TEXTO Y FOTOGRAFÍA: David Jáuregui Sarmiento Martes, 07 Octubre 2014

Nos dimos una vuelta con Crack Family, uno de los grupos de hip hop más importantes de Colombia, pegando carteles en las paredes del centro y el sur de Bogotá. Así es como estos raperos siguen fieles a su origen. 

Es el 20 de mayo de 2011 y Cejaz Negraz ofrece un concierto en un parque de Ciudad Bolivar, donde comenzó su historia. Se le distingue porque apenas llega al lugar la gente lo recibe y le ofrece el puño para saludarlo o lo abraza a su paso. Por aquella época tenía el pelo largo, que combinaba con gorras de visera plana y pañoletas, más los pantalones anchos propios de los raperos. Su carrera musical ya tiene más de una década, el camino ha sido largo.

A su alrededor está la gente de su zona, un montón de jóvenes que seguro conocen la vida de los barrios bajos tan bien como él. El escenario –que no es precisamente una tarima– se ubica en la parte más alta de las escaleras que dirigen al parque y lo definen unos altoparlantes. Los que no alcanzan a verlo de cerca se suben en las rejas de contención de la cancha de microfútbol, tres metros más arriba para no perderse la cantada de Cejaz. Las manos se mueven arriba, adelante y atrás siguiendo el ritmo del beat mientras el MC cuenta parte de su vida en sus letras. Cejaz Negraz puede ver hacia el norte y, en descenso, parte de Ciudad Bolívar. El Sur, con mayúscula.

Los asistentes corean sus canciones. Más que real no lo dudes, es la élite del rap, ¿no ves que la calle don’t stop? Más que real no lo dudes, es la élite del rap, rap, rap. Que este año Papá Noel ni el Niño Dios se olviden nuevamente de mi barrio, repica Cejaz poco antes del coro.

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A las cuatro de la tarde, el 20 de septiembre de 2014, Manny sale de casa a comprar dos bolsas de harina de trigo que servirán para preparar la colada con la que pegarán los carteles del siguiente evento de Crack Family que se realizará en el Teatro Metropol. Al caer la noche se reunirá con Cejaz Negraz y otros amigos para ponerse a trabajar. Él es un antiguo combatiente de los Latin Kings y aprendió a rapear en Nueva York, donde el hip hop es casi una religión, como el vallenato en algunas partes de Colombia. “Allá es toda una industria, ¡hay edificios completos dedicados al rap! El hip hop da trabajos pero, como decimos con Cejaz: hay que profesionalizarse, trabajar duro, hacerse mejor a cada momento, porque así es todo en la vida. Porque hasta para ser delincuente tiene que hacerlo áspero, ¡porque haciéndolo a lo bruto no llega a ningún lado! Lo único que va a lograr es que lo encierren y usted ¿qué gana así?”, explica.

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Los Latin Kings son considerados una de las bandas criminales organizadas más grandes de Estados Unidos. Para sus integrantes, al menos para Manny, no se trata de una pandilla sino de una organización que fue creada para defender a los latinos. “Sin embargo, como todo, entró en el círculo de la violencia y de ahí su mala fama”, sostiene. En alguna ocasión, producto de alguna movida de barrio, Manny enfrentó con violencia a un hombre para defender a uno de los suyos. Fue cuando cayó preso y lo devolvieron a Colombia.

No me olvidé, lo recuerdo todo muy bien, madre linda en la fila visitándome, los socitos por las curvas ni se ven, ni un papel, llamadas, ni ¿cómo te fue?, cuenta Manny en “La home”, una de sus canciones. 

Mientras Manny libraba su propia guerra en Nueva York, Cejaz Negraz hacía la suya en Bogotá. Jhon, el nombre de pila de Cejaz, no es un referente para muchos, excepto para los más cercanos.

Antes de los 14 años, Cejaz ya tenía un hijo y se pasaba con naturalidad por el Cartucho, el gueto más grande que ha tenido Colombia. Ni el más punk hubiera recorrido las calles del centro de Bogotá como lo hizo John durante las primeras dos décadas de su vida. Se dedicaba a la supervivencia, a lo gonorreíta, como él mismo expresa en sus canciones. “Me decían Jhon Lámpara; me pasaba con Freddy Lámpara y me iba a robar con ellos que ya eran ratas. Vestidos, bambas, bolsillos, nos quitábamos lo que fuera”, cuenta Cejaz.

