POR: Esteban Duperly Lunes, 13 Febrero 2017

Una de las colecciones de fotografía más extensas de América Latina se encuentra en Medellín, en la Biblioteca Pública Piloto. Allí se conservan desde piezas con más de siglo y medio encima, hasta el trabajo de reporteros gráficos modernos. Un retrato escrito de un lugar donde se guarda la memoria y se le hace el quite al paso del tiempo y al olvido.

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El sitio es oscuro y frío, y también algo seco. Se parece un poco a esas bodegas cinematográficas donde se guardan secretos. Siempre está en penumbra y a 17 grados centígrados; las condiciones necesarias para que la vida se desarrolle de manera lenta. De hecho, entre más lento mejor. Porque resulta que todo lo que aquí se guarda es viejísimo y se degrada minuto a minuto como parte de un proceso natural que toca a todas las cosas y objetos, incluidas, especialmente, las fotografías. La buena noticia es que ese deterioro se puede retardar. Casi, casi detener.

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En un lugar como este se le saca el cuerpo a la vejez y a la decrepitud. El objetivo es que un puñado de años se conviertan en décadas, y las décadas en siglos, y así evitar que piezas muy valiosas, que aún tienen mucho que contar, se echen a perder y se olviden. Hablo, para ilustrar con un caso real, de un daguerrotipo fechado de 1848 que conserva la figura casi fantasmagórica de la señora Froilana Sáenz de Lince. Esta es una imagen especial: curiosamente ella no mira hacia la máquina que la retrató y, más extraño todavía, sonríe, quizás el gesto más escaso en las primeras etapas de la fotografía, donde hasta los niños lucen severos y circunspectos. ¿Por qué? Dejo esa duda por si alguien quiere venir a investigar y averiguarlo. Lo cierto del caso es que con 169 años encima, esta pieza sigue ahí, casi intacta, colmada de información. Por ejemplo, y esto va para quienes aman la moda: Froilana está vestida más que elegante y se cubre los hombros con un pesadísimo chal de tafetán o raso de seda, bordado con hilos.

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Los daguerrotipos constituyen la primera forma consistente de una imagen fotográfica fija sobre un soporte y son una suerte de ancestro primitivo de la fotografía moderna. Son unos fósiles. Son objetos raros y escasos, así que poderlos apreciar es una suerte. La oscuridad, la temperatura y la humedad controladas les alargan la vida porque los microorganismos que los afectan caen en una modorra, en un letargo, y su tasa de trabajo disminuye. El truco tiene un poco de criogenia.

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Pero los daguerrotipos del Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín son, para decirlo en términos fáciles, apenas la punta del iceberg. Hacen parte de una colección muy amplia, que incluye otras rarezas como ambrotipos, colodiones, ferrotipos y cianotipos; las técnicas pioneras y perdidas del arte fotográfico, cuando capturar y fijar una imagen tenía más que ver con óptica y química, que con oprimir un botoncito y compartir vía Wifi.

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A todo esto se suman algunas cámaras que más parecen locomotoras –enormes, cuadradas, llenas de perillas y fuelles y manivelas– y objetos personales, libretas, libros de apuntes y herramientas de una constelación de viejos trabajadores de la luz. Aquí se conserva y se custodia la obra completa, o fragmentos de ella, de buena parte de los fotógrafos más fundamentales de Colombia a lo largo de los siglos XIX y XX.  Como Benjamín de la Calle, cuyo fondo marcó la fundación de este archivo en la década del ochenta. De él se conservan 7000 negativos sobre vidrio que se salvaron de la muerte cuando se le compraron a un laboratorio clínico que desconocía de qué se trataba y borraba las imágenes para usar el soporte transparente. O el trabajo masivo de la Fotografía Rodríguez –encabezada por el viejo Melitón– que suma 400.000 piezas. Entre adquisiciones propias, donaciones y comodatos, la colección completa del Archivo Fotográfico BPP llega a una cifra que, expresada redonda, es de 1.700.000 fotogramas, e incluye a otros fotógrafos notables como Rafael Mesa, Manuel A. Lalinde, Pastor Restrepo, Francisco Mejía, Obando, Gabriel Carvajal, León Ruiz, Horacio Gil Ochoa, Diego García Galeano, y otros más. 

