POR: Chilango Páez Jueves, 10 Noviembre 2016

Donald Trump será presidente de Estados Unidos. Pero la mitad de los gringos no está de acuerdo.  Así vivimos una marcha contra el magnate.

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Por razones que no vienen al caso, pasé en Nueva York las elecciones que enfrentaron a Clinton y a Trump por la presidencia de Estados Unidos. El 8 de noviembre de 2016 era un día común y corriente: los gringos fueron a trabajar o a estudiar, bebieron y compraron cosas, todo funcionó con normalidad. Incluso fui a un concierto al final del día. Aquí no es como en Colombia, donde las elecciones son una especie de toque de queda.

Mientras se llenaba la sala para el concierto al que fui, algunas personas miraban sus celulares y comentaban con decepción que iba ganando Trump. La banda que abrió la noche, Deap Vally –recomendada, por cierto–, dijo que la noche resultaba muy emocionante pero no por el cliché de “ustedes son el mejor público del mundo” sino porque había mucha angustia en el ambiente.

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Después tocó Death From Above 1979, que en lugar de hablar de las elecciones le mandó un saludo de cumpleaños a la mamá del baterista –y en el sintetizador dejó el mensaje “No robes. Esa es tarea exclusiva del gobierno”–. En cambio, Black Rebel Motorcycle Club, la banda de cierre, hizo un show crudo: el bajista salió con una máscara de Trump y la baterista puso otra máscara del candidato junto a ella que decía “CUNT” [“pendejo”]. Para el final de la presentación, ya era casi segura la victoria del señor del peinado más chistoso para ocultar la calvicie; entonces, la banda repitió con insistencia “Fuck the U.S. Government” y cerró diciendo que no importaba el resultado de las elecciones: seguimos andando.

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No vi a nadie llorar ni celebrar, tampoco escuché carros haciendo escándalo por la victoria del uno o la derrota de la otra. Supongo que la gente que andaba en la calle a la medianoche estaba apenas asimilando la noticia. O tal vez los gringos no son tan melodramáticos, les falta ver telenovelas o creer que ganan el Mundial cada vez que ganan un partido de las eliminatorias.

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Al día siguiente amaneció lloviendo y tuve que trabajar –además la lluvia no invitaba a turistear–. De nuevo: no sentí el ambiente particularmente raro. Una amiga me contó que sí vio gente llorando en su universidad; otra, que sus alumnos se veían deprimidos; otro, que estaba decepcionado pero que prefiere enfocarse en sus cosas y esperar que las cosas salgan bien; el más chistoso, me pidió matrimonio para poder vivir legalmente fuera de Estados Unidos; uno más, concluyó que “los gringos estamos locos”. ¿Y entonces quién votó por Trump?

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No soy analista político ni sociólogo ni nada por el estilo, pero creo que todo este entusiasmo por las redes sociales y esa supuesta democratización de los medios no es más que una falacia. Todos opinamos. Todos tenemos la opinión correcta. Poco o nada nos interesan los argumentos ajenos a menos que estén alineados con los nuestros. Y eso no es nuevo: la gente siempre ha sido así; nuestro error –como generación X, Y o ZZZ, como millenials o transmillenials– radica en creer que somos más sabios porque buscamos información en segundos para poder vilipendiar a quienes no piensan como nosotros. Todo desde la comodidad de nuestro smartphone. Indignados del mundo, ¡levanten sus celulares!

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Cuando terminé de trabajar el miércoles (y escampó) me fui a una marcha contra Trump en Union Square. La verdad, lo hice por puro morbo y porque no quería ir al cumpleaños de la novia de un amigo en un bar de yuppies. Caminé con la multitud hasta la Torre Trump de la Quinta Avenida, en el verdadero Estados Unidos corporativo. Había coros pegajosos: desde el tradicional “el pueblo unido jamás será vencido” hasta el progresista “mi cuerpo, mi elección”, pasando por “I don’t care, I love it” –no lo dijo nadie pero sonaba en un carro que estaba varado en el tráfico– y “fuck your tower” –que le gritaban al edificio del magnate electo presidente.

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Con la movilidad de Manhattan literalmente colapsada, la mayor paradoja era ver a los conductores de taxi –en su mayoría árabes–, a los trabajadores de la construcción –en su mayoría latinos– y a los choferes de bus –en su mayoría negros– maldiciendo su suerte por tener que trabajar en medio (o a pesar) de la protesta. Una protesta organizada por estudiantes universitarios –en su mayoría blancos–, que hablan de “descolonialismo”, “cisgénero”, “P.O.C.” (sigla en inglés para “gente de color”) y otros neologismos políticamente correctos que, sin querer queriendo, terminan dándole una cara fresca al mismo paternalismo que cuestionan. Sin embargo, resultaba alentador ver a muchos de esos trabajadores aplaudir, hacer ruido, apoyar la manifestación en contra de un político que los insulta. Un patán que basa su carisma en las ofensas –igual a cualquier estrellita de Twitter, pero con billete.

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Y hablando de Twitter, muchos andan presagiando el Apocalipsis. Tengo 36 y no ha pasado un año en el que no escuche que ahora sí se va a acabar el mundo. Hubo momentos calientes como el 11 de septiembre de 2001, pero hasta al reggaetón lo han acusado de ser uno de los cuatro jinetes que anunciarán el fin del mundo. Los medios de comunicación, que viven (vivimos) del rating, se concentran en lo negativo, en armar tragedias donde no las hay; mientras tanto, siguen pautando basura que sólo produce más basura y que, a este paso, sí que puede marcar la extinción de la humanidad. Bien lo dice el tango: “el mundo fue y será una porquería”.

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Hacía dieciséis años no me metía a una manifestación y hasta me convencí de que la causa de esta marcha en Nueva York era válida. No hubo moshpit como en el concierto de Black Rebel Motorcycle Club pero fue bueno ver que la gente no se queda callada ni quieta. Que los jóvenes sientan que existe alguna especie de solución es una de las razones por las que amo mi trabajo. Ahora: esta no es ninguna revolución, como afirman los más ingenuos y entusiastas, simplemente muestra lo bueno de la democracia: que todos podemos elegir (y que no votar también es una elección, que todos tenemos derecho a protestar).

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Al final, me queda la impresión de que la democracia es como esos semáforos que tienen un botón para que uno crea que puede controlar el tráfico. Si la luz cambia de inmediato, uno siente que tiene el poder; si se demora en cambiar, maldice al semáforo y de paso a todo el sistema. Igual, tarde o temprano la luz cambia.

separador// Texto y fotografía: Daniel Páez //separadorM.A.M.O.N
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