POR: Adrián Atehortúa ILUSTRACIÓN: Julián Ardila Martes, 24 Junio 2014

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so se contempla desde afuera y luego está el letrero: “Clínicas del duelo”. Cuando la gente lo lee se puede ver cómo lo modulan silenciosamente en los labios y en el rostro la sorpresa, como si en vez de eso, leyeran “Máquinas del tiempo” u “Oficina de recuerdos”. Cuando esta sesión termine, habrá gente llorando.

Todos en esta sala traen sus abrigos, sus sombrillas y un corazón desecho. Todos, excepto las mujeres del fondo que más tarde aclararán que no, que ellas son psicólogas y están aquí para crecer, para apoyar. Todos, excepto la mujer alta, de cabello alto, cejas altas, cuello alto que dirá que no, que ella está aquí para aprender y ayudar en el futuro a otros a sembrar sus sueños.

Todos, excepto el hombre joven de la esquina que aclara que está haciendo sus prácticas en este lugar.

Por lo demás, todos trajeron sus abrigos, sus sombrillas y sus corazones desechos y mientras dan las cinco y cuarto de la tarde, hablan. Algunos ya se conocen, otros no. Algunos han visitado esta sala hace meses, otros no. A las cinco y cuarto entra Jorge Montoya, corbata, camisa remangada, armado en una mano con dos marcadores –uno rojo, otro negro- y en la otra una caja de pañuelos. Toma asiento cuando todos lo han hecho.

Saluda. Lo saludan. Entonces, como

cada semana, Jorge Montoya se presenta y lanza como un misil la pregunta que todos esperan.

          - ¿Cómo han estado?

Nadie responde. Jorge Montoya espera.

Días después, en su consultorio, el doctor Jorge Montoya dirá que los grupos de apoyo, como el de este viernes, en los que la gente viene por una misma cosa que les carcome por dentro, es la parte que más le gusta de su trabajo. Desde que regresó a Colombia, en 1998, supo que esa sería su vocación. Trabaja de lunes a sábado de seis de la mañana a siete de la noche y todo ese tiempo gira en torno a hablar, explorar, enseñar y curar -si así se puede decir- el duelo, el tema del que él, más que nadie en el país, conoce.

Estudió Medicina en el CES y en 1987 viajó a España a especializarse en Gerontología y Gerontopsiquiatría. “Siempre me ha interesado el tema de la muerte, entonces me mandaron a trabajar con los enfermos terminales. Lo que pasa es que el proceso con ellos no termina con la muerte, había que hacer un acompañamiento a los familiares después de que el paciente muriera y ahí empecé a interesarme con el tema del duelo”, dirá el doctor.

Se entregó por entero al tema y fue Secretario de la Asociación Española de Estudios Tanatológicos durante cuatro años hasta 1996. Volvió a Colombia y se encontró con un país en el que no se tenía idea de qué era el duelo. Entonces puso todo de su parte para abrir un espacio para que el duelo fuera un asunto más del que la salud debía ocuparse. Primero, puso en práctica su experiencia en una unidad de duelo apoyada por el Seguro Social y un par de años después, fundó la unidad de duelo de la Funeraria San Vicente de Medellín.

Allí desempeñó un trabajo sin antecedentes en Colombia, acompañando a familiares de los muertos que no superaban la pérdida. El tratamiento fue novedoso y para 2002 Jorge Montoya había recibido condecoraciones por parte de la Cámara de Representantes del Congreso de la República y también de la Alcaldía de Medellín y en julio de 2002 fue nombrado como uno de los veinte héroes anónimos de Colombia por la revista Semana.

A finales de la década pasada, ya Jorge Montoya era considerado un referente en materia de duelo en Latinoamérica y tras 12 años de recuperar personas del dolor de la muerte del otro, se asoció y cofundó las Clínicas del duelo en 2011, donde un equipo médico se empeña en ayudar a quienes no se sienten bien por cualquier tipo de pérdida, no solo la de la muerte.