Aunque gracias a Blanca, su madre, nunca le hizo falta un plato de comida, Cejaz explica, en una breve biografía incluida en su disco Diamante de mi barrio que fue en las calles donde empezaron los sueños y su búsqueda: el simple deseo de los niños por un par de buenos tenis de marca son el detonante para que se vuelvan “ratas, unas gonorreas sin pesar… ¿Por qué la vida los trata así, a los hijos de la plaza? ¿Por qué a los hijos de los borrachos, de los viciosos, de las putas viciosas? Si ellos crecen en las ollas, bajo el humo de las malignas plantas hechas polvo del diablo”.

Para Cejaz, su encuentro con Manny no se trata de una casualidad. Fue el destino que los cruzó en un bar de Ciudad Bolívar, en el que Cejaz cantaba y Manny escuchaba.

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Son las ocho y media de la noche y Manny va con Ana, su mujer, y con otro socio de la Crack al encuentro de Cejaz. La cita es a la salida del centro comercial Plaza España y, tanto Manny como Ana, se imaginan que los van a hacer esperar un buen rato. Si hay algo que caracteriza a Cejaz, a sus 28 años, es su impuntualidad. Nadie sabe bien qué es lo que hace pero, justo cuando tiene que aparecer, como parte del acto de un mago, desaparece. Ya ha cerrado su local de ropa y Manny va a buscarlo. Lo saluda, gira para hablar con otro comerciante y, cuando vuelve a ver, sencillamente Cejaz se ha esfumado.

Chapas, otro miembro de Crack Family que llegó a la cita para la noche de trabajo, también esperaba con paciencia. “Siempre lo hace. Es como su forma de darse importancia. Por ejemplo, en los conciertos, así ya esté la cúpula de la Crack preparada para cantar, nadie sale si él no ha llegado y él se demora porque sabe que sin él no comienza el espectáculo”.

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La impuntualidad de Cejaz ha logrado cruzar ciertos límites. Con Crack Family han estado en Noruega, Alemania, España, Francia y otros países del antiguo continente y, según cuenta Manny, Cejaz Negraz los ha hecho sufrir cada vez para abordar el avión. Alguna vez estaba en Ecuador y tenía que llegar a Bogotá para un compromiso, por lo que Manny lo llamó a recordarle que en un par de horas tenía el vuelo de regreso. Cejaz solo le dijo “perro, a mí esos manes me conocen”, y como predijo Manny, el vuelo llegó a Bogotá sin Cejaz. No era la primera vez que perdía un avión.

Sin embargo, nadie se lo recrimina. “Lo peor es que uno ya está ofendido, puto con él y aparece. Como si nada. En un momentico llega, lo hace reír a uno y, como que estar rabón con Cejaz se hace difícil, porque tiene mucho carisma. Sonríe y es como si nada hubiera pasado”, cuenta Ana, unos minutos antes de que Jhon cruce la esquina y su descripción se haga realidad. Con su llegada, la noche del sábado apenas comienza.

El evento está a un mes de distancia y van a distribuir por toda la ciudad, entre mano a mano y paredes, 19.000 carteles. Primero por los alrededores de la Plaza España y el centro. Con balde en mano, Cejaz, Manny, Chapas y los demás caminan con la colada, un rodillo y los afiches. Los van pegando en los postes, en las paredes de los corredores principales. Los curiosos se acercan a preguntar y se llevan un par de avisos en los bolsillos. Lo único que no tapan con su publicidad son los grafitis. “Para eso no se necesita explicación”, dicen los de la Crack.

Justo frente a la mariposa de San Victorino, mientras Manny eleva el rodillo y Cejaz fija un cartel en una pared, un grupo de unas veinte personas, en su mayoría jóvenes, salen de la estación de TransMilenio por la puerta de ingreso a los articulados. Caminan rápido y con ambiente de fiesta. Durante algunos segundos la actividad de la Crack se detiene. “Todos esos pelados van para el Bronx: allá es como ir a un rumbeadero, como ir a un centro comercial, pero de los gamines. Allá pueden fumar bareta tranquilos, consumir lo que quieran, emborracharse, farrear. Y no les pasa nada porque cerquita está un man —hace el ademán de un guardaespaldas que tiene un arma de fuego en la cintura lista para ser disparada— que los está protegiendo porque son clientes”, explica Cejaz. Les deja a un par de muchachos algunos carteles del evento y vuelve con expresión de decepción, pero sin desaprobación, porque así está la cosa y eso, aunque los medios de comunicación no lo quieran enfrentar, es normal.

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Más adelante, al interior de San Victorino, decenas de personas separan residuos para reciclaje y, mientras lo hacen, observan los afiches que llegan a sus manos.

—¿De qué es esto, parcero?

—Rap colombiano, la Crack Family en concierto, nuevo disco. ¿Sí le gusta el rap?

—Sí. ¿Cuándo?

—El mes que viene, ahí está la información…

—¡La buena!

