POR: Carolina Vegas Martes, 04 Abril 2017

¿Desde cuándo tejer es un acto de resistencia feminista? ¿Quiénes eran todas esas mujeres que salieron a marchar en contra de Donald Trump usando un gorrito de lana rosado? ¿Qué es un pussyhat y por qué no tengo uno? ¿Lo puedo hacer? ¿Hay tutoriales de YouTube? Esta es una crónica de una búsqueda entre lanas y agujas.

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iempre me ha generado gran curiosidad la gente que teje. A pesar de que reconozco mis nulas capacidades motrices, me siento maravillada al ver que alguien es capaz de crear con sus manos. Esta sensación regresó con fuerza cuando el 21 de enero millones de mujeres marcharon por sus derechos y en contra del recién posesionado presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Más allá de los ríos de gente que se volcaron a las calles, a pesar del frío, el gran protagonista de la jornada fue el ahora célebre pussyhat, aquel gorro con orejas de gato en lana rosada o fucsia, hecho a mano, que inundó las calles y las redes sociales, convirtiéndose en una declaración abierta y pública que gritaba a todos: “Soy feminista, me siento orgullosa… y sé tejer”. 

En plena resaca por el ascenso de un misógino a la posición de líder del mundo libre, por la lucha frontal que hay en Colombia en contra de la supuesta ideología de género -que finalmente busca coartarnos los derechos a muchos- y por las cifras de violaciones y feminicidios que escalan de forma vertiginosa en todo el mundo, tuve que ponerle un freno de mano a la emoción que generaron esas imágenes.¿Cómo así que las feministas ahora tejen? ¿Acaso las tareas domésticas no eran el grillete que nos mantenía presas y sumisas dentro del patriarcado? ¿No son estas manualidades tan históricamente “femeninas” un vehículo para nuestra opresión? ¿Qué tamaño debe tener la aguja para tejer un pussyhat? ¿Hay algún tutorial en YouTube? ¿Qué significa ser feminista en el siglo XXI?

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Es fascinante ver como una lana, con la ayuda de una o dos agujas, poco a poco deja de ser aquella tira larguísima, inconsistente, para transformarse en una tela. La base de todo nuestro mundo, al final, es ese resultado que nace de los nudos formados con paciencia y pericia. La ropa, los tendidos, todo lo que nos cubre, que protege la piel del frío, está fabricado así, por medio de hilos que se entretejen para crear algo que aparece ante los ojos como un acto de magia. La supervivencia misma del ser humano, su desarrollo y evolución han dependido en gran medida de esa capacidad de vestirnos, del poder de crear con las manos esas ropas que nos han permitido conquistar las tierras más heladas, a pesar de que el animal humano no cuenta con gruesas capas de pelaje, o grasa protectora debajo de la epidermis.

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Aquello que hasta hace tan solo un siglo era una labor necesaria se convirtió, gracias a la industrialización, en un hobby para ciertas sociedades desarrolladas en el mundo actual. Tejer pasó de ser un arte a convertirse en una manualidad apreciada y femenina pero subvalorada, a ser hoy un acto subversivo. “Valorar el arte de tejer es un acto feminista en sí mismo… porque denigrar el tejer se relaciona directamente con la denigración de una actividad que ha estado tradicionalmente centrada en las mujeres”, escribe la doctoranda Beth Ann Pentney en su ensayo “Feminismo, activismo y tejer: ¿son las artes hechas con fibras un modelo viable para la acción política feminista?”. Ella se basa en la teoría de Debbie Stoller, una feminista que escribió el libro Stitch n’ Bitch: The Knitters Handbook en 2003. Este texto se ha convertido en una especie de biblia para los círculos de tejido activistas que se han organizado en varios lugares del mundo durante las últimas dos décadas.

