Ocampo, Mayte Montero, Gilbert Martínez, Carlos Iván Medina y Pablo Bernal) quienes, en una suerte de retiro espiritual hedonista, tuvieron el tiempo para darle forma a un repertorio de once canciones que van y vienen entre el funk, el rock, el reggae, el porro de banda, la champeta, la tambora y la cumbia de gaita. “La tierra del olvido”, quizás la canción más recordada del disco, toma su nombre de una línea de El amor en los tiempos del cólera y está inspirada en la progresión armónica de “Tu amor”, una canción de Pedro Aznar y Charly García. Vale la pena mencionar que durante el proceso de creación del disco se gestaron Bloque de Búsqueda y La Tele, otros dos sucesos cruciales en la cultura colombiana de los noventa.

Poligamia  |  Vueltas y vueltas  |  Sony

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El sábado 16 de octubre de 1999, antes de la presentación de Illya Kuryaki and the Valderramas, estaba programada La Banda del Gusano, una agrupación desconocida por el público de Rock al Parque. Todo iba bien hasta que entró en escena el cantante. Hasta ese momento, salvo unos pocos, nadie se había percatado que allí, en el mismísimo centro de la sacrosanta tarima del festival, estaba Andrés Cepeda, el otrora cantante de Poligamia, quizás una de las bandas de pop más recordadas de los noventa. Y eso fue lo que no perdonó el público hostil que los condenó a una humillante silbatina. ¿Cuál era el pecado? Ser una banda de pop. Para un rockero bogotano energúmeno, esa es una afrenta casi moral que se paga con sangre. Odiada por los guardianes de las buenas costumbres del rock puro y mimada por la prensa, Poligamia se conformó en 1991 al interior del Colegio Emilio Valenzuela. Después de sobresalir en las ondas radiales con la empalagosa balada “Desvanecer”, protagonizaron Mi generación (1994), una desafortunada serie de televisión que fue la antesala de Vueltas y vueltas, su segunda grabación que, sorpresivamente, tuvo acogida tanto en las emisoras comerciales como en otras de corte más alternativo. En una y otra sonaron “Solo por eso”, “Carrusel”, dos cortes funkeros (“Confusión”, “No tengo tu amor”) y, por encima de estas, “Mi generación”, una inocente crónica en la que un adolescente, de camino de su casa hasta Unicentro, narra ciertos acontecimientos fundamentales en la historia colombiana, como la victoria de Lucho Herrera, la toma del Palacio de Justicia o la Constitución del 91, redactada en medio de las bombas de los narcos.

Aterciopelados  |  El Dorado  |  Culebra/ BMG Ariola

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Cuando afirmamos que en 1995 tanto Carlos Vives como Aterciopelados afianzaron la idea de nación planteada en la Constitución del 91, hacemos referencia a que con canciones como “La tierra del olvido” y “Bolero falaz” muchos colombianos despertamos del trance abúlico y, por primera vez en muchos años, vislumbramos sin vergüenza nuestro patrimonio cultural y espiritual. Sin dejar de nombrar el imaginario musical creado alrededor de Lucho Bermúdez, Garzón y Collazos, Velosa y Los Carrangueros, Alfredo Gutiérrez o La Negra Grande de Colombia, por mencionar algunos, fue hasta ese momento en que pudimos comprobar que lo de nosotros también tenía el aliento del mito y la poesía. Lo anterior suena exaltado y hasta pretencioso pero cobra sentido si tenemos en cuenta el impacto global de El Dorado, segundo disco de Los Aterciopelados. En un breve lapso, lograron pasar de los reductos subterráneos de Bogotá a ser admirados por todo el país y el continente. En esto tuvo que ver mucho el apoyo de Culebra, el subsello alternativo de la multinacional BMG Ariola –que, entre otras, incluyó en su catálogo a La Derecha y 1280 Almas–, y el recién inaugurado canal de televisión MTV Latino, donde rotaron sin tregua los pintorescos videos de “Florecita rockera”, “Bolero falaz” y “La estaca”. Luego de 300 horas de grabación supervisadas por Federico López, en El Dorado la banda sonó más acoplada que en el anterior disco gracias, también, al aporte del guitarrista Alejandro Gomezcáceres y el baterista Alejandro Duque, nuevos músicos que se sumaron a la aventura. La portada iba a ser un montaje de la Virgen María y la cara de Andrea Echeverry pero se desechó porque el país del Sagrado Corazón –donde algunas emisoras censuraron la famosa frase “Te dije no más y te cagaste de risa…”– no estaba preparado para semejante golpe irreverente. Punk, ranchera, reggae, sonidos latinos y una iconografía alimentada por símbolos locales como la Avenida Caracas, San Victorino, el Cartucho y el 20 de Julio hacen parte de este clásico que, dos décadas después, se escucha fresco y atemporal, tal cual queda registrado en esta línea sardónica de “Colombia conexión”: “Pobre Colombia irredenta, desnuda, fría y hambrienta, y a diario tan descontenta con la crisis turbulenta… pero el bien germina ya”.

