TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Emilio Aparicio Rodríguez Miércoles, 17 Septiembre 2014

 

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Admitámoslo:
 
Todos los que viven o visitan Bogotá han tenido que ver, de alguna manera, con una serenata. 

Mariachis, vallenatos, llaneros, norteños, tríos… estos músicos se encargan de interpretar los sentimientos de los habitantes de la ciudad y conocen sus calles como el más avezado de los taxistas.

Localizada en el costado oriental de la Avenida Caracas entre las calles 54 y 55, en pleno Chapinero, se encuentra la zona de mayor concentración de músicos urbanos e informales que tiene Bogotá. Desde hace aproximadamente cincuenta años, el sector de La Playa ha sido el punto de encuentro de más de 500 músicos provenientes de todo Colombia y otros lugares del mundo.

 

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En la década del sesenta nació el restaurante México Lindo, el primer establecimiento del sector relacionado con las rancheras y que, por supuesto, tenía su propio grupo de mariachis. Inicialmente, los músicos tenían oficios diferentes: eran obreros, carpinteros o zapateros que, a pesar de no dominar muy bien los instrumentos y el canto, lograron obtener reconocimiento y técnica con el paso del tiempo. El restaurante decidió traer músicos profesionales desde México y los colombianos fueron despedidos pero, en vista de que ellos ya habían hecho de la música su principal fuente de ingreso, se instalaron en las calles aledañas y crearon grupos con familiares y amigos. Desde entonces, La Playa –llamada así por las palmeras que se habían plantado en la zona– se estableció como el mejor lugar para encontrar mariachis en Bogotá.

En la actualidad, la mayoría de músicos son empíricos, algunos llevan muchos años en el negocio y unos pocos han estudiado la música como carrera. “Cualquiera aprende los temas pero realmente son escasos los que saben cantarlos; incluso algunos comienzan con una canción y terminan cantando otra”, afirma Gabriel Acosta, uno de los veteranos del lugar que afirma que se sabe más de 1.500 canciones. También aparecen espontáneamente figuras juveniles que imitan a la perfección la voz de Pedro Infante o del mismo Vicente Fernández; sin embargo, debido a la informalidad, muchos caen en el alcoholismo, las drogas y el juego. En el tiempo libre, algunos aprovechan para componer canciones y cantar a capella en las cafeterías del sector, mientras otros ensayan al interior de las residencias en las que guardan los trajes, los instrumentos y todos los implementos para trabajar.

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Los conjuntos de música vallenata, llanera, norteña, romántica y tropical también llegaron a La Playa, aunque la ranchera sigue siendo la más popular para musicalizar cumpleaños, despedidas, aniversarios, fiestas de quince y hasta funerales. La leyenda cuenta que grandes narcotraficantes y esmeralderos del país contrataron en su época de furor a muchos de los viejos músicos que aún hoy siguen tocando en La Playa. Y no cabe duda de que todos los estratos sociales de la ciudad han tenido varias veces una serenata salida de estas calles.

Cuando empezó el negocio en La Playa se hacían, en un buen día de trabajo, cerca de veinte serenatas con conjuntos de unos doce músicos. Ahora, la cantidad se amplió contra una considerable sobreoferta. En un grupo de mariachi, una sola voz, un guitarrón, dos trompetas, un violín y una vihuela son suficientes para dar una serenata decente; a veces, el de la voz también toca la vihuela y hace de camarógrafo o fotógrafo pues, con el paso del tiempo, el negocio se ha puesto más exigente. Ya no solo se canta sino que se entregan algunas fotografías impresas o un DVD con un video de toda la serenata, un tarjetón con las canciones, una botella de champaña, chocolates afrodisiacos, obsequios típicos mexicanos y un arreglo floral que venden en establecimientos y floristerías dentro de la misma zona de La Playa.
 

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Parados en las aceras, los músicos consiguen clientes informales entregando tarjetas de presentación o acercándose a los carros que pasan por la Avenida Caracas. Otros ya tienen clientes o empresas con las que constantemente trabajan. Sin embargo, en la misma zona se pelea por dejar las serenatas a precios muy bajos. Las tarifas oscilan entre los $100.000 y $500.000 dependiendo del tipo de cliente o de la cantidad de horas acordadas. Y, por supuesto, se puede regatear a cambio de unos tragos. Entre semana hay pocos gallos (trabajos), pero desde el viernes hasta el domingo, los músicos salen en camionetas antiguas (tipo van) o taxis por toda la ciudad a hacer su trabajo. Los vehículos a veces cuentan hasta con GPS, transportan tanto a los músicos como a los que los contratan y se convierten en espacios de juerga, para repartirse las ganancias, recordar anécdotas o incluso para dormir cuando las jornadas de trabajo son demasiado largas.

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Cada mañana, La Playa recibe nuevamente a sus artistas. Unos acabaron su jornada y otros continúan o apenas empiezan. Es difícil saber cuánto ganan porque el azar también juega un papel en su oficio que el gobierno no reconoce como algo formal. Pero estos músicos urbanos siguen adelante trabajando como muchos otros, sacando el jugo de sus instrumentos para hacer vibrar a los corazones, para amenizar momentos y para dar una banda sonora a la vida de la ciudad, de los enamorados y de los despechados, de los que celebran décadas de matrimonio o de los que piden una segunda oportunidad. Sus acordeones, guitarrones, trompetas y voces alimentan los oídos de Bogotá.

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