POR: Miguel Mendoza Luna ILUSTRACIÓN: Randy Mora Miércoles, 20 Mayo 2015

Desde su publicación en 1818, la novela Frankenstein o el moderno Prometeo, escrita por una veinteañera llamada Mary Shelley, ha despertado diversas ideas y visiones sobre el combate del ser humano contra la enfermedad y la muerte.

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“Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo. ¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado?”
Mary Shelley, Frankenstein, 1818.

 

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a historia del doctor Víctor Frankenstein y su monstruo reanimado genera una atracción especial sobre la posibilidad del triunfo de la ciencia sobre la muerte. Además de ser fuente para cientos de relatos sobre inventores y creadores dementes obsesionados con dominar las leyes de la vida, consolida un mito que impacta no solo la cultura popular, sino los tabúes esenciales sobre las leyes de la naturaleza. 

Una joven prodigio fabrica un monstruo inmortal

Villa Diodati, Ginebra, 1816. Reunidos ante el fuego que los salvaguarda de una noche tempestuosa, los poetas ingleses Percy Shelley, Lord Byron y el médico John Polidori escuchan con atención la sensible lectura de un relato alemán de terror en la voz de la joven Mary, amante de Percy y de quien pronto tomará su apellido. La chica, educada intelectualmente por su padre, el importante pensador inglés William Godwin, cierra las páginas del volumen al terminar el cuento, y el provocador Byron reta a sus compañeros a escribir un relato en el que las fuerzas del más allá entren en combate con las leyes de la naturaleza.

Ante el desafío del titán de la poesía, Mary sucumbe a la imagen de un cuerpo cadavérico que retorna a la vida. Imagina a su madre en el lecho de muerte, justo después de su nacimiento. Ignora por completo que tales indagaciones sobre las leyes de la vida y de la muerte la confrontarán aún más en el futuro, cuando fallezcan tres de sus cuatro hijos. Por ahora, sus lecturas y búsquedas terminan por detonar el proceso de escritura de la obra que se convertirá en una de las novelas más emblemáticas de la literatura universal.

Mary Wollstonecraft Godwin (Londres, 1797-1851) se interesó desde muy joven por los misterios de la alquimia, la química y los mitos alrededor de la creación artificial de la vida. Indagó, por ejemplo, acerca de los experimentos con electricidad y reanimación de cadáveres de animales practicados por Luigi Galvani en la Universidad de Bolonia. En efecto, el 26 de enero de 1781, mientras Galvani realizaba la disección de una rana cerca de una máquina de electricidad estática, uno de sus asistentes tocó con el bisturí un nervio de la pata del animal, la cual se movió. (Años más tarde, Alessandro Volta replicaría las investigaciones de Galvani para definir con claridad el comportamiento de la electricidad).

Poesía, ciencia y filosofía fueron algunas de las lecturas que Mary devoró en la biblioteca paterna. Importantes hombres de la época, como el poeta Samuel Coleridge, desfilaron ante la mesa de su vivienda. Un espíritu rebelde –que incluso le llevó a entablar un romance con un hombre casado, como lo era Shelley, sin temer a las consecuencias– terminó por detonar su fantasía literaria. Aquella noche de 1816 en Villa Diodati se iluminó el genio oscuro que desembocaría en un proyecto novelístico sin precedentes.

En un arriesgado viraje de la novela romántica, dirigió su historia bajo el espectro del personaje histórico de Johan Konrad Dippel (1673-1734), médico nacido en el castillo de la familia alemana Frankenstein, oscuramente famoso por presumibles prácticas alquímicas. Este referente le permitió configurar la base para el protagonista de su novela: un científico llevado por la ambición de dominar el destino humano, de crear la vida.

Después de varios rechazos editoriales (algunos relacionados con su condición de mujer escritora), la novela vio luz en 1818. No obstante haber sido celebrada y reconocida rápidamente por algunos críticos, la obra no trajo grandes beneficios económicos a los Shelley. Percy murió en un accidente de barco en 1822; desde entonces, Mary luchó por no sucumbir a la miseria y el desencanto de una vida marcada por el dolor.

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La aventura

La novela está narrada inicialmente por Robert Walton, capitán de un barco ballenero que viaja por los helados mares del norte de Rusia. Walton cuenta detalladamente a su hermana, a través de cartas, las vicisitudes de su viaje y su encuentro con el doctor Víctor Frankenstein, quien le ha relatado su trágica experiencia en busca de las claves del origen de la vida humana. Víctor describe con horror los resultados de sus experimentos: la creación de un ser monstruoso nacido de un cuerpo muerto. Apenas logrado su objetivo, consternado por su aspecto, el apesadumbrado científico confiesa que abandonó a su criatura.

La novela aborda la complejidad emocional y existencial de aquel que, erigiéndose como creador, termina castigado por su rebeldía. De igual manera, pone en escena el conflicto de aquel que, al saberse creado y arrojado a un mundo incomprensible, decide destruir a su creador. Al respecto, en un punto de la historia, la criatura reclama: “¿No ves que estoy solo, miserablemente solo? Si tú, mi creador, me aborreces, ¿qué puedo esperar de tus semejantes que no me deben nada? Me desprecian y me odian”.

La criatura posee un aspecto aterrador. Rechazada por su creador y por el mundo entero, pasa de víctima a cruel vengador: comienza por destruir todo aquello que pueda ser motivo de felicidad para su inventor: mata a su hermano menor, provoca la muerte de una inocente, estrangula a su mejor amigo y asesina a su esposa en la noche de bodas.

El doctor Frankenstein y su criatura suman un juego de espejos rotos que reflejan uno sobre el otro el drama final de la existencia humana: la necesidad de saberse amado. Víctima y victimario, padre e hijo, son arrojados a la soledad y castigados por buscar la inmortalidad.

El legado científico

Si bien la novela presenta una suerte de lección moral sobre los límites de la ciencia, también refleja el espíritu de las búsquedas apasionadas de los investigadores por encontrar métodos que permitan preservar la vida. Muy lejos de los abusos y de las ambiciones del doctor Frankenstein, la medicina real y sus protagonistas se han preocupado por encontrar posibilidades éticas que permitan salvaguardar y prolongar la salud humana.

Los diversos desarrollos tecnológicos para preservar la vida (los desfibriladores cardiacos y las técnicas de reanimación cardiopulmonar, para poner apenas dos ejemplos), así como los modernos avances en ingenierías y terapias genéticas, evidencian la positiva manera en que la investigación científica ha tomado un camino en el que la preservación y la búsqueda de la calidad de la salud priman sobre cualquier objetivo.

El mito de Frankenstein, más allá de moralismos éticos o de lecciones acerca de lo bueno y lo malo de la ciencia, condensa inevitablemente algunos de los aspectos profundamente humanos que han definido el progreso en todos los campos: la persistencia ante la adversidad y ante lo desconocido. Ya sea por medio de la ciencia o del arte, el ser humano intenta comprender las lógicas del universo; nada detiene a nuestra especie en su afán de respuestas. 

En últimas, Víctor Frankenstein y su arriesgado proyecto simbolizan la necesidad que subyace en cada uno de nosotros de descifrar el misterio, la pregunta de siempre por nuestro paso por el mundo, apenas respondida cuando nos arriesgamos a crear algo más allá de nuestros límites.

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