Shakira  |  Pies descalzos  |  Sony

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Júzguese desde la admiración irremediable o el desprecio mezquino –dos condiciones naturales entre las que nos debatimos los colombianos–, Shakira es, sin lugar a dudas, una mujer talentosa a la que nadie le ha regalado nada. Si revisamos su biografía descubrimos que antes de llegar a la mayoría de edad ya acumulaba tres rotundos fracasos: Magia (1991) y Peligro (1993) –de los que se vendieron poco más de mil copias– y la miniserie El Oasis (1994), uno de los capítulos menos afortunados de la televisión colombiana de los noventa. Aun con ese prontuario adverso a cuestas, y la multinacional Sony Music respirándole en la nuca, Shakira Isabel Mebarak Ripoll, que por esos días contaba con 18 años de edad, compuso afanosamente “Dónde estás corazón”, un éxito arrollador que apareció originalmente en el segundo volumen de Nuestro Rock, recopilación de nuevos artistas nacionales, patrocinada en conjunto por la emisora Radioacktiva y Sony Music. Dada la sorpresiva escalada en la radio de aquella cancioncilla inspirada en versos de Pablo Neruda, Mario Benedetti y Oliverio Girondo, la discográfica le renovó el contrato no sin cierta desconfianza presupuestal. Lo que ella misma y los empresarios no se imaginaron fue que Pies descalzos vendería la abrumadora cifra de cinco millones de copias, un millón y medio de ellas tan solo en Brasil y Colombia durante los primeros meses de su estreno. Junto a Luis Fernando Ochoa –productor colombiano nacido en Estados Unidos que había formado parte de Compañía Ilimitada y Nash– la barranquillera escribió las once inolvidables canciones que conforman la que es una obra maestra del pop latino. Seis sencillos se acomodaron en lo más alto de las listas radiales del mundo (“Estoy aquí”, “Pies descalzos, sueños blancos”, “Dónde estás corazón”, “Un poco de amor”, “Antología”, “Se quiere, se mata”). Es decir, más de la mitad del disco; nunca antes una cantante colombiana había llegado tan lejos. ¿Cómo lo lograron? Puede decirse que el secreto se encuentra en la justa combinación entre la tradición baladística hispanoamericana, rock pegajoso y mesurado, dancehall y letras escritas no solo a la medida de adolescentes enamorados sino de otros más inconformes que, por ejemplo, se identificaron profundamente con el drama embarazoso de “Si se quiere se mata” –canción que hablaba explícitamente del aborto– y el estribillo final de “Pies descalzos, sueños blancos”, una retadora e inocente declaración de principios que ponía en entredicho el manual del buen comportamiento: “Cumplir con las tareas, asistir al colegio/ ¿Qué diría la familia si eres un fracasado?/ Ponte siempre zapatos, no hagas ruido en la mesa, usa medias veladas y corbata en las fiestas/ Las mujeres se casan siempre antes de treinta, si no vestirán santos aunque así no lo quieran/ Y en la fiesta de quince es mejor no olvidar una fina champaña y bailar bien el vals”. La chica agraciada de pelo negro hoy ya no existe. De aquella joven que en esa canción invitaba con furia contenida a la desobediencia queda su antípoda: una multimillonaria rubia que además de ser una madre de familia ejemplar se encuentra parada en un pedestal corporativo.

Joe Arroyo  |  Mi libertad  |  Sony Music

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Antes de entregarse definitivamente al sueño eterno el 26 de julio de 2011, al “máximo sacerdote de la rumba universal” –como lo llamó el escritor Efraím Medina Reyes– la parca lo visitó por primera vez en septiembre de 1983 cuando lo ingresaron al Hospital Universitario de Cartagena. Un grave caso de hipertiroidismo, sumado al exceso de noche y el hábito de los malos humos, casi arrancan de este mundo al que, ungido con la gracia del iluminado, se paró de su lecho mortuorio y, como si nada, entre 1985 y 1990 grabó seis de los más ilustres discos en la historia de la música popular en Colombia. En la cresta de la ola, luego de batazos imparables del calibre de “Tumbatecho”, “Rebelión”, “Echao pa’ lante”, “La noche”, “Pa’l bailador” y “Te quiero más”, Joe Arroyo finalizó su contrato con Discos Fuentes y se fue para Sony Music. Mientras los exagerados presupuestos llenaban su bolsillo y los suntuosos homenajes llegaban al colmo de la idolatría, su genio creativo expiraba como se hizo evidente en las tres discretas grabaciones que realizó antes de redimirse con Mi libertad, estrenado el 18 de diciembre de 1995. De los diez registros que hizo con Sony, este es sin duda el mejor y, tristemente, albergó el último gran éxito en la carrera del cartagenero: “Tal para cual”, un recuento sincero de sus amores tortuosos con las mujeres y la droga –aunque no lo crean, cuando canta “la vil cubana llamó otra vez” se refiere a su dealer– que muchos cachacos bailamos retraídamente en las minitecas colegiales. Por primera vez su ciudad natal aparece en la portada de un disco suyo en el que, además, le rindió homenaje a los Gaiteros de San Jacinto y se despachó “María Paola”, un éxito obligado de las carnestolendas “killeras” de febrero.

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