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¿Pero qué tiene de subversivo tejer? Al hacer esta pregunta es inevitable pensar en todas aquellas mujeres mayores que iban por el mundo tejiendo en reuniones familiares o con sus amigas reunidas alrededor de una jarra de té. Ellas, además de poseer capacidades especiales con sus manos, contaban con el tiempo para dedicarse a esta actividad y con el dinero extra para comprar lanas, hilos y agujas, a gusto. Como aquellas damas que se sentaban en el cuarto de costura durante la época victoriana a adelantar sus proyectos manuales para quemar el tiempo y no doblegarse al aburrimiento de aquellos larguísimos días que, cuando eran privilegiadas, no contaban con demasiada actividad, más allá de las visitas sociales de rigor.

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En la búsqueda por entender este fenómeno encontré al colectivo Fulanas, un grupo de feministas colombianas que se dedica a cargar de simbología política el acto de tejer en público. Porque ahí, en el hecho de sacar el tejido del espacio doméstico a la calle, está su primer aspecto agitador. “A mí al principio me daba pena sacar mi tejido en un café. Era raro, porque veníamos muchas y la gente lo miraba a uno como si lo que hacíamos estuviera fuera de lugar”, cuenta Susana Mejía, cofundadora de Fulanas. Ellas, además de reunirse en cafés a tejer, charlar y comer, organizan yarn bombings. Estas son intervenciones a lugares públicos con piezas tejidas que las personas llevan o que se sientan a hacer en el lugar. Los bombardeos de hilos, como se traduce de manera textual el término en inglés, los han organizado para Tejido al Parque en el día internacional del tejido en público que se celebra el 20 de junio y en los que han logrado reunir a más de doscientas personas; también en el día contra la violencia de género, cuando cubrieron varios árboles del Park Way con obras hechas en lana, y para la celebración de los diez años de la sentencia C-355 que despenalizó el aborto en varias circunstancias en Colombia. 

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Este colectivo busca posicionar el tejido en Colombia como un ejercicio que va más allá de la manualidad, para convertirse en una propuesta de activismo dentro del movimiento feminista nacional. Aunque no ha sido fácil, pues al igual que en otros países ellas se han enfrentado al rechazo de esta iniciativa por parte de feministas que se adscriben más a la segunda ola del movimiento, aquellas que quemaron sus brasieres y rechazaron todo tipo de opresión doméstica. La propia Germaine Greer, académica y feminista australiana, declaró en un texto que escribió para The Guardian que el uso del tejido como herramienta activista raya en el “heroísmo inútil”. Según la autora de La mujer eunuco, uno de los textos básicos del movimiento por la igualdad de género en los años setenta, “las mujeres han malgastado sus vidas cosiendo cosas para las que no hay demanda alguna”. 

Aun así, el esfuerzo por resignificar los espacios, las labores y las palabras, uno de los grandes propósitos de la llamada tercera ola del feminismo, sigue adelante. Las feministas modernas han buscado usar la cultura popular como medio para lograr posicionar sus mensajes antiestablecimiento. Una de las maneras de lograr esto ha sido por medio del boom del movimiento DYI, do it yourself, es decir, “hazlo tú mismo”. Tejer y todas sus acepciones entran en él. “El hecho de poder hacerse uno sus propias cosas es un acto súper revolucionario”, dice Susana mientras abre los ojos, emocionada.

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Es en gran medida esto lo que ha hecho el Pussyhat Project, un movimiento subversivo a varios niveles. La palabra pussy tiene diferentes significados, dos de los más comunes son vagina y gatito. En plena campaña presidencial en los Estados Unidos se reveló una grabación en la que Donald Trump decía que cuando se es una celebridad, como él, se puede hacer cualquier cosa, por ejemplo, agarrar a las mujeres por el coño (“grab them by the pussy”). El triunfo presidencial de Trump llevó que a Krista Suh y Jayna Zwieman, aficionadas al tejido, se les ocurriera la idea de usar el patrón de un gorro muy fácil de elaborar que emula dos orejas de gato y que busca ser una protesta frontal a las palabras del ahora presidente. “Pussy grabs back” (algo así como: “el coño/la gatita te agarra de vuelta”) se ha convertido en el grito de batalla contra el presidente y sus políticas retardatarias, en especial respecto a los temas que conciernen a la salud sexual y reproductiva de las mujeres. Usar el pussyhat es una protesta contra el machismo y el patriarcado, pero el chiste no es sólo ponérselo, es hacerlo uno mismo. En un esquema que busca burlar las leyes comerciales, el verdadero valor de este gorro con orejas está en que no es un bien comercial. Los círculos de tejido se han reunido desde el año pasado a hacer cientos de miles de gorros para regalar durante las marchas, la de enero y la del 8 de marzo por el día internacional de la mujer, que se llevó a cabo en varios países.

