POR: Andrea Melo Tobón Jueves, 02 Marzo 2017

Bacánika visitó las cárceles Modelo y Picota de Bogotá
para ver cómo el arte está transformando la vida de los internos.

MODELOCARRUSEL

“Hoy yo cruzo este desierto,
donde el futuro es incierto,
donde solo existen los barrotes y el concreto…”

Carlos Villegas, en la canción “Lágrimas”.

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E

s viernes, son las nueve de la mañana, el cielo está gris y la entrada a la cárcel Modelo, ubicada en el sector de Puente Aranda, en Bogotá, está abarrotada de gente. Es una suerte de fortaleza de paredes blancas y negras separada del barrio por vallas policiales y guardias penitenciarios vestidos de camuflado azul.

John Sánchez, un dragoneante alto, fornido, de pelo corto y sonrisa amplia advierte en la entrada que no se pueden ingresar celulares, llaves ni dinero. Algunos salen de la fila y acuden a Eva, una vendedora de tinto y dulces que guarda las pertenencias de los visitantes dentro de su carrito frente al penal. Otros, acostumbrados a las reglas del centro penitenciario, lo saludan y conservan su puesto: ya saben qué pueden entrar y qué no. 

MODELOREJA

Pasadas las diez, los murmullos se vuelven cada vez más fuertes, los guardias entran y salen, pero no dan señal alguna de que se vayan a abrir las puertas del penal. Mientras tanto, los vasos vacíos de tinto y aromática comienzan a acumularse en los andenes al pie de la fila de quienes esperamos.  

—Cédula en mano —dice finalmente una voz desde la puerta metálica. Hay un movimiento de abrigos en la fila mientras entramos y nos identificamos. Después de pasar el registro, podemos ver el patio a través de ventanas con rejas. Hay ropa extendida, un olor ácido y unos cincuenta presos sentados en el suelo cubriendo su cabeza del sol mientras hablan en voz baja. Otros están de pie en grupitos intercambiando miradas furtivas.

MODELOVIRGEN

Cruzamos un pasillo iluminado con una luz azul que combina con el frío del concreto. Sorteamos el detector de metales, nos hacen una requisa manual y nos ponen sellos que brillan en la oscuridad que, de estar en otro lugar, parecería que fuéramos a una pista a bailar. Avanzamos por un corredor hasta una reja que protege una gastada Virgen de las Mercedes. Una vela eléctrica en sus pies emite una luz débil.

Al fondo, a la derecha, un vidrio de seguridad agrietado y con agujeros de bala recuerda la guerra que ocurrió en el penal a finales de los años noventa entre guerrilleros, narcotraficantes y paramilitares: se dice que en ella murieron, al menos, dos mil personas. Casi veinte años después, los orificios están intactos.

—Sigan hasta la puerta blanca —dice el dragoneante Sánchez con amabilidad. Así lo hacemos y entramos al auditorio de la Modelo. El techo es de tejas de zinc grises, las paredes tienen murales de colores y hay una tarima improvisada, decorada con un cuadro de flores, que dentro de poco será ocupada por actores y músicos de la cárcel.

MODELOVENTANA

 * 

Hoy es el lanzamiento del disco Modelo Estéreo Volumen 1, un proyecto musical creado por el colectivo audiovisual Mario Grande –grito de alerta que hacen los internos cuando viene la policía a requisar o hacer redadas–. Nicolás Gómez, Jorge Gallardo, José Luis Osorio, Álvaro Rodríguez, Nicolás Vizcaíno y Sergio Durán conforman este grupo de jóvenes que hace tres años llegó al centro penitenciario.  

—El preso tiene una muerte prematura frente a la sociedad, y en ese estado existe la música como una posibilidad para trascender e inmortalizarse —cuenta Gallardo.

Los grupos de música se crearon hace poco más de cinco años gracias a dragoneante John Sánchez, quien quiso organizar actividades artísticas en las cuales los internos con experiencia les enseñaran a los que no sabían. En este momento hay agrupaciones de carranga, vallenato, ranchera, tropical y rap. 

—Ellos mismos componen sus canciones y los resultados se han visto, pues hemos sacado más de seis producciones musicales —dice el dragoneante. Lleva 18 años trabajando en la Modelo y es quien dirige las propuestas artísticas y culturales. Sus estudios de piano le dan criterio y experiencia. De los discos publicados dos han sido de hip hop y los otros son de música cristiana evangélica, folclor andino, vallenato y música popular. 