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Conservar fotografías es un reto grande. Siempre se trata de material sensible que debe manipularse con mucho cuidado. Lo principal es la limpieza, porque a menudo llegan al archivo luego de estar arrumadas en anaqueles o armarios de los herederos de los fotógrafos. Han pasado años y años acumulando polvo y cultivando civilizaciones fungi. Al entrar acá son como enfermos a los que se les aplican primeros auxilios con agua destilada, alcohol, una brochita, un hisopo de algodón. Algunas fotografías son desahuciadas, porque sus condiciones son tan paupérrimas que no dejan otra opción. Es triste, pero tener el corazón lo suficientemente duro para el descarte también es parte del trabajo.

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El material que es viable conservar, pero su estado es crítico, se aparta para restauración. Un restaurador de fotografías es alguien muy parecido a un artesano filigranista: la capa que contiene la imagen –llamada emulsión– tiene tal vez menos de media docena de micras de espesor, y es más frágil que el hojaldre. O a veces todo parece más un rompecabezas: el soporte de muchos negativos de finales del siglo XIX y del XX no es acetato o poliéster sino vidrio, y cuando llegan quebrados hay que armarlos nuevamente, con paciencia y cuidado.

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Todo lo que se restaura, o lo que se encuentra en condiciones aceptables, pasa a catalogarse con base en categorías archivísticas que incluyen el tipo de soporte, la fecha, la temática que desarrolla. Aquí se mezclan varias disciplinas, de ellas la más útil tal vez es la historia, porque una foto no es tan potente si no sabemos quién o qué aparecen ahí, o quién fue el autor, en qué año disparó; ¿lo que vemos es un paisaje que ya no existe? O quizás ese niño de pantaloncito corto y camisita de marinerito llegó a convertirse en presidente.

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La interpretación de la imagen es lo que le da sentido a las hileras de estanterías –colmenas, en lenguaje de archivistas– llenas de imágenes viejas que están ahí para… para… para… eso es lo que a menudo no trasciende. ¿Para qué guardar fotos? La respuesta es: para conservar la memoria. En 2012 la UNESCO incorporó este lugar a su registro de Memoria del Mundo, pero, aún así, habrá quiénes se pregunten la memoria para qué. Pues para muchas cosas importantes, entre ellas una muy práctica: para nutrirnos de ideas, tal como hacemos con todo aquello que guardamos en el cerebro y de lo que echamos mano cuando vamos a iniciar un proceso creativo.

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Un archivo no es una bodega de viejeras, sino una gran despensa de ideas. Así: una colección de retratos de señoritas de 1920 bien puede detonar una colección de moda contemporánea. Los urbanistas pueden encontrar los rastros de ciudades que alguna vez no estuvieron infestadas de esmog y construcciones contrahechas, y a partir de ahí establecer puntos de comparación. O los colectivos de arte urbano, que con tanta persistencia buscan originalidad, pueden extraer de estas imágenes una inspiración muy distinta a la que les arroja Google. Además, todo está cargado de elementos visuales muy ricos: texturas, desgastes, sellos, anotaciones del fotógrafo. El material está lleno de rastros dejados por artesanos de ese antiquísimo oficio manual que era la fotografía.

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El asunto con lo patrimonial, y por eso a menudo nos parece tan aburrido, es que no entendemos muy bien para qué nos sirve hoy. La respuesta es: sirve como punto de partida para crear cosas nuevas. Nadie ha llegado a ser original y contemporáneo sin revisar primero el pasado. Lugares como este, tan lleno de otras épocas, tienden un puente entre dos tiempos.

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separadorFotografía: Archivo fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín

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