—La buena, papá, Crack Family: ¡no se le olvide!

Cejaz Negraz hace la conversación. Manny es menos elocuente: son cara y sello de una misma moneda, pero con los mismos criterios de vida. Mientras se fuma un cigarro, Manny cuenta que los han invitado del Ministerio de Tecnologías de la Información y de algunas universidades a dar charlas sobre manejo de redes sociales y nuevas tecnologías, y se ríe para sí mismo. “Si es que nosotros no somos expertos en redes ni un fenómeno social ni illuminati —suelta una carcajada breve, y aclara entre dientes que ni han visto a un illuminati en la vida—, nosotros lo que tenemos es amigos, mucha gente interesada en lo que hacemos porque les gusta. Llamamos a un parcero que llama a otros y así se va expandiendo la cosa. Por eso cuando una marca de bebidas energizantes le ofreció a Cejaz patrocinio, les dijo que no. Porque querían que nos vistiéramos de una forma y otra y quién sabe qué más. Lo de nosotros no está atado sino a lo que queremos”.

Para ellos, la Crack Family es un estilo de vida, algo que muchos viven, algo que los bandidos, los jóvenes de los barrios bajos del mundo entienden. Algo que incluso los más adinerados conocen, pero que le tienen miedo. “Por eso el bandido, el símbolo de un rostro que cubre una pañoleta, es el que aparece en todo lo referente a la Crack: porque somos muchos y no tenemos rostro”, explica Manny.

Algunas hogueras complementan la escasa iluminación pública de San Victorino. Una cuadra antes del semáforo que da paso a la estación de la Avenida Jiménez, del lado oriental de la Caracas, sobre la calle 10, una señora abanica con un cartón a una parrilla en la que prepara carne asada. Tan pronto la ve, Cejaz anuncia que va a hacerle la compra, que ella es la mamá del chino Natas, el parcerito que canta rap, que ya vuelve. Cruza la esquina rápidamente, la saluda y le compra algo para llevar.

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Tras cruzar la Caracas, el panorama es distinto. “Acá esto está lleno de los puros crazies, parecen zombis estos manes, solo les gusta soplar… Hasta me dan ganas de hacer una canción sobre eso, ¿se imaginan, puros zombis en el video y una buena canción?”.

Qué calor en la ciudad fría, qué matemática de la analogía, canta Cejaz en la canción “Crackbomb”.

Pegan algunos carteles más y terminan su labor en el sector.

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Pocos artistas colombianos podrían darse el lujo de tener dos premios Shock y ser realmente apreciados en los barrios bajos de Bogotá. “Somos como los arrieritos: ahí vamos, ahí vamos, con progreso continuo” le dice Cejaz a Manny y lo repite en sus canciones. Sus perspectivas y las de Crack Family han cambiado con el tiempo. Las letras se siguen dirigiendo al mismo público pero ahora no solo alientan a sobrevivir sino a avanzar continuamente en lo que se haga, no importa qué, pero que haya un avance.

Difícilmente Crack Family podría sentarse a juzgar a sus fanáticos. “Yo no estudié una carrera para hacerme empleado de nadie, lo hice para saber más del mundo. Voy a seguir trabajando en lo mío, con mi música, con la música de la Crack Family. Y lo mismo hace Cejaz”, dice Manny. 

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La noche avanza y Crack Family se dirige al barrio San Bernardo. Caminan tranquilos porque los conocen, porque están acostumbrados, porque son de ahí. Como un senador por el Capitolio. “Cuando acabaron el Cartucho casi todo eso se desplazó aquí, al Samber. Es severa olla”, algo así como un estado independiente, explica Ana, a medida que el trayecto se acerca a la calle 5.

Cada vez se vuelve más lento el avance, porque a Cejaz lo detienen en cada esquina los transeúntes nocturnos. Un abrazo, un choque de nudillos, “Cejaz, sin palabras… déjeme uno de esos [un cartel]… ¡firme!”.

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Dentro del “Samber” cada cual está en su cuento pero la escena se repite de tanto en tanto. En un local suena a todo volumen “Drogadicto en serie”, de Crack Family, y, mientras lo hace, pasan casi desapercibidos sus autores. “Esa es de las que más les gusta”, dice Manny, de nuevo con algo de decepción, pero sin desaprobación, porque sabe bien de qué habla y, a lo mejor, espera que escuchen bien la canción.

Si vive lo que yo vivo, en la calle nos encontraremos, canta Cejaz en “Swing de Barrio”.