La música es el hilo conductor del proyecto del colectivo Mario Grande, que se encuentra grabando una película sobre los grupos musicales que ensayan dentro del penal. Hace poco más de un año arreglaron un estudio de grabación abandonado que había en la cárcel, donaron instrumentos gracias a dinero recogido en fiestas y registraron en un álbum las canciones que había compuesto cada uno de los grupos musicales.

A la par de sus esfuerzos, la Universidad de los Andes creó la cátedra “Arte y cárceles”, en la que los miembros de Mario Grande y estudiantes trabajaron en la producción de Modelo Estéreo Volumen 1, así como en el arte del disco, que fue realizado por los internos en talleres de dibujo. 

—Creo que todos hemos tenido muchísimos momentos de agradecimiento a la vida al estar ahí. Esta película nos está enseñando todo —dice José Luis Osorio, artista plástico y miembro de Mario Grande. 

* * 

Hay un tapete rojo que divide al público, en el que se encuentran internos, familiares, periodistas y directivos del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec). Los internos miran a los visitantes con recelo mientras charlan con el compañero de silla o trabajan en manualidades. Pulir marranos de cerámica es el entretenimiento de algunos mientras comienza el espectáculo.

Algunas directivas y guardias cantan sin ánimo el himno del Inpec. Los internos que están entre el público hacen chistes y se dan codazos, pero se callan al oír un carraspeo desde el escenario. El director del penal comienza su discurso y felicita al colectivo Mario Grande, a los artistas y a los músicos. La mitad del auditorio lo aplaude. 

Detrás de la tarima, un hombre moreno con barba fina y camiseta manga sisa se tapa la boca con sus manos y cierra los ojos, como orando. John Sánchez se acerca y le da una palmada en la espalda que lo espabila. El muchacho le sonríe, se sube al escenario y comienza a frasear al ritmo de los beats“Hoy yo cruzo este desierto, donde el futuro es incierto, donde solo existen los barrotes y el concreto…”. Se trata de la canción “Lágrimas”, de Carlos Villegas, un exconvicto que sigue visitando la cárcel para animar a sus compañeros a hacer música y crear.

MODELOJOHNFoto: Dragoneante John Sánchez.

Tanto los grupos musicales como el de teatro del centro penitenciario hacen parte de un programa del Inpec llamado Educativas, que funciona desde 1993. En él, 1.500 internos de la Modelo aprenden literatura, radio, manualidades, deportes y danza o estudian primaria, bachillerato y algunos programas del Sena.

—Ellos tienen una rebaja de pena por participar en estos grupos. Eso los ha motivado, les ha servido mucho: hacen lo que les gusta y al mismo tiempo le muestran a la sociedad que sí se puede cambiar —cuenta Sánchez.

Tras bambalinas, ocho internos se mueven de un lado a otro buscando su vestuario y utilería. Uno de ellos es Omar Bautista, un hombre alto con una cicatriz en su ojo izquierdo. Se está mordiendo las uñas mientras Villegas termina su fraseo. “El hijo que estaba ausente, ya por fin ha regresado, oh Dios mío: te damos gracias por habernos escuchado”, remata el rapero. Baja por las escaleras sudando. Choca los puños con Bautista; otros lo abrazan y le dan palmadas en la espalda. Los guardianes los miran con aprensión y respeto a la vez.

* * * 

Un hombre flaco, con gafas, gorra y pantalones anchos me saluda con un apretón de manos. Es Alexander Pescador, miembro del grupo de teatro Abrakadabra, que ha presentado Libertad a domicilio en la Universidad de los Andes y Sumas y restas en el Teatro Nacional Fanny Mickey. Hoy actuarán apartes de esta última obra.

—La obra habla de la redención, de cómo una persona mala puede cambiar y liberarse de sus culpas —cuenta Pescador. 

Segundos después, el director y también actor Adrián Cardona lo llama con una mano. Alexander exhala hondo y se sube al escenario improvisado para interpretar el papel de ladrón junto a Bautista y otro compañero. No hay telón ni luces, son solo ellos frente al público.

El grupo comenzó hace cinco años cuando el dragoneante Sánchez le propuso a Cardona, un interno que había sido actor de televisión y teatro, hacer obras de comedia que tuvieran un mensaje positivo para los presos. 

