POR: Andrea Melo Tobón FOTOGRAFÍA: Nicolás Rocha Cortés Lunes, 01 Agosto 2016

Una imprenta manual prueba que las artes “trágicas” son duras pero sabrosas.

En una casa grande en el barrio La Soledad, en Bogotá, vive La Jefa. Es azul, tiene espalda ancha y nació en los sesenta. Don José Granada viene de lunes a viernes, se pone su delantal, la enciende y la pone a trabajar. Hoja por hoja, tinta por tinta, él la escucha, la entiende y la descifra según lo que vaya necesitando. La Jefa es una impresora.

José detiene la imprenta porque un papel se atascó, saca la hoja, acomoda los rodillos y la enciende de nuevo. Su trabajo no solo requiere técnica y experiencia, sino mucha paciencia porque si le quita el ojo de encima podría ocurrir un desastre. Granados es impresor desde hace veinte años, aprendió litografía en un taller y después se fue al Sena para adquirir un poco más de técnica. Hace diez años, cuando trabajaba en una fábrica, vio a La Jefa y decidió comprarla para poner un taller con ella. Se llama así porque su referencia es Chief 17.

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Tiempo después decidió dejar las artes gráficas y le pidió a un amigo que guardara la imprenta en su casa hasta hace ocho meses, cuando se enteró de que una editorial independiente estaba buscando una. “Se las vendí porque estaba arrumada, pero para poder traerla tuve que sentarme a arreglarla”, cuenta el impresor. José no solo pagó deudas con lo que obtuvo de la máquina, sino que consiguió un trabajo permanente.

Desde entonces, la máquina vive en esta casa de la editorial La Silueta, que la adquirió para hacer unos talleres de serigrafía con apoyo de la Biblioteca Luis Ángel Arango y del Museo del Banco de la República. En esa ocasión, trabajaron con una treintena de artistas que dibujaron encima de las planchas de la imprenta para realizar Publicaciones revolucionarias, un libro de casi 300 páginas impresas en vivo. “Nos gustan el papel, la tinta, la experimentación y los resultados que eso da y nos parece que aportan mucho a las publicaciones que hacemos. La imprenta se convirtió en algo definitivo en La Silueta”, dice Andrés Fresneda, uno de los directores de la editorial.

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Cuanto terminaron los talleres y decidieron quedarse con la máquina, no encontraron un espacio adecuado para ella en su sede actual, por lo que decidieron comprar una casa para que fuera su hogar. Aunque es inmensa, sus paredes tienen boquetes, lodo y tierra por el abandono de años y, poco a poco, ha sido ocupada por tintas, trapos, planchas, hojas y libros producidos por La Silueta. Andrés Fresneda dice que espera que algún día esa estructura sea sede de la distribuidora.

A diferencia de las editoriales que imprimen grandes tirajes controlados por otras empresas, La Silueta está empeñada en hacer libros económicos soñados y ser los guardianes de cada segundo del proceso: desde la concepción de las ilustraciones, las tintas y el papel hasta su impresión. Cuando reciben proyectos editoriales de distintos autores, se reúnen con ellos y los ilustradores y prueban con tintas y papeles, sin importar los costos o el tiempo que se demoren. Cada proyecto es un universo infinito.

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Hay dos tipos de planchas –piezas que llevan toda la información de lo que se va a imprimir–: las metálicas son más resistentes y se utilizan para tirajes grandes y las de papel que resultan más económicas, generan menos basura, son más difíciles de manejar, más frágiles y se usan para tirajes pequeños. “No somos una editorial que maneje un gran volumen, sino que el chiste de nuestros libros es que son pequeños tesoros especiales. Creo que nunca me ha tocado un tiraje que sea mayor a mil copias”, cuenta Fresneda.

Antes de hacer el tiraje completo, prefieren hacer todas las combinaciones de colores posibles –a veces muy exóticas– pues cuentan con la ventaja de tener una máquina propia. El solo hecho de hacer pruebas, les implica un trabajo gigante, ya que se les puede ir un día o una semana, dependiendo de la elección de cada material, pero eso no importa porque La Silueta tiene un afecto por el papel. Cambiar un solo color, significa que don José tiene que lavar a La Jefa en sus más profundos rodillitos y rodillotes, porque si pasan de un azul oscuro y luego usan un amarillo y no los lavan bien, las impresiones salen verdes.

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Hay un libro publicado por La Silueta que se llama Nos vamos y tiene diez tintas directas, “eso es absurdamente caro en una imprenta tradicional, mientras que nosotros lo podemos hacer en la medida en la que estamos experimentando. La imprenta explota esas posibilidades plásticas técnicamente y podemos darnos el lujo de decir: “no nos gustó este color, cambiémoslo o quitémoslo”, nos da un margen de experimentación más grande que cuando estás en un tren de producción que no puedes parar porque es muy costoso”, afirma Fresneda.

Pero más allá de recuperar procesos editoriales de antaño, La Silueta quiere convertir a La Jefa en un espacio que siempre tenga las puertas siempre abiertas para las personas que quieran involucrarse en su proceso. Si usted tiene una propuesta de libro o publicación y quiere que pase por los rodillos de esta máquina o quiere saber cómo se hace un libro, solo tiene que contactarlos. “Queremos compartir todo eso que hemos aprendido a través de talleres”, reitera el director.

Uno de los autores de La Silueta es el escritor Andrés Ospina, quien escribió El silbón como parte de un proyecto de monstruos y espantos que ha venido adelantando la editorial y que ya cuenta con una segunda edición. Cuando lo invitaron a escribir esta historia sobre el mito colombovenezolano, Ospina decidió rastrear la historia desde sus orígenes orales y, aunque encontró una infinidad de versiones, lo que hizo fue condensar parte de esa narración y traerla al tiempo presente.

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“En estos tiempos tan plagados de bits y de bytes y de píxeles, el hecho de estar pensando analógicamente es devolvernos a la manufactura más pura de las cosas, una manera de acercarnos a la forma como se hicieron libros o como se editaba en artes gráficas antes y me parece que genera mucho más poesía y mística alrededor de lo que se termina produciendo”, dice Ospina.

De vez en cuando, José Granados trae a sus hijos para que vean cómo se hacen los pequeños tesoros de La Silueta: “yo les muestro todo lo que se hace aquí, pero no les he enseñado porque las artes trágicas son duras y es muy difícil dejarlas”, cuenta sonriendo mientras se limpia las manos de tinta con un trapo. 

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