De noche, algunas calles están tan vivas como en el día y la empresa se detiene para descansar un poco. Cejaz Negraz invita al parche a tomar algo, se toma un jugo y prende un porro que llena de humo sus pulmones. Poco alcohol consume y solamente ”se desordena por épocas”, aunque ya no lo hace tanto, ni le gusta frecuentar sitios públicos en los que haya mucho joven tempestuoso que “pique a loco”. Tampoco baila mucho, le gusta más “vacilar”, mamar gallo.

El camino continúa y los últimos afiches se destinan a Cuadra Picha, en el sur. Allá son recibidos con más vehemencia que en el centro: los asedian las admiradoras, muchos les piden autógrafos y fotos. Manny continúa con el trabajo pero Cejaz no logra escapar de los fanáticos que lo tienen tan cerca. Llegan con esfero y papel para la firma, con el celular para el recuerdo y se llevan su sonrisa en la mano.

Sin embargo, a Cejaz no le gustan los lugares así. “A mí me toca cuidarme, yo no quiero tener que pagar un canazo tontamente porque algún pelado quiso decir que le dio una cachetada al Cejaz, solo por bufonear, por nada más, porque ¿qué más sacarían de eso? Yo no voy a reaccionar bien, yo sé que le voy a hacer daño porque es mi instinto, es mi naturaleza… Mucha gente cree que a nosotros nos han regalado todo, que no trabajamos lo que tenemos y vienen a montarla, pero de mí y de la Crack Family no pueden decir cualquier cosa así porque sí y yo voy a reaccionar, ¿me explico?”.

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Manny, horas atrás, me contó que uno de sus criterios de vida es defender a los suyos de la mentira y la difamación, de que anden diciendo “cosas que no son: Pocos se dan cuenta de todo el trabajo detrás de nuestro proyecto musical. Cada producción, cada gira, cada salida a Europa, a Suramérica, las financiamos con nuestro propio dinero, como una inversión que sale directamente de nuestros bolsillos. Cada disco es una inversión que da resultados, pero no porque sí, sino porque innovamos, estamos en constante cambio”. Esto les ha dado lo suficiente como para pagarse una carrera universitaria, las pensiones de sus hijos, la renta –en el caso de Cejaz, que no tiene su castillo, como le llama Manny a su casa propia–, para levantar una pequeña marca de “ropa ancha” con sus respectivos ayudantes; también para realizar los videoclips de sus canciones, para llenar la nevera, divertirse y movilizarse en vehículos particulares que no son precisamente limosinas al estilo Snoop Dogg. Sólo es la calidad de vida a la que muchos colombianos no tienen acceso. Pero se mantienen cerca de los que no tienen rostro, los que, junto con sus propia vidas, dan la inspiración a sus canciones.

Algunos minutos después de que terminan el trabajo de la noche, ya sin afiches en la maleta, dos vendedores ambulantes reconocen a Manny y a Cejaz Negraz, les ofrecen unas rosas para sus chicas, pero los MC les dicen que no, que en otra ocasión, que muchas gracias. Los jóvenes insisten, los persiguen desde atrás y acercan sus palabras a los oídos de la Crack Family. Suave, pero directo al canal auditivo de Cejaz llega una de las frases que más lo enloquecen: “Es que como ahora son famosos y tienen billete ya no son de la calle, ya no tienen humildad”.

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Manny le llama a esas situaciones, y en general a lo que provoca esas palabras, “el doble filo de la fama”. Por eso a Cejaz no le gusta pasarse mucho por ahí. En una sola acción, rápida, certera, tal como dijo que sería, Cejaz Negraz suelta el balde de la colada (ahora vacío), se voltea hacia su interlocutor, se quita la gorra y de un cabezazo hace retroceder al joven que lo ofendió. Manny reacciona y los dos vendedores se ven obligados a la retirada. Una gresca rápida, sin mayor repercusión, pero contundente: de la familia no se dice nada malo en frente de sus integrantes.

Una de las señoras del barrio, que conocía a los vendedores, corre hacia Cejaz.

—Cejitaz, qué pasó, no me le haga nada a los muchachos, mire que ellos son del sector, trabajadores pobres.

—Doña, pero no ve que andan diciéndome que no se qué, que ahora soy rico y güevonadas así.

—Sí, pero perdónelos, no les haga nada, por favor…

Esta vez, las cejas negras de John cambian de formación y se relajan. Es hora de seguir por su camino.

Pues soy un fuckin’ G, minga, y nunca he cambiado. Mi música cambió a través de los muchachos, no importa el mensaje, vivía en el mundo malo; mi dispositivo lucha con su negativo, aprenda que en la calle es como ese fuerte río, Canta Cejaz en “Superfiziez”.

La noche terminó y Cejaz se despidió sonriente.

“La buena”, dice al despedirse.

 

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