La experiencia de Cardona ha sido crucial para que el grupo de internos aprenda a soltarse, a meterse en la cabeza de cada uno de sus roles y, sobre todo, a crear lazos entre ellos. Cardona, Alexander Pescador, Omar Bautista, Miguel Malpica, Juan Bernardo Sánchez, Miller Roa, Félix Locarno y Renán Martínez se reúnen de lunes a viernes en la capilla del penal e idean obras a partir de sus propias vivencias dentro y fuera de prisión. 

Hoy, en la obra Sumas y restas, los personajes que interpretan Pescador, Bautista y Roa son los de unos ladrones que quieren conseguir dinero para su droga. 

Los rateros se pasan un cigarrillo que pretende ser marihuana. Cardona se sienta en una silla plástica y bebe algo de una botella sin marcas. Es un alcohólico que está a punto de perder el control. Sus ojos se agrandan mientras dice su parlamento, se sacude, grita, mira al techo como si no existiera. Sus dotes actorales no son un rumor. Sus compañeros lo miran con admiración.

  separadorDe acuerdo con estudios internacionales, los programas de resocialización para el trabajo reducen la probabilidad de reincidencia hasta en un 66%. Actualmente solo el 2,5 % de la población privada de la libertad en Colombia está vinculada a un programa de trabajo generado por el sector privado, por lo que el Departamento Nacional de Planeación (DNP) y el Ministerio de Justicia y del Derecho implementaron el plan “Segundas oportunidades”, que busca la reinserción laboral y social de la población carcelaria y pospenada del país.separador  

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A un costado de la tarima dos hombres miran con atención toda la escena. Ambos tienen un chaleco que dice “Emisora” y unos audífonos enormes. Uno de ellos mueve lentamente la perilla de una consola, modula el volumen y sigue observando el monólogo etílico de Adrián Cardona.

Ellos hacen parte de la emisora Modelo Estéreo, que hoy transmite a todos los patios de la prisión. Además de poner a sonar viejos éxitos de salsa, reggaetón y rancheras, hacen un magazín de cultura, un programa sobre derechos humanos y una actualización semanal de las sentencias. Llegan a todos los patios a través de parlantes.

—Los internos estaban totalmente incomunicados, no tenían ni idea de los derechos o amparos que podían adquirir. Incluso había una total desinformación sobre el día de las visitas. Ahora tenemos una actualización constante en la que familiares envían saludos a sus seres queridos en sus cumpleaños —cuenta el dragoneante Sánchez. 

En un cuarto estrecho, al lado de la capilla, parpadea con dificultad un letrero que dice AL AIRE. Allí funciona la emisora de la prisión, un espacio de poco más de tres metros de ancho ocupado por un escritorio, una consola y un mar de discos. 

—Nos gusta poner, salsa, merengue y vallenato. Muchos internos piden reggaetón y se los pongo, pero a mí no me gusta —dice Félix Locarno, quien además de ensayar con el grupo de teatro, tomó un curso de dj dentro del penal hace tres años y desde entonces es el encargado de que el sonido no se apague en los pasillos y celdas de la prisión.

* * * * *

Es mediodía. El sol comienza a calentar las tejas de zinc. Los que estamos en el auditorio tenemos la frente brillante por el sudor. 

Adrián sigue en la tarima bebiendo su supuesto licor mientras Omar Bautista, el hombre de la cicatriz en el ojo, interpreta a un diablo que trata de llevarlo por la tentación del dinero fácil. Poco a poco comienzan a aparecer en la tarima los ladrones y un par de travestis que hacen una reflexión desde sus personajes. Los actores se esmeran en que su mensaje no se olvide: el crimen no es ni será la salida.

De pronto el lugar se queda en silencio por unos segundos, hasta que John Sánchez aplaude y todos lo imitamos. Miembros de Mario Grande y algunos músicos suben con sus instrumentos a la tarima, y el sonido de las ovaciones no demora en ahogarse por el de los tambores y trompetas de la orquesta de música tropical de la cárcel Modelo.

Los actores acompañan la coreografía del cantante en la tarima y algunos internos aprovechan para saludar a sus familiares. Hay un largo beso en la primera fila y uno que otro abrazo en la segunda.

—El colectivo Mario Grande y el dragoneante John Sánchez son unos ángeles porque han logrado que la música, el teatro, la pintura y la emisora hagan que las personas miren la vida de otra manera —cuenta Ismael Ignacio Romero, “Maelo”, un exconvicto que se ha presentado con agrupaciones como Banda Fiesta, Son de Fiesta y Los 8 de Colombia.