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El día que conocí a las Fulanas, en un café de Chapinero, algunas de ellas estaban, precisamente, tejiendo gorros en lana fucsia para la marcha del 8 de marzo. Ese es el otro aspecto revolucionario que tienen los círculos de tejido feministas y es que sus proyectos, más allá de lograr una visibilidad sobre el arte de tejer, tengan un fin de “empoderamiento, justicia social y la construcción de comunidad entre mujeres”, como escribe Pentney. 

La primera vez que oí hablar de un circulo de tejido fue en el año 2013. Visitabaa una amiga en Guadalajara y ella me contó que pertenecía a uno y que su proyecto en ese momento era hacer prótesis mamarias para mujeres víctimas de cáncer de seno que hubieran sido sometidas a mastectomías radicales. Las prótesis externas, además de incómodas en muchas ocasiones, son también bastante costosas. Las que ellas estaban tejiendo serían donadas. “El grado de dificultad para tejer estas piezas es realmente alto, hay que tejer con cuatro agujas. Por momentos creí que jamás lo conseguiría, pero ver una prótesis terminada te llena el alma”, cuenta mi amiga mexicana, Belén Zapata, quien perteneció durante un par de años al colectivo Tejército, que aún se mantiene firme en la ciudad de los mariachis. “No solo es el esfuerzo manual y mental, es la gran satisfacción de saber que esa pieza tejida con tanta dedicación, esfuerzo y amor será para una guerrera”.

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Círculos alrededor del mundo también han trabajado en proyectos para tejer mantas y gorros para migrantes, bebés de escasos recursos y refugiados. Uno de los más recientes fue el proyecto de “La manta de la vida” para las víctimas de la guerra en Siria. Otros grupos se han reunido a tejer úteros y vaginas de lana con el fin de enviarlas a los responsables de crear y gestionar políticas que van en detrimento del bienestar de las mujeres, con la idea de que ya ellos teniendo sus propios órganos para jugar y hacer lo que les venga en gana, dejen de meterse con los nuestros. 

separadorDe la teoría a la práctica

Toda la vida me he considerado una “manicagada”, pues desde pequeña he sabido que la motricidad fina no es mi fuerte. Nunca fui buena pintando, mi letra era motivo de burlas y mi madre me obligó a hacer millones de planas para mejorar mis capacidades caligráficas. Siempre fui la estudiante que cortaba papel sin respetar bien los bordes o la que pegaba cualquier hoja de manera chueca y desprolija. De pequeña traté de aprender a tejer y a hacer crochet, pero mi escasa habilidad, y muy limitada paciencia, me llevaron a abandonar proyectos apenas iniciados y a luego desistir por completo. Con el tiempo, y quisiera decir que también gracias a cierta madurez que se acumula en 35 años de vida, aprendí a ser más paciente. Descubrí que mi letra no era tan fea como creía, que era mía y era un vehículo para escribir ideas e historias en cuadernos bonitos con esferos de colores, cosa que siempre me ha hecho feliz. También aprendí que con algo de esfuerzo era capaz de pegar cosas derecho y sin arrugas, y que las tijeras no eran mis enemigas. Así que también, pensé, podría retomar el proyecto de aprender a tejer. 

“Pero, ¿eso sí se te da?”, me preguntó con una sonrisa burlona Benjamín, mi amigo de infancia, compañero de colegio y conocedor de mis limitantes a nivel manual, cuando le conté que había asumido el reto de aprender a tejer como parte de la reportería para escribir esta crónica. Él, al contrario, siempre ha sido muy hábil, tanto así que en clase de costura supo hacer punto y cruz, y manejar la máquina de coser con una maestría inmensa, mientras yo apenas si lograba enredar los hijos y trabar aquel espantoso aparato con su aguja velocísima. “Pues estoy tratando”, le contesté tímida, mientras abría mi cartera para pagar un café y buscaba que no viera la bolsa en donde llevaba una madeja de lana y una aguja de crochet de cinco milímetros.

