POR: Andrea Melo Tobón Viernes, 26 Junio 2015

Ser transgénero puede parecer una cosa de anormales. Pero la vida de Diana Navarro está llena de los mismos elementos de cualquier madre soltera.separadorDIANA1

 
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l barrio Santafé es un chiste moral entre los bogotanos que saben por experiencia, noticias o rumores que en este sector se vende la carne de muchas mujeres, transgéneros y gais que se contonean de sol a sol retando al viento y a la suerte. Mafias, trata de personas, paramilitarismo y prostitución, entre otros males, se han gestado en este lugar que terminó siendo la “zona de despeje” de los que no tienen pena de usar sus genitales como herramientas de trabajo o no temen cometer crímenes sin más testigos que el cemento. 

Esas líneas invisibles entre territorios de putas o criminales han sido comidilla de muchos bogotanos que, ruborizándose ante la ingle asomada de una muchacha en una esquina, se persignan y pasan de largo. Pero entre tacones, transparencias y pezones vive una dama, su nombre es Diana Navarro.

Ella lleva casi treinta años viviendo en este barrio, se mete entre calle y calle a cualquier hora y dice que no le pasa nada, incluso los indigentes que transitan por ahí la llaman doctora pero a ella no le gusta. Vive en un edificio que alguna vez fue blanco, la puerta de la construcción es azul clara y la mayor parte del día se la pasa abierta, sus apartamentos se diferencian por los grafitis y escritos que hay a su alrededor donde –entre garabato y garabato– un número escrito con marcador indica quién vive allí.

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Su apartamento es amplio y acogedor, lleno de fotos, carteles y tacones que debe ir a cambiar (compró unos talla 42 y le quedaron grandes a pesar de sus casi dos metros de estatura), tiene un cuarto de San Alejo más grande que su habitación –donde guarda bolsas, cartones y papeles–, un armario con vestidos de todos los colores y otro de zapatos por los que muchas mujeres morirían. Vive con una perra negra pequeña llamada Lucy y con un gato del mismo color llamado Romeo; antes de este felino, otro igual llamado Francisco acompañó a Diana durante más de 15 años, pero un día salió y jamás volvió.

Hasta para andar en pijama y sin una gota de maquillaje, Diana tiene garbo y elegancia; espalda recta, mirada tranquila y una sonrisa dulce se le escapa de vez en cuando, pues la costumbre de andar entre funcionarios públicos le ha dado una serenidad seria. Es abogada de la Universidad de Antioquia y fue la primera de su género en obtener un diploma universitario. Diana Navarro San Juan es transgénero y se define como negra, marica y puta.

Su persona favorita en el mundo es su abuela Dilia María Mendoza, la primera que se dio cuenta de su orientación sexual. Cuando Diana le contó, ella le dijo: “los hombres hacen muy rico pero son de lo peor, ¡abre el ojo!”. El piropo más lindo que le han dicho es “con esa pierna pa que la otra”, Diana se ríe y replica: “tan bobo, ¿cierto?”. Hay que decir que las piernas de Diana son largas y gruesas: “pierna de reina”, como se le llama popularmente.

Tuvo que huir de su ciudad natal, Barranquilla, hacia Bogotá porque cuando le contó a su padre lo que realmente le gustaba en el sexo, él le dijo que lo ocultara: “¿Qué sentido tiene que una sea y no lo pueda demostrar?”. Después de graduarse de bachiller y haber aprendido un poco de peluquería, cogió sus ahorros y se instaló en la capital. Diana soñaba con un mundo rosa en el que solo tendría que estudiar, trabajar, conseguir un marido y formar un hogar, pero se estrelló con puertas cerradas en el mundo de la estética y una necesidad tan grande que la llevó a la prostitución, “al principio fue difícil pero luego lo vi como una ventaja que me mostró todas las realidades sociales de la vida, la gente estigmatiza los genitales en vez de mirarlos como otra parte del cuerpo”, sentencia.

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Se escondió durante un tiempo porque era menor de edad y sus padres la estaban buscando, pero cuando cumplió 18, volvió a su casa y se presentó como Diana, desde ahí se habla con su familia a cada rato, “si no llamo a saludar, me regañan; me cuidan más que a mis hermanas”. Diana siguió ejerciendo la prostitución, y cuando pudo ahorrar el dinero suficiente se mudó a Medellín para estudiar Derecho.

El primer vestido que Diana usó fue uno blanco, de novia, que pertenecía a la tía de una amiga: lo transformaron para poder participar en la elección de un reinado de vedettes en Barranquilla. Pero lo de las faldas y los trajes no siempre fue lo suyo, en su adolescencia los odiaba porque no le permitían correr o trepar árboles; después, las faldas se convirtieron en una herramienta de trabajo: “comencé a usarlas y hoy las prefiero porque me parecen más femeninas, más bonitas, más delicadas y prácticas. Un hombre cuando tiene que entrar al baño tiene que desamarrarse todo para bajarse los calzones, una se alza la falda y ya”, dice entre risas.