Desde entonces, cada tarde, después de las cinco, a este salón que bien podría parecer un pequeño set de televisión, van llegando personas de a poco, que como hoy traen sus abrigos y sombrillas y también traen tiempo: 40 años de matrimonio y uno de viudez. 19 años de matrimonio y uno de divorcio. Algunos meses de la muerte del único hijo. Un secuestro y un embarazo perdido...

Toman asiento, miran para un lado y para otro y solo esperan la llegada del doctor que como en cada sesión traerá un marcador rojo y otro negro y una caja de pañuelos, se sentará, saludará, lo saludarán y lanzará como un misil la pregunta de siempre:

          - ¿Cómo han estado?

Nadie responde. Todos, todos, cruzan las piernas. Desde una esquina, una mujer que podría ser Carrie Bradshaw (de la serie Sex and The City) dice que no es fácil:

          - Es que no es fácil... venir y ventilar cosas que de pronto uno...

Todos entienden y asientan con la cabeza. Entonces Jorge Montoya explica:

          - De eso se trata. De que vengan y encuentren un lugar donde puedan hablar sin que sean criticados, donde sean escuchados. Más que para aconsejar, estamos para crear estrategias, para apoyarnos a partir de la experiencia de los otros, de sus pérdidas...

Pérdidas. Los lunes, el grupo es para padres que han perdido a sus hijos. Los miércoles, para personas que han sufrido pérdidas por suicidio. Los jueves, están los divorciados, separados:

pérdida afectiva. Los viernes, se reúnen personas de todos los días: el grupo mixto. Son los casos más frecuentes que llegan a las clínicas donde también hay tratamiento por pérdidas profesionales, de valores y principios, de derechos.

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Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) se estima que en Colombia, durante 2011, hubo 162.706 muertes, de las cuales, según la Policía Nacional, 13.520 fueron por causa violenta y 1.864 fueron suicidios. Además, se registraron 15.326 divorcios en las notarías y en la calle unos 2,4 millones de desempleados. Es decir, muchas pérdidas. Mucho dolor. Algunos de esos casos siguen su rumbo y otros -no muchos-, como se quedan ahí, acuden a ayuda de expertos como los de estas clínicas.

“El proceso del duelo es el mismo pero la tragedia o la pérdida que lo produce no: la forma en que muere la gente, el apego que se tenía por el ser amado. Se trata de una parte de tu mundo que depositaste en otro ser que ya se ha ido” explicará Catalina Osorio, psicóloga de las Clínicas del Duelo, mientras espera a un paciente que no llegará a su cita a las cuatro de la tarde de un miércoles.

La hora señalada pasa y Catalina agregará “Al principio yo era muy sensible y lloraba más que los mismos pacientes: contaban algo y ya estaba con lágrimas”. Hace cuatro años trabaja en materia de duelo, cuando comenzó a hacer sus prácticas al lado de Jorge Montoya con pacientes con duelo por pérdidas de fallecimiento. “Yo no sabía nada. En la universidad no te enseñan nada sobre duelo. A mí me dieron una clase de 45 minutos y eso porque yo propuse el tema. Y es muy raro, porque básicamente casi todo se trata de eso. La gente se sorprende con la idea, porque es curioso, casi nadie sabe de esto, nos falta saber”.

Frente a la recepción de las instalaciones de las clínicas, en el quinto piso de un mall comercial del sur de Medellín, donde Catalina ya sabe que el paciente no llegará, la gente pasa por las puertas transparentes de la entrada y mira hacia adentro, como si se tratara de una vitrina.

Entonces ella mira para afuera y dice “Sí... les parece muy charro”.

Aquí no hay paredes, sino biombos hechos con guadua pintada de blanco que encierran cada una de las salas bautizadas con nombres de plantas. Por un enorme ventanal se ve la ciudad del sur que se derrama en las montañas y la luz entra a raudales bañando el suelo azul océano. Del techo cuelgan cientos de cables sosteniendo bombillas tenues y contrastan con el techo de un azul oscuro. Y la idea es así de simple, el lugar recrea una escena: una noche diáfana frente al mar.

Eso se contempla desde afuera y luego está el letrero: “Clínicas del duelo”. Cuando la gente lo lee se puede ver cómo lo modulan silenciosamente en los labios y en el rostro la sorpresa, como si en vez de eso, leyeran “Máquinas del tiempo” u “Oficina de recuerdos”. Algunos llegan hasta la recepción, preguntan y se llevan algunos folletos en la mano. Así de curioso, así de ajeno.