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Ya en el café de Chapinero, a pesar de solo estar armada con mi grabadora de periodista, mientras acompañaba al círculo de mujeres a tejer, me pude dar cuenta del inmenso nivel de intimidad que se logra cuando un grupo de personas se reúne a charlar mientras ocupa sus manos con hilos y agujas. La conversación fluye con desparpajo, las confesiones están en la punta de la lengua, la risa es fácil. Dicen que tejer es un ejercicio que ayuda a reducir el estrés -claro, cuando uno no tiene que deshacer más de diez veces su proyecto porque adiciona puntos, o se come puntos, o lo que está haciendo no tiene pinta de tela en lo más mínimo- y reunirse a echar chisme eleva la producción de oxitocina. Entonces, combinar ambas cosas genera un sentido de bienestar excepcionalmente grato.

No tuve una mamá o una abuela que tejieran y me pudieran enseñar, así que en aras de lograr mi cometido y aprender a dominar las lanas decidí buscar la ayuda de mis amigas tejedoras, para que ellas depositaran en mí los saberes milenarios que les habían traspasado sus parientas. En casa de Francisca nos reunimos un domingo por la tarde, con Cristina y Aura Carolina, a comer bizcochos por montón y aprender el arte del crochet. “La gente que teje apretado es tacaña, es lo que dice mi mamá”, me reveló Cris. Mientras trataba de sostener el tejido con dedos entumecidos, me esforzaba por que no fueran a pensar que yo lo era.

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Aprendí a hacer punto bajo y punto alto, y armada con el primero emprendí el proyecto inaugural: mi pussyhat. Tejer se convierte en una obsesión con facilidad. Ver que algo toma forma entre las propias manos es emocionante. Inspirada en las madonas tejedoras del siglo catorce senté a mi hijo a ver Peppa Pig (en donde la Reina de Inglaterra también teje sentada en su trono) más tiempo del recomendado mientras luchaba contra la lana. En cuestión de tres días había terminado el gorro y me tomé muchas selfis para demostrar mi proeza. Me sentí empoderada, independiente. Pensé que con esta nueva capacidad podría salvar a mi familia de una hecatombe, pues ya sabría cómo cubrirlos y mantenerlos protegidos de los rigores del clima post apocalíptico. Soñé con vestirlos a todos con confecciones propias.  

Sin duda está en boga tener capacidades que nos permitan no depender de terceros. “En Estados Unidos está muy de moda tejer. Yo queriendo ser original en el aeropuerto al sacar mis lanas y agujas, y nada. Todo el mundo a mi alrededor estaba en las mismas”, me contó Vanessa Liévano, cofundadora de Fulanas, mientras yo esculcaba su cartuchera de agujas, en donde encontré una tijera pequeña y dorada en forma de cigüeña, que parecía sacada del costurero de mismísima Jane Austen. “Esas son las tijeras de moda entre las crocheteras”, me aclaró, mientras me explicaba que las agujas que más le gustan son las de marca Susan Bates. Como con cualquier otra afición, en esta también hay objetos de culto, lanas más apreciadas que otras; metas por cumplir, como lograr tejer la colcha de los sueños, lo cual al final inevitablemente entra en una lógica consumista que no te permite alejarte del todo de las leyes el mercado, por más revolucionaria que quieras ser.