Su voz es grave, pausada. Diana hubiera querido ser una cantante famosa, aunque no está muy lejos: desde joven participó en varias agrupaciones musicales, cantó jazz, ganó un concurso de ranchera con canciones de María Dolores Pradera en Medellín, fue invitada a cantar a toda clase de discotecas (sí, hetero y gay) y si escucha una canción en la calle que la conmueve, no duda en dejar su pose de figura de marfil para acompañar la melodía.

Lo único que envidia de las mujeres del sexo femenino es la posibilidad de parir; sin embargo, es madre pues una amiga le dio a su hijo hace 21 años porque sus papás no lo aceptaron y se la llevaron al exterior. En el registro civil, Diana aparece como el padre con su antiguo nombre: William Enrique Navarro. “Mi hijo se llama Luis Albeiro, es un hombre mozo, un poco más alto que yo. Le gusta mucho el deporte, es malgeniado y terco como todo muchacho. Está estudiando Derecho porque, según él, se quiere parecer a mí, ¿te imaginas una relación madre e hijo y los dos abogados? ¡Ave María!”, cuenta Diana con una mirada dulce. Ella consiente mucho a su hijo, aunque cuando pasó por la moda de hacerse crestas, le decía que parecía un gallo muerto a escobazos y, si se ponía pantalones escurridos, ella afirmaba que lucían cagados. Aunque discuten bastante, la música los une pues los dos aman los boleros, “a veces empiezo a cantar y él me sigue y terminamos cantando juntos”.

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Cuando él estaba en el colegio, llamaron a Diana para darle quejas porque él había golpeado a dos compañeros; le preguntó a su hijo qué había pasado y él simplemente respondió “es que en el curso hay un compañero que es así como usted, que le gustan los hombres; yo me estaba duchando después de jugar basquetbol y oí unos gritos, abrí la puerta y estos manes querían forzarlo a tener relaciones con ellos, entonces dije que no y los reventé”. En ese momento Diana sintió que había hecho un buen trabajo como madre.

A diferencia del lugar común de las trans de minifalda en látex, blusas escotadas y botas con plataformas abismales, Diana prefiere vestir de sastre y se puede entender de lejos que la llamen doctora. Según ella, la sociedad promueve una imagen de la mujer que cumple ciertos roles y, cuando las personas que tienen una identidad sexual distinta salen a la luz, tratan de reflejar esos clichés de la feminidad que se han difundido. “Con el tiempo, a algunas se nos ocurre que podemos ser las mujeres que queremos ser sin copiar estereotipos, pero aún persiste el modelo de la voluptuosa y eso se ve mucho en la prostitución porque atrae al hombre”, dice la abogada.

Para muchos, las inclinaciones sexuales son todavía un tabú: aunque se puede hablar de homosexualidad, asexualidad y transgenerismo abiertamente, hay tipos de relaciones que aún no entienden, como por ejemplo que un hombre decida transformarse en mujer para luego tener una relación afectiva con una mujer. “Se ha confundido una cosa: la identidad de género no regula su vida sexual ni afectiva. Nadie manda ni en los sentimientos ni en los gustos”, explica Diana.

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Es secretaria de la Fundación Opción, así como de las redes nacional y distrital de Mujeres Trans y, aunque siempre está de primera en la fila cada vez que la posibilidad de una reforma legislativa se vislumbra en el maremoto burocrático, también se ocupa de cualquier persona que se encuentre en situación de riesgo por su oficio o su género. A Diana le gusta saltar las líneas del piso, uno de sus sueños es aprender a coser para hacer su ropa y busca continuamente El niño que pudo volar, una película de Disney que no ha olvidado.

Por su trabajo como activista, Diana dejó la prostitución hace años, aunque para ella no significa un avance; al contrario, dice que se encuentra en licencia temporal. Aunque en su día a día le toque presenciar abortos, violaciones y estigmatizaciones de la comunidad trans, ni siquiera ha pensado en la posibilidad de alejarse de ese mundo. Que hay crímenes, los hay; pero afirmar que el barrio Santafé es el más peligroso resulta precipitado y absurdo, y de alguna manera justifica la indiferencia social ante una sociedad para unos pecadora, para otros trabajadora.

Entre las miradas alerta por extraños transitando el barrio, Diana se despide porque tiene que alistar maleta para un viaje de trabajo, los ojos de los vecinos escudriñan el paisaje y, aunque saben que alguien no pertenece allí, al ver a la abogada despedirse de mí con un abrazo, se ríen y saludan, me preguntan cómo me fue mientras en la esquina una prostituta fuma un cigarrillo y se acomoda el seno que quedó por fuera de una red que a se sostiene por puro acto de fe.

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Historia LGBTI

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