“Claro, Colombia es un país con mucho dolor y no estamos preparado para enfrentarlo.

Mucha de la violencia también se debe a que hay procesos de duelo que no se tratan, no somos educados para saber del dolor. En Colombia ha habido ciclos de violencia uno tras otro que producen más violencia. Pero ante todo somos un país reticente ya no sufrimos tanto, nos acostumbramos. Es como si a vos te dan un pinchazo con una aguja, te duele, pero si te hacés un tatuaje que son muchos pinchazos al tiempo, te vas acostumbrando”, explicará Jorge Montoya.

De esa forma, con esas metáforas, esos ejemplos, el doctor explica el dolor en la sala. Toma uno de sus marcadores y traza una cruz en el tablero. De un lado, un punto somos nosotros, y del otro está nuestro destino: la muerte. Bajo esa línea está todo lo negativo, todo lo malo que podemos ser, y encima lo positivo, todo lo bueno.

          - ¿En dónde creen que están ustedes?

Silencio.

          - Yo... yo creo que sigo ahí. No soy ni mejor, ni peor persona. -dice una mujer que ha venido durante meses- Ya estoy más recuperada, ya casi no lloro, pero no creo que vaya a cambiar mucho por la muerte de él. Ya me pasó lo peor que me podía pasar.

          - Yo creo que me he vuelto más relajada -dice una mujer que llegó hace un mes- Ya no me importan cosas... vanidades, por las que me preocupaba antes: comer menos, ropa de marca...

En su consultorio, Jorge Montoya dirá:

          - Este trabajo me ha vuelto más sencillo, una persona un poco mejor. Todos los días escuchás esas historias y tenés que acostumbrarte para poder acompañar a los demás. Todavía escucho historias que me sorprenden, pero yo todavía pienso que estoy aprendiendo...

Ya todos se ubicaron en ese plano cartesiano del dolor. Y viene la pregunta: “¿Por qué?” Y hay muchas conjeturas entre todos: Porque la sociedad piensa que los hombres son así y las mujeres así, porque educan con temor, porque ya a nadie le importa nada del otro, porque los tiempos van muy rápido... y una mujer con la voz dulce y grave como el acorde de un contrabajo, dice con esa serenidad que no está de acuerdo:

          - No estoy de acuerdo. ¿Por qué el dolor tiene que ser una escuela para aprender,

para crecer? ¿Por qué hay que sufrir?

Silencio.

El doctor borra el tablero y con el marcado escribe en mayúsculas: A M O R. Y ahora ese es el tema. Un hombre de setenta años y la apariencia de uno de cincuenta, va hilando una definición que envuelve la atención de todos. La mirada es una cuenca que se va llenando. Y en medio de una frase, donde debería ir la palabra “viudo” hay un nudo en la garganta... y la cuenca se desborda. Todos miran. Jorge Montoya toma la caja de pañuelos, se la pasa al hombre y toma el último que queda. Luego se voltea y dice:

          - ¿Ya sabés como le decimos a esto? -dice con la caja de pañuelos vacía en la mano-

          - No.

          - Asistente Cardiovascular. Llorar es un excelente ejercicio que nos ayuda mucho.

El llanto elimina, entre otras, sustancias como la adrenalina, la noradrenalina y la oxitocina, que liberan al cuerpo del estrés. Se dice que solo los humanos lloran, que las mujeres lo hacen unas 30 veces al año, y los hombres, 17; se dice que es un mecanismo de defensa, que es una señal de sumisión... Nadie hasta el momento sabe con certeza por qué se llora. Y la gente en esta sala está llorando.

          - ¡Uf! Yo sí que he hecho ejercicio todo este tiempo ¡Ja! -dice la mujer que junto al hombre que llora. Y ambos se ríen. Todos ríen.

El reloj marca las siete y afuera llueve. La sesión termina y el tema del amor quedará para otra tarde. Todos lloraron. Y ahora salen -alguno, no todos- a carcajadas.

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