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Eso lo aprendí desde el momento en que terminé mi gorro rosado y emprendí la búsqueda de la lana perfecta. Las tejedoras me recomendaron ir a la calle 56 entre la avenida Caracas y la carrera 13. Allí encontré varias tiendas de hilos, encajes y adornos, en donde descubrí que comprar lana genera en mí una emoción similar a adquirir libros. Es decir: no tengo control y quiero todo, así luego no vaya tener el tiempo para leerlo, o en este caso tejerlo. Salí de allí con mis propias tijeras de pajarito y buena cantidad de madejas. Durante mi excursión lanera aprendí también que en la mayoría de esos almacenes dictan clases de crochet y dos agujas a las que asisten todo tipo de alumnos. Las vendedoras de varias partes me aseguraron que últimamente ven cada vez más gente joven en sus tiendas y que sienten que el interés por aprender a tejer se ha reavivado. De las cosas que más me llamaron la atención fueron unas revistas japonesas de patrones, que al parecer se venden muy bien, a pesar del alfabeto y el idioma extranjero en que están escritas. “Los patrones son universales”, me dijo la vendedora. “Lo que importa es saber leerlos, pero no tienen idioma”. Que tejer en sí mismo sea un leguaje sin barreras lo reitera como arte y también como subversivo, pues sus reglas van más allá de las fronteras y sus significados son plurales.

Bajo el argumento de la reportería me dejé llevar en esta primera compra de lanas. Quizás debí revisar antes el canal de YouTube de Ahuyama Crochet, una colombiana que vive en Madrid, y que recomienda que uno no vaya a comprar materiales sin antes haber establecido el proyecto que quiere hacer. Fue ella también la que me hizo entender que mi segundo proyecto fracasaba porque estaba realizando mal las puntadas que creía dominar, y que mi gorro, del que me sentía tan orgullosa, estaba plagado de errores. Aun no entiendo por qué logró quedar bien. Darme cuenta de las fallas en ese primer proyecto me ha llevado a hacer y deshacer decenas de veces lo que estoy tejiendo ahora. He descubierto que mi falta de paciencia se debe a mi afán de perfección. Que también con las agujas soy implacable conmigo misma. Pero al final, el tejido es como la vida: una lucha, un disfrute, un logro. No hay manera de huir de sí mismo cuando uno se enfrenta a una madeja.

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Lo encantador de tejer hoy, en el mundo de las redes sociales, es que gracias a la tecnología hay cada día más tutoriales y comunidades virtuales que enseñan y se dedican a este tema. Se puede aprender a hacer cualquier cosa gratis y desde la comodidad del propio sillón. Pero lo lindo que tienen los círculos de tejido, quizás su aspecto más subversivo, es que buscan reunir cara a cara a la gente. Conocidos y desconocidos que buscan compartir un rato agradable en persona. En una era en la que nuestra manera de interactuar con los amigos se basa cada vez más en los chats y los mensajes de texto, los likes y las fotos, encontrar espacios para la interacción en vivo y sin aparatos de por medio, para la conversación al estilo clásico, para huir de las pantallas, es refrescante. Así que, proyecto en mano, me reuní con otro grupo de tejedoras durante la mañana de un domingo lluvioso. La excusa de las agujas sirvió para dejar de lado la timidez. Saqué mi tejido y seguí haciendo puntadas con confianza y en público. La vergüenza la sentí una vez llegué a mi casa y descubrí que aquello que había trabajado durante tantas horas y se suponía sería un cuello, era angosto al inicio y ancho después. Fue mi primera pelea con una lana y aún no nos hemos reconciliado, así que agarré una madeja nueva y comencé otro proyecto, después de volver a revisar las puntadas básicas de la mano de Ahuyama Crochet desde la pantalla de mi celular.  

No sé si tejer me ayude a reafirmarme como feminista. Sé que presumo de mi pussyhat y lo uso todo el tiempo en esta fría Bogotá. También, que siempre me he jactado de saber lavar un baño, de poder cocinar así sea lo básico, de no tenerle miedo a la aspiradora. Esas capacidades domésticas, de las que tanto desdijeron mis antecesoras de lucha, me permiten saber que no dependo de nadie y que entiendo lo que implica este tipo de trabajo, razón por la cual lo aprecio mucho más que si nunca lo hubiera realizado. Lo cierto es que aspiro a seguir urdiendo crochet, y tratando de no sacarme un ojo con las dos agujas, porque ahora conozco el poder de crear lo tangible. Tejer es adictivo.

Carolina Vegas

 // Fotografías Cortesía de: Fulanas y  Pussyhat Project //

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