POR: Diana Correa FOTOGRAFÍA: Diana Correa Sábado, 29 Noviembre 2014

Puerto Berrío es una mezcla de amor y desazón. Así la vivimos.

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entamente, el calor hace que te des cuenta que has salido de Bogotá, la ciudad de los afanes y la de los trajes formales. El clima te dice que has llegado a un lugar en el que el sol y el cielo azul son imponentes la mayor parte del tiempo. Un tapete de agua –el río Magdalena– y un puente monumental te dan la bienvenida a Puerto Berrío, un municipio ubicado en todo el centro de Colombia, en el ombligo de esta parte minúscula del globo terráqueo.

El río rodea a Puerto Berrío (Antioquia). Sus aguas son la primera imagen que cada día, y durante todo el año, ven los porteños cuando se levantan. Se dice que este pueblo se mueve con el calor pero también lo hace con las historias del pasado; hechos que han marcado profundamente hasta el cemento más impenetrable.

Para describir este lugar, hoy en día, basta una palabra: alegría. El silencio no es algo común. El ambiente siempre lleva el ritmo de las motos y de la música a todo volumen en la mayoría de calles –desde el vallenato más viejo hasta el tango más profundo–.

Los rieles por donde alguna vez pasó el ferrocarril de Antioquia, ahora con sus vagones arrumados y olvidados en la última estación de la vereda Grecia, se disponen para que las motomesas (unas tablas con ruedas que son impulsadas por motocicletas, también conocidas como brujitas) transporten personas y objetos entre caseríos y municipios.

El Hotel Magdalena, ahora museo, uno de los más importantes desde hace 60 años, fue visitado por los reyes de España y algunos cantantes famosos, como Celia Cruz, porque este paso fluvial era tránsito obligatorio para quienes iban a Bogotá. La edificación era el lugar en el que la clase alta de Bogotá, Medellín y Santander iba a pasar su luna de miel. En el año 2014, mucho después de su apogeo turístico, sigue allí con su majestuosidad, sobreviviendo al paso del tiempo.

En Puerto Berrío, durante la noche se elevan las torres de luz –las más grandes de Suramérica, según dicen sus habitantes– que se encuentran alrededor del río Magdalena; estas iluminan la superficie líquida y son la señal de que algunos pescadores están trabajando en la oscuridad.

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Nunca había estado en este sitio; pasé cuatro días y vi y sentí la capa densa del pasado que todavía permanece y cubre estas tierras: la violencia entre guerrilleros y paramilitares que azotó esta región del Magdalena medio durante muchos años, y aun, con esquirlas en el camino, no se ha podido dejar de lado.

Hernán Montoya, el animero de Puerto Berrío, saca a pasear las ánimas del purgatorio por todo el pueblo con su campana, su rosario y su capa negra, todas las noches de noviembre (el mes de los muertos); lo hace desde hace catorce años para que las almas en pena descansen, para que el espíritu de los cadáveres que tiraron al río, sin sepultura cristiana, sin nombre, dejen de deambular con sus penas terrenales.

El río Magdalena es la gran fosa común de Colombia y al cementerio de Puerto Berrío llegan muchos cuerpos sin identificar. Los porteños, en su afán por el luto ajeno, porque no tienen el suyo (aun no encuentran los cuerpos de sus desaparecidos), apadrinan a los NN. Sobre las bóvedas firman “NN escogido”: ese muerto ya tiene dueño.

Y la gente les reza a cambio de milagros: “que mi Nacional quede campeón”, “que pueda conseguir un trabajo”, “que me gane la lotería”, “que deje la bebedera”. Paradójicamente, los difuntos desconocidos son los más visitados del cementerio.

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A pesar del desplazamiento y el desarraigo de algunos habitantes de Puerto Berrío, la prisa ya no es por huir del perseguidor sino para esconderse del sol. El eterno sol va más allá de los patrones de turno. Este pueblo siempre tiene las puertas de las casas abiertas para que entren la brisa y el sonido del río, las calles huelen a bagre, a bocachico, a cerveza y a aguardiente… y no a muerte.

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