Directivas, guardias e internos comienzan a bailar y algunos internos del público los observan con respeto y otros con burla. El ambiente es de pura algarabía. Los guardianes aprietan las manos y abrazan a actores y músicos por igual. 

—Ha sido muy chévere, porque quitamos por un momento esa barrera entre guardianes e internos y la transformamos en una gran amistad. Ha sido muy bonito ver cómo hemos cambiado a través de la música —dice el dragoneante Sánchez con una sonrisa y los ojos vidriosos, mientras lo abraza Sebastián, el acordeonero del grupo de vallenato. 

Son casi las dos de la tarde. Se acaba la conmoción. Los guardias le ponen las esposas a los internos y los llevan en fila a los patios. Algunas mujeres aprovechan para darles a sus novios y maridos un último beso y lanzarles un “te amo” de lejos. Los dragoneantes comienzan a pedirnos a los periodistas y demás externos que salgamos, y nosotros obedecemos en orden. Después de tantas emociones y risas, silencio. Ellos siguen en prisión.

Fotos: Andrea Melo Tobón.

separador“Mi número es el 88892”
Cárcel Picota

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Las fotos de la cárcel Picota fueron hechas por los internos en un taller con el fotógrafo Antonio Galante.

El segundo día después de haber llegado a la cárcel Picota de Bogotá, Mario Salazar salió del Patio Cuatro, donde estaba recluido, y se dirigió a la biblioteca para pedir prestado un libro. Cuando entró encontró mesas y estantes de libros sobre filosofía, ciencias políticas, arte, historia y matemáticas, y a un costado, un piano negro. Se sentó frente al instrumento y, como es músico, se puso a tocar. Mientras las teclas sonaban, pensó en armar una clase con internos que quisieran aprender a tocar. Al otro lado de la habitación, como leyéndole los pensamientos, la persona que estaba encargada del préstamo de libros le propuso armar un taller de teatro y música. Salazar sabía algo de teatro gracias a las obras que había interpretado en el colegio y en la universidad. Así que, sin mucho más que hacer allí, aceptó la propuesta del bibliotecario.

Desde 2012, cuando llegó a La Picota, ha montado ocho obras de teatro que se han presentado en algunas cárceles del país. Una de ellas es Nacimiento, muerte y resurrección de Jesús, la historia de un preso que recupera la libertad, que también se presentó en varios colegios de Bogotá durante 2016, con apoyo del Ministerio de Justicia, del Inpec y de la Presidencia de la República.

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Estando allí conoció a Tatiana Arango, poeta y magíster en Educación. Ella había diseñado un modelo de formación que propone que a través de cualquier disciplina artística, los privados de la libertad y las personas en riesgo revisen la ética de sus emociones. Cuando Mario salió libre se casaron, y hoy lideran la Fundación Salazar Arango, que organiza talleres de teatro, música, fotografía, literatura y cine dentro de este centro penitenciario.

—Veíamos que había talleres, pero a veces paraban y los internos se quedaban sin hacer nada. La idea es que estos procesos sean continuos —dice Tatiana.

La fundación ha realizado exposiciones de fotografía en el Centro Colombo Americano, el Festival de Arte entre Muros por la Paz, un espacio de exposición de obras hechas por internos, una muestra de danza penitenciaria y el Festival Cinédito Entre Muros, un encuentro de películas con temática carcelaria.

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* * *

 La cárcel Picota se encuentra al sur de Bogotá, frente a la Escuela de Caballería del Ejército. Hay quince patios, además de la torre de presos extraditables. De cada una de sus ventanas protegidas con barrotes salen manos y prendas de ropa que se agitan de tanto en tanto.

—Este contexto, que es caótico y que tiene una energía muy pesada, se compensa con la gente del taller, porque se crean lazos de amor. En una cárcel de hombres, donde hay muchos más de los que deberían, todos están profundamente solos —dice Tatiana.

En La Picota hay 8.102 reclusos, aunque que su capacidad es para 4.931. Es decir, tiene un sobrecupo cercano al 65%.

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Después de los filtros de seguridad, un patio verde se extiende alrededor del complejo carcelario. Algunos internos toman talleres de derechos humanos y LGBTI mientras otros barren y martillan en una esquina. Estos últimos hacen descuento de pena ayudando a que el penal no se caiga a pedazos. Uno de ellos llega con una escoba y se presenta: 

—Me llamo Joan Sebastián. ¿Y usted? —le respondo e igualo la fuerza de su apretón de manos. Duele. Él ríe. Es de esos pícaros de cuadra que le sacan la sonrisa a cualquiera. Lleva quince meses interno y hace parte del grupo de teatro.

—Lo que siempre me ha llamado la atención de las películas y la televisión es cómo se besa la gente. De pequeño siempre me preguntaba si esos besos eran de verdad o de mentira. Aún no lo he comprobado.
—¿No ha tenido escenas de besos en las obras? —le pregunto.
—Uy, es que aquí los actores somos todos hombres, los internos. Y con manes no, yo no trabajo con ese material —replica muerto de risa.

Cada martes y jueves, a las nueve de la mañana, Mario, Tatiana y Sindy Infante, una actriz que trabaja con ellos en la fundación, recogen a los internos en los patios en los que se encuentren. El patio de Joan Sebastián está en cuarentena por varicela, pero él evade el confinamiento y se une al grupo.

—Me salgo así sea por el techo con tal de ir al taller para distraer mi mente. Llevo días ahí encerrado y estoy que me corto las venas. Verles la cara a los mismos manes me da rabia —dice.

Desde que entró al penal no ha recibido ninguna visita, pero sí se ha encontrado adentro con amigos del barrio. 

El cambio desde que comienzan el taller es notorio: al principio Joan Sebastián era problemático y se salía de los talleres. Después de nueve meses se ha ido soltando.  

—Antes era muy difícil que participara en un ejercicio, pero comenzó a abrirse. Ahora se ríe, comparte, abraza, llora… Es muy emocionante ver cómo estos hombres van cambiando mientras exploran sus emociones y se involucran en procesos artísticos —cuenta Sindy. 

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Cuando termina de recoger a los internos, Sindy los conduce a un salón en un segundo piso. Es una pelirroja guapa y carismática. Con un primer movimiento comienza a dirigir los estiramientos. Frente a ella, los internos saltan, gritan, dan vueltas y modulan la voz durante quince minutos. Algunos la miran con cara de enamorados.

Para ella, lo más especial de los internos es su capacidad de asombro, pues a través de un juego simple aprenden a reconocer a sus compañeros y a sí mismos. Y a la vez, lo más duro de los talleres es enfrentarse al olor de la prisión, un hedor agrio y denso que, en momentos de tensión, se percibe más fuerte que nunca.

—Cuando hay presión o discusiones internas, el olor es muy fuerte, me asusta un poco —confiesa Sindy—. Hoy hay algo de acidez en el ambiente.

Después de estirar, toman sus posiciones y comienzan a ensayar la obra. David González, uno de los internos, fue quien escribió el guión de Dante penitenciario. Es artista plástico y músico.

—Quise recrear los estados emocionales y psicológicos de una persona que es privada de la libertad. Cuando uno llega acá, lo rapan y lo afeitan. Para algunas personas puede que eso no sea importante, pero para otros sí. Te quitan tu nombre y te dan un número y sencillamente te botan a un hueco despojado de todo lo que tenías. Mi número es el 88892 —dice mientras se agarra la barba.

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Además de codirigir la obra, David da clases de percusión y es asistente en el taller de fotografía y light painting impartido por el fotógrafo Antonio Galante. Las fotografías, además de ser expuestas en la Plataforma Bogotá y el Proyecto 30:30 "artistas por los derechos humanos", acompaña el relato de esta crónica. Para poder hacer sus pinturas tiene que comprar drywall de contrabando. Trabaja en carboncillo y óleo, y también ha creado jarrones hechos en papel de revista, papel higiénico y Colbón. Sus obras están en la biblioteca del penal y han sido expuestas en muestras de arte carcelario en la ciudad.

Sindy pide silencio y concentración. Todos callan, la miran atentos. Ella eleva su cuerpo hacia el techo de zinc y ellos tratan de imitarla con algo de vergüenza. Infante repite el movimiento y los observa. 

—Pueden hacerlo mejor —los anima.

Algunos, frustrados, bajan la mirada y mueven las manos. Luego tratan de perfeccionar el movimiento.

—Son dos horitas sagradas martes y jueves, pero son contaditas, y justo cuando conseguimos soltarnos y trabajar juntos, se nos acaba el tiempo. Eso es duro —dice Guillermo Arenas, uno de los miembros del grupo de teatro.

Cuanto termina la clase, Sindy Infante es cortejada por sus alumnos: recibe con frecuencia cartas de amor, anillos, manillas y flores de papel.

—Trato de que hagan una introspección. No les pido que cambien o que sean útiles para la sociedad, no creo en eso. Creo que hay que enseñarles a quererse y a conocerse. No sé qué vaya a pasar cuando salgan, pero sé que va haber una mirada más detenida de quién es cada uno, y cuando eso pasa, se conciben en una sociedad.

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Un dragón chino anaranjado y verde surca los pasillos de La Picota. Bajo la figura,  cuatro internos tratan de sincronizarse para no caer.

—Corte. La tenemos —dice un hombre joven mientras se quita unos audífonos de las orejas.

Es Juan Cáceres, un realizador audiovisual que desde hace poco más de año y medio dicta un taller de cine a los internos al tiempo que graba una película. Muchos se acercan y ven la toma en la pantalla de la cámara al lado de donde está Juan. Se escuchan murmullos de aprobación.

Después de acabar materias en la universidad, Cáceres conoció a Tatiana y a Mario a través de un amigo que había actuado en uno de sus cortos. Al ver el trabajo del realizador, la pareja le propuso hacer un taller de cine para los internos en el que ellos mismos aprendieran el oficio. 

Desde la primera vez que entró al centro penitenciario se dio cuenta de que no sería fácil dar clase, pues no le prestaban las instalaciones y no había equipos ni electricidad. A pesar de todo, ese mar de dificultades lo animó.

—Cuando algo es tan difícil uno podría creer que no debería hacerse. Pero me sentí libre y cargado de energía, porque primera vez en mi vida estaba haciendo algo por los demás.

Juan trabaja como barman en un café en Teusaquillo para cubrir sus gastos mientras se gradúa de la universidad. Cada semana paga cien mil pesos para alquilar la cámara y así lograr que la película Niños precarios sea una realidad.

—No quería ser como un vampiro: grabarlos y ya, sino que participaran y empezaran a dirigir su propia película —afirma.

Juan Carlos, un interno menudo con ojos pequeños, que tiene una condena de veinte años, cree en la película porque le ha ayudado a matar el tiempo:

—Nos han soltado las cámaras y nos han enseñado cómo se hace una toma, cómo se corta y pega, cómo se maneja el espacio, el tiempo y la luz. Como si nosotros fuéramos los camarógrafos, los que estuviéramos haciendo la película. Y sí, la estamos haciendo —dice. Era uno de los hombres que le dieron vida al dragón hace un momento.

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Para Cáceres, hablar de cine en la academia es muy distinto a hacerlo en una cárcel, porque el arte allí cumple otro fin: se vuelve más necesario y útil. Más allá de estar detrás del lente, él procura que ellos aprendan cómo contar su realidad, desde el “wimpy” —así le dicen a la comida— hasta una pelea con cuchillo en algún patio, con elementos de ficción como el gran dragón.

—En la cárcel no hay mentiras, toda la gente es sincera cuando mira, habla, agradece y abraza. Allá se transforma la noción de bien o del mal. Hay personas que siento mucho más sinceras y valiosas que muchos que conozco y que están en la calle —remata Juan.

* * * 

Tatiana, Mario, Sindy y Juan se reúnen en la biblioteca con algunos internos. Chistes y burlas cruzan la habitación. Uno de los internos me regala un anillo de los que hacen en los talleres. Me queda perfecto. Joan Sebastián corre lo equivalente a una cuadra en una calle normal y me da una pipa de plástico, se la devuelvo pero la encierra en mi mano.

—Todo bien, es un regalo —dice.

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Mientras esperamos a que nos recojan en la vía Usme, donde queda el penal, Tatiana me dice que me huela. Es un hedor fuerte, a encierro. Cuando Mario salió, ella duró semanas tratando de quitarle ese olor a las prendas. Pasan diez minutos y ningún bus o taxi se detiene. Arango bosteza. Ayer, Mario y ella se quedaron hasta casi medianoche a las afueras de La Picota acompañando a un interno que cobró la libertad pero no lo fueron a buscar ni los familiares ni los amigos.

—Hace falta que la gente se tome el tema de los pospenados como un algo propio, porque todos queremos que no vuelvan a delinquir, pero nadie los quiere aceptar cuando salen